Leer y releer a Rushdie

POR Alfredo C. Villeda
Hace unos días, el escritor indio-británico ganó una batalla a Facebook, que le impedía usar su nombre, y se ha convertido en cuestión de semanas en tuitero, aún no del perfil de los estrellas de los 140 caracteres, pero sí en uno agudo y por fortuna de sus seguidores con gran humor
(guardian.co.uk)
Una lectura universitaria fue Los versos satánicos. En aquellos años, segunda mitad de los años 80, principios de los 90, el condiscípulo Ángel Hernández Estrada nos hacía ver que la fatwa ordenada por ese libro había acabado con Salman Rushdie como escritor para convertirlo en simple bestseller, por lo que desde ese momento le estaba cerrada toda oportunidad de aspirar al Premio Nobel.

Una vecina que trabajaba en una imprenta me consiguió un ejemplar de prueba, incluso mal cortado, de la primera edición en español. Y su esposo, obrero entonces, chofer ahora, me preguntaba en aquellos años de primera juventud de qué me servía leer ese libro. Convencido, afirmaba: “Leer no sirve de nada”. Es difícil recordar a la distancia, con exactitud, la respuesta a su provocación, siempre amistosa, pero hubiera sido ideal citar entonces a Sócrates, quien aprendía un aria para flauta mientras le preparaban la cicuta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”.
Italo Calvino ha recurrido a Cioran para contar esa anécdota del sabio griego. Él, Calvino, dice que la única razón aducible sobre para qué sirve leer, por ejemplo, a los clásicos, es porque leerlos es mejor que no hacerlo. Con ironía, el italiano describe que los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir: “Estoy releyendo”… y nunca: “Estoy leyendo…”, y plantea: “Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone ‘de vastas lecturas’; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo delante del verbo ‘leer’ puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas ‘de formación’ de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído”.
Sobre este tema también ha tejido otro italiano, Magris, a quien un estudiante chino le preguntó qué se pierde escribiendo: “Ardua pregunta kafkiana. ¿Y leyendo? Una vez Borges dijo que dejaba a los demás la gloria de los libros que había escrito y que su gloria, en cambio, eran los libros que había leído”.
(aristotleslackey.wordpress.com)
Quizá no sea Los versos satánicos uno de esos libros que el fusilero puede considerar una gloria, pero sí leer al Salman Rushdie posterior. Contra los oscuros pronósticos de mi camarada universitario, el novelista indio-británico no sólo libró la sentencia de muerte que las autoridades iraníes dictaron en su contra, sino que se convirtió en un autor de culto. Carlos Fuentes y Milan Kundera lo acogieron como uno de los suyos y de ninguna manera puede excluírsele cada año en las apuestas que la casa The Literary Saloon corre a propósito de la entrega del Premio Nobel.
Hace unos días ganó una batalla a Facebook, que le impedía usar su nombre, y se ha convertido en cuestión de semanas en tuitero, aún no del perfil de los estrellas de los 140 caracteres, pero sí en uno agudo y por fortuna de sus seguidores con gran humor. Baste citar su biografía en esa red social: “In the inmortal words of Popeye the Sailor Man: I yam what I yam and that’s all that I yam”. Sigue a 254 personas, lo seguimos 136 mil 579, al corte de ayer a las nueve de la noche.
Décadas después los ayatolás andan ocupados en otros menesteres. Ahora sólo son lectores, de libros de papel o de ciberlibros, los que buscan a Rushdie. O reporteros que quieren emular a César Güemes, ese novelista salido de las filas periodísticas que se trepó a una camioneta para lograr la única entrevista a Salman durante una visita a México. Quizá haya llegado la hora, evocando las palabras de Calvino, de “leer” o “releer”, con o sin hipocresía de lector avezado, Los versos satánicos, sea clásico, sea bestseller, o sólo para conocerlo antes de morir.