El cuerpo nunca miente, de Alice Miller

POR Gabriel Ríos
Mientras el cuerpo guarda en cada una de sus células lo que ha vivido, la moral se mantiene grabada en piedra, y hay de aquel que se atreva a hacer comentarios en su contra, en público o en familia
Alice Miller (obit-mag.com)
Si los terapeutas creen en algún dios, sea Yahvé, Alá, Jesús, Freud o Jung, el asunto o la transferencia y contratransferencia ya valió, pues difícilmente podrá ayudar al paciente en su camino hacia la autonomía, pues la moral del cuarto mandamiento (honrarás a tu padre y a tu madre) retiene a ambos en el destierro, y el cuerpo del paciente es el que paga el precio de este sacrificio, escribe Alice Miller, la filósofa y psicoanalista alemana en su libro El cuerpo nunca miente.
La negación del sufrimiento es una infamia, un problema psicobiológico, cuyo nudo nos lleva a amar a “huevo” a quienes no lo merecen, según nuestra propia historia, ya que al nacer, si ella, la madre, nos miró con miedo y sentimiento de culpa,  nos dejó sin espejo.

De acuerdo con las Escrituras, Dios dictó a Moisés el Decálogo que ha contribuido a obstruir, a no dejar que fluya el dolor, a la absoluta ignorancia, a confundir lo que siente el cuerpo con la severa perversidad de la moral.
Mientras el cuerpo guarda en cada una de sus células lo que ha vivido, la moral se mantiene grabada en piedra, y hay de aquel que se atreva a hacer comentarios en su contra, en público o en familia.
La angustiosa población en la que nos movemos, en la que vivimos, es el dogma el que nos impide expresar odio, rabia, rencor: somos ambulantes enfermos de esa verdad que no nos permite descansar.
Es lo que requiere la falsedad, que se escriba de lo que se quiera, menos de la crudísima realidad de nuestra infancia, que debe permanecer en un álbum o en libros de ficción donde se cuentan las historias de “otros”.
Ante la depresión incesante de Virginia Woolf, la escritora, en un descuido, se adaptó a los preceptos de Sigmund Freud, el considerado “fraude” del psicoanálisis, y al dudar de la violación sexual que sufrió en su adolescencia, al igual que su hermana Vanessa, de parte de sus hermanastros, se suicidó por negar sus sentimientos.
Enamorada de la destrucción y la muerte, fue la madre de Rimbaud, pero como la necesidad del poeta-niño era una paja de amor, no pudo o no supo cómo sentir odio hacia ella, y entonces se autodestruyó.
Cuántas personas, en este preciso momento, buscan ese amor en la caridad y compasión del otro, para finalizar en la cárcel de la infancia.
Yukio Mishima se suicidó a causa del terror: la abuela quiso hacer de él una chica y el padre, un chico, a fuerza de golpes. Qué incapacidad la de ese niño talentoso que vivió ira e indignación, sin decir nada al respecto.
Para Joyce, quien se vio obligado a someterse a 15 intervenciones en los ojos, culpó sin decirlo abiertamente al “sistema” (su padre), que durante muchos años lo había convertido en víctima.
Ingmar Bergman (en.wikipedia.org)
Alice Miller escribió su primer libro en 1979, El drama del niño dotado (y la búsqueda del verdadero yo). Le siguieron El saber proscrito, La llave perdida y Por tu propio bien, entre otros.
En ese texto, en el capítulo intitulado “El círculo infernal del desprecio”, refiriéndose al infante, puso como ejemplo una entrevista que concedió el cineasta Ingmar Bergman a una televisora germana, en que relató las golpizas a las que fue sometido su hermano a manos de su padre, estando él presente.
El propio Bergman, para Miller, encubría sus propios recuerdos de lo que le había sucedido a él. La crueldad, dice, era el aire familiar que respiró de niño, porque, cómo era posible  que admitiera, que hasta 1945 no logró darse cuenta de lo que era el nacionalsocialismo, pese a haber viajado continuamente por Alemania durante la era hitleriana.
Miller escribe en El cuerpo nunca miente que sin la conciencia de lo que nos sucedió en nuestros primeros años de vida todo el engranaje cultural es una farsa.
A la mayoría de las personas les da miedo la palabra infancia, dice Miller “Las personas que de pequeñas fueron interiormente masacradas dan la impresión de vivir en un búnker interior en el que sólo se les permite rezar a Dios”.
El mundo adulto sufre por la falta de libertad y por la imposición, y siente este sufrimiento al relacionarse con las personas sustitutivas, los hijos y cónyuges.
Los que buscan un apoyo en sus hijos adultos y se sirven del  método de la inculpabilidad para mover a compasión, impedirá el desarrollo de su ser niño, de su conversión en adulto, y lo seguirá escondiendo, porque ese niño siempre tuvo miedo de sus propias necesidades a una vida que, por cierto, no pidió.
En el capítulo “Mejor matar que sentir la verdad”, la autora aborda el fenómeno de los asesinos en serie, y pone como ejemplo el caso del primogénito de un matrimonio francés muy joven que, en realidad, no deseaba tener hijos.
El padre del muchacho era policía, y de él explicó en el juicio –por haber violado y estrangulado a varias mujeres— que no iba a casa más que para pegarle e insultarlo. Lo odiaba y se refugió en su madre. Ella era prostituta y, aparte de masturbarse de forma incestuosa con el cuerpo de su hijo, como supuso el perito, lo utilizó para que hiciera de vigilante en sus relaciones sexuales con su clientela.
“La huída del sufrimiento experimentado en la infancia puede observarse tanto en la obediencia religiosa como en la ironía” (soulscurry.wordpress.com)
En El cuerpo nunca miente, Miller expresa la esperanza de que, mediante el aumento del conocimiento psicológico, el poder del cuarto mandamiento puede reducirse a favor de las necesidades biológicas vitales del cuerpo, entre otras, las de lealtad a uno mismo, a sus percepciones, sentimientos y conocimientos.
Queda claro que el perdón no cura, que un mandamiento no genera un amor verdadero o que el fingimiento de sentimientos es comparable con la aspiración a la sinceridad. Sin embargo, la crítica de quien obtuvo en 1986 el Premio Janusz-Korczak no significa que repruebe ningún valor moral.
La huída del sufrimiento experimentado en la infancia puede observarse tanto en la obediencia religiosa como en la ironía y demás formas de autoextrañamiento, que se ocultan, por ejemplo, detrás del arte, afirma Miller.
En el epílogo de El cuerpo nunca miente, destaca Miller que es posible que uno ignore los mensajes o incluso que se ría de ellos, pero, en cualquier caso, merece la pena prestar atención a lo que se rebela, “porque su lenguaje es la expresión auténtica de nuestro verdadero yo y la fuerza de nuestra vitalidad”.