La literatura, una feliz ocurrencia

POR Gabriel Ríos
El odio es puro y no se puede frenar con amor, ni por temor a la represión y al castigo: la semilla del misántropo, del machista que converge en lo social e individual se visualiza en el violador, psicópata y asesino en serie
Gabriele D’Annunzio (temi.repubblica.it)
Juan Carlos Maldonado dejó de escribirle cartas a Lena. Imaginamos que en su adolescencia conoció a fondo el miedo y más adelante le fue divertido el cinismo: había cierta grandeza en enlodarse, en ser rebelde; intentaba ser atrevido e ingenioso. Fue así como una noche deseó a la mujer más extraña y bella, cuya voz daba la sensación de una caricia: sin saberlo se había enamorado y congelado en el club de los teenagers.
Nuestro héroe, como en alguna novela de Gabriele D’Annunzio, es un coleccionista, poeta, snob y filántropo, pero en esta ocasión no sale airoso de las pruebas a que lo someten el erotismo y las drogas: desgarrado, sufre del materialismo y vacío metafísico; Eva María, Óscar, Legui, Fumarola, Gonino y otros asfódelos aprecian su cháchara.

El odio es puro y no se puede frenar con amor, ni por temor a la represión y al castigo: la semilla del misántropo, del machista que converge en lo social e individual se visualiza en el violador, psicópata y asesino en serie.
El destino le depara un sueño en una sala de cine: un anciano y una mujer hermosa toman asiento a su lado; el perfil de ella es puro, destacando sobre el fondo sombrío del empapelado que ilumina la luz amarillenta. Al día siguiente, en la supuesta realidad de la clínica, agredió al viejo de al lado, loco de celos, sólo porque el extraño, disfrutaba del misterio de su ser interno.
El intento de fábula se reacomoda con la idea de que la literatura es una contaminación y una feliz ocurrencia.
Pero volvamos sobre las huellas de Juan Carlos Maldonado, para recomendarle la lectura de la novela La morte del cervo, de D’Annunzio, en la que se representa al hombre moderno como un centauro mutilado, que resucita el mito primitivo, al unir su genio con la energía de la tierra.
En ese sentido y para estimular al enfermo, unas palabras de Hans Hinterhauser sobre la legitimidad de la nostalgia: “Un canto alterno a la sagrada naturaleza, siempre y cuando se renueve la escena de la lucha entre el centauro y el ciervo, y los sexos se erijan con su acostumbrada violencia”.
Exhumar el cuerpo del personaje no es algo inusitado. Se la ha pasado los últimos años de su visa blasfemando: como una traslación a otro mundo, se le retrata a la mitad del siglo XX, caminando por las calles de la ciudad, pensando en su amorcito que no ve desde aquella noche en el Gran Vals, cuando se reconocieron en medio de sonrisas desgranadas, en el siseo de hombre y mujeres que parecían estar vivos.
Se dice en el libro Aquí llega el sol de Antonio Marimón, que quién sabe si el consumo de psicofármacos por casi toda la sociedad no sea la preparación para el amor: la estética del texto es como la sonrisa de un profeta que intenta alcanzar la alteridad; es un modo de ser que consiste en hacer revisiones irrelevantes –reflejos dialécticos— o farsas que incluyen tristezas, pero también la forma más pura de la fantasía, la domesticidad de la angustia.
El mundo de la simulación es un trabajo de anónimos. Se comenta lo anterior en Aquí llega el sol. Después se escucha a Eva María hablando de sus puterías, de su vida animal neutralizada.