El epitafio de Carlos Fuentes

POR Alfredo C. Villeda
Los personajes fuentesianos habitan un solo mundo y quizá es el mexicano, en sus distintas facetas, el único que va de obra en obra. El cacique, el fantasma, el viajero, el revolucionario, el burócrata, el gobernante, el feligrés… Sí, Fuentes debe ser el escritor mexicano más universal
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En 2002, a propósito de su admirado Balzac, Carlos Fuentes acaso haya dejado escrito su epitafio: “En una respuesta a la Duchesse d’Abrantes quejándose de que Balzac no la visitase con más frecuencia en el campo, el novelista dice: ‘No me culpéis. Trabajo noche y día. Y asombraos de sólo una cosa: aún no he muerto’. La piel se reduce, pero la novela crece. Balzac ha nombrado a la Muerte. Ha visto que la posesión ofrece vida y al cabo la quita. Pero sólo ha podido hacerlo en la medida en que ha sabido identificar su novela como un texto, una estructura verbal que da permanencia y contenido a todo lo que se rehúsa a tener la una o lo otro, es decir, la fugacidad de la vida y la posesión de las cosas”.

Como el narrador francés, Fuentes era un trabajador incansable, de los que suelen escribir páginas de calentamiento, para soltar la pluma. Estaba a punto de comenzar una novela. Se lo dijo a su entrevistador de El País durante la reciente Feria del Libro de Buenos Aires. Creía en Balzac, junto con Cervantes y Faulkner. En esto creo se titula su ensayo en el que reivindica esa fusión de realidad e imaginación de Honoré, su “manera tan deliberada” de dar su sitio a la realidad: “Moi, j’auriai pourté toute une societé dans ma tête”.
Balzac llamó a ese universo La Comedia Humana, decenas de novelas, las pobló de personajes que solían recorrer las páginas de una a otra y se volvían tan entrañables que Oscar Wilde decía que la última vez que había llorado era cuando murió Lucien de Rubempré.
Fuentes creó una obra universal por su alcance, pero también un universo propio, que él bautizó La Edad del Tiempo. A diferencia de Balzac, los personajes fuentesianos habitan un solo mundo y quizá es el mexicano, en sus distintas facetas, el único que va de obra en obra. El cacique, el fantasma, el viajero, el revolucionario, el burócrata, el gobernante, el feligrés… Sí, Fuentes debe ser el escritor mexicano más universal.
“El yo en el mundo es como una casa en la que sólo se vive mientras se construye. Y la tarea es interminable. Alcanzamos, con suerte, a darle un valor compartido. Mi subjetividad, mi yo, solo adquiere valor si se une a la objetividad del mundo exterior a mi yo y al cual me ligo mediante una subjetividad colectiva que llamamos civilización, sociedad, cultura, trabajo”. A partir de esa definición se entiende su respuesta ante la puntual candidatura, cada año desde muchos atrás, al Premio Nobel de Literatura, único galardón a las grandes letras que faltaba en sus vitrinas. “Si no se lo dieron a Kafka, ¿por qué debía merecerlo yo?”, respondió alguna vez, y “Cuando se lo dieron a Gabriel García Márquez me lo dieron a mí”, dijo en otra oportunidad.
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En diciembre de 1968, cuenta Fuentes en Geografía de la novela, tres latinoamericanos friolentos descendieron de un tren en la eternidad de Praga. Entre París y Múnich, Cortázar, García Márquez y él habían hablado mucho de literatura policial y consumido cantidades heroicas de cerveza y salchicha: “Al acercarnos a Praga, un silencio espectral nos invitó a compartirlo (…) Aquí estrenó Mozart su Don Giovanni, el oratorio de la maldición sagrada y la burla profana trascendidas por la gracia; de aquí huyeron Rilke y Werfel; aquí permaneció Kafka. Aquí nos esperaba Milan Kundera”.
Fuentes relata en un capítulo el encuentro con su colega checo, pero quizá sea oportuno evocar el mismo momento en la pluma del europeo, quien dice en Los testamentos traicionados que cuando leyó en París Terra Nostra supo que sí pertenecía a una generación, a la de un autor mexicano, Carlos Fuentes, quien había escrito “la novela sueño jamás lograda en la historia de la literatura universal”. Era la primavera de 1968, “una primavera que llegaría a tener un solo nombre, el de su ciudad”.
Fuentes pasó gran parte de su vida en Europa. Él pidió, en la versión de su viuda, ser enterrado en París junto con sus hijos. Ahora se reencontrará no sólo con su familia, porque en el cementerio de Montparnasse también reposan los restos de algunos camaradas de su primavera de Praga, de aquel mismo foro de la Unión de Escritores Checos, como Cortázar, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, además del gran César Vallejo.
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José Saramago decía que su abuelo Jerónimo, en las últimas horas, fue a despedirse de los árboles que había plantado, abrazándolos y llorando, porque sabía que no volvería a verlos. “La lección es buena. Me abrazo a las palabras que he escrito, les deseo larga vida y recomienzo la escritura en el punto en que la había dejado. No hay otra respuesta (…) Verdaderamente me siento vivo, vivísimo, cuando, por una razón u otra, tengo que hablar de la muerte…”, confiesa el portugués en El cuaderno.
Cito al gran Saramago: “El primer libro de Fuentes que leí fue Aura. Aunque no he vuelto a él, guardo desde aquel día (hace más de cuarenta años) la impresión de haber penetrado en un mundo diferente a todo lo que había conocido hasta entonces, una atmósfera compuesta de objetividad realista y de misteriosa magia, en que estos contrarios, en el fondo más aparentes que efectivos, se fundían para crear en el espíritu del lector una vibración singular en todos los aspectos”.
Luego, miren la coincidencia, cita “otra novela extraordinaria”, Terra Nostra. “A partir de ahí nos fuimos encontrando en diferentes países, en nuestras casas respectivas, en actos académicos tutelados por Julio Cortázar y bajo la mirada, siempre benevolente y algo irónica, de García Márquez”. El mismo círculo de titanes, incluido Vargas Llosa.
Así pues, tan inmenso es el gran Fuentes, que ganadores o no del Nobel, otros de su especie así como le presentaban sus respetos, también le envidiaban y reprochaban talento y oportunidad. Claudio Magris escribió: “Carlos Fuentes me quito un as de la manga cuando, invitado por el Corriere a contar cuál había sido la lectura fundamental de su vida, el primer libro o autor que había marcado para siempre su fantasía, recordó su encuentro, de niño, con las novelas de Emilio Salgari…” Envidia en el mejor de los términos, por supuesto. “Y miramos con nostalgia las antiguas horas de la amistad, como si nunca hubieran sido…”

1 comentario en «El epitafio de Carlos Fuentes»

  1. Hola, Alfredo. Está padrísimo tu artículo. Me gustó la cita que dice "El yo en el mundo es como una casa en la que sólo se vive mientras se construye." Sabe a Octavio Paz. ¿En qué libro está?
    Gracias y saludos,
    María Elena (Balderas 68 🙂 )

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