Arpaio toreó a Sicilia

POR Alfredo C. Villeda
No hay defensa posible para un depredador de indocumentados como Arpaio, pero Sicilia apunta sus baterías con los elementos incorrectos. “¿Yo qué tengo que ver con el asesinato de tu hijo, con la lucha antidrogas de México?”, se preguntaba el alguacil
(animalpolitico.com)
El dramaturgo noruego Henrik Ibsen solía quejarse de los críticos, si bien creía que la estulticia de sus textos era involuntaria en la mayoría de casos. Él suponía que eso se debía a que en su país muchos críticos eran teólogos, quienes, decía el también poeta, son incapaces de escribir racionalmente sobre creación literaria, porque su ocupación los orilla a traicionarse en el juicio del carácter, de las acciones y de los motivos humanos.

Había, pues, una falta de correspondencia entre personajes ajenos, apenas ligados por una delgada línea: autor-lector. Tan tenue como la que hizo coincidir el jueves pasado al escritor Javier Sicilia y al alguacil de Maricopa, Joe Arpaio. ¿Qué línea? Según el poeta, se justifica su insolente reclamo al funcionario estadunidense, conocido cazamigrantes, por ser éste un político. El anfitrión, sin embargo, no dejaba de preguntarle durante el encuentro: “¿Quién eres? ¿Debería conocerte, saber quién eres?”
Sicilia, como usted sabe, encabeza la Caravana por la Paz en Estados Unidos. El jueves, a su paso por Arizona proveniente de California, fue recibido por el alguacil. Ambos conocedores de guiones y escenas, representaron sus papeles sin salirse un momento, como personajes de Ibsen. Pero sin duda el gringo toreó a Sicilia, a quien se dio el lujo de despreciarle la invitación de una postrera chela.
Cuando se dice que hablan distintos idiomas no sólo hay que apuntar a la lengua. El sheriff aún no recibía el saludo de mano de su incómodo visitante cuando ya tenía encima reclamos y epítetos en español. En su oficina. Donde no tenía obligación alguna de dar audiencia a una caravana de extranjeros. Él intentó saludar al grupo en español, “buenos días”, antes de escuchar la traducción de las expresiones de Sicilia.
Arpaio se mostró apenas sorprendido, pero respondió a cada acusación. “¿Quién eres?”, dijo ante la incredulidad del poeta, a quien no le cabía en la cabeza que un alguacil extranjero no sepa de él. “¿Debería conocerte, saber quién eres?”, agregó. Al señalamiento de que tiene a los migrantes detenidos en su jurisdicción como animales encerrados, dijo: “Yo no mando en las cárceles”, y se levantó para protestar, porque uno de los visitantes portaba un cartel con la leyenda “Arrest Arpaio”: “¿Y si yo pido que los arresten a todos?”, deslizó el sheriff.
(observadortlaxcalteca.com)
No hay defensa posible para un depredador de indocumentados como Arpaio, pero Sicilia apunta sus baterías con los elementos incorrectos. “¿Yo qué tengo que ver con el asesinato de tu hijo, con la lucha antidrogas de México?”, se preguntaba el alguacil con sobrada razón ante las recriminaciones del poeta, y evadía así toda impugnación a su oficio de tinieblas.
En ese diálogo imposible, en esa distancia abismal como la de Ibsen con sus críticos, sólo quizá probable entre personajes literarios, tuvo lugar el encuentro de un poeta equivocando el blanco, o mejor aún, las balas para ese blanco, con un policía, singular si se desea, pero policía. Otra vez esa inexperiencia que lo hizo fallar con sus besos al Presidente y cuanto político se topaba, con sus acusaciones fuera de lugar contra Andrés Manuel López Obrador en el último tramo de la campaña.
Arpaio, al final, mostró más tablas y eludió al visitante que, por lo demás, faltó a las más elementales normas de cortesía. ¿Cómo llegar con una mano extendida y en la otra, al tiempo, con un cúmulo de improperios a una oficina ajena? Ni siquiera se habían sentado. Mediático y ególatra, el anfitrión concedió aun la entrada de cámaras para representar su papel: el de irreductible cazador de indocumentados.
Al final ambos, protagonistas indiscutibles de dos tragedias alternas, la violencia y la migración, regalaron, eso sí, una espléndida pieza de televisión.