Seudónimo Quincey (8 y 9)

POR Óscar Garduño Nájera
Algunas olas se aferran a las orillas; otras consiguen escapar cada que aprietas los ojos, cada que los tallas y te niegas a ver lo que ves aunque agüita salga por las grietas laterales
(colt-45-for-sale.good-choise.com)
Algo se rompe ese día en el pueblo cuando hombres y mujeres se acercan al cuerpo de la futura quinceañera. Más de uno conjuga, entre dientes, la palabra vengarse según se entera de los hechos. Muchas preguntas. De esas que te haces un buen día y por ningún medio encuentran respuesta. Casi huecas. Porque a veces no es tan fácil. Alguien lo tiene que decir tras enterarse: los ensayos para el vals se posponen hasta nuevo aviso. Tal vez un letrero en alguna de las puertas. Con letra clara y faltas de ortografía. Hasta nuevo aviso. Y, claro, hasta que alguien más cumpla 15 años. Pero ella ya no: Andrea.

Y la mera verdad no era tan buena para el vals. Habla un viejo frente al asta bandera rota. Su voz tiene el tono de quien se ha quejado desde que fue expulsado del conservatorio de música. Se acuerda de la pieza de Tchaikovski. Ante el asombro de los mirones del centro comunitario, eleva lentamente su brazo derecho: una esquelética mano mueve la batuta. Entonces aparece frente a él la mirada tristísima del gordo Quixtlihuac. El viejo carraspea, tarda en arrepentirse de sus palabras. Las envuelve en una hoja pentagramada, las traga, y con lo último dice así, quedo, lo siento mucho, señor.
Preguntas de ésas que haces incluso cuando sabes que es estúpido hacerlas. ¿Quién fue el cabrón que disparó? Encontraron un casquillo: .45 el calibre. Se tuvo por cierto una mano temblorosa. Una mano temblorosa y un dedo en el gatillo. Un dedo en el gatillo de una mano temblorosa que sostenía un revólver Colt: ¡Pum! Salió la bala a una embrutecida velocidad. ¡Pum! Justo en el blanco: un círculo de cartón con cada uno de los 15 años de Andrea. Así se escucha el disparo de un revólver: ¡pum! Por acá muchos lo saben.
¿Cómo te explicas que Andrea quería ensayar lejos de los mirones que se dan cita a diario en el centro comunitario? El gordo Quixihuitl contiene las lágrimas frente a la batuta del viejo y voltea a ver a los mirones: acurrucados como plasta en una de las esquinas del patio, masa amorfa y cuellos que se estiran para ver el cadáver de Andrea. Cuchichean e intentan abrir sus toscas bocas para dar sentidos pésames. Pero su idiotez no les permite encontrar las palabras correctas. Lo mismo sucede con sus rostros: ignoran qué cara se debe hacer frente a un cadáver, si deben alzar las cejas o fruncir el ceño, si deben abrir o cerrar la boca. Porque no es tan sencillo. Y eso que por acá la gente se muere a cada ratito. Pero debes ensayar, y eso, el ensayo, exige una disciplina de la cual carecen. Sobre todo cuando Andrea les impacta desde la fría banca de cemento. Y la muerte ahí se impone con sus propios mecanismos. Eso sí que lo saben hasta los mirones, ahora distribuidos tras de las macetas, acechando, ojos grandísimos, sórdidos espectadores. En cuanto quedan a escasos centímetros de Andrea un escalofrío los aborda, se les cuelga de las nalgas, trepa por sus velludas espaldas, llega hasta sus sudorosos y agrietados cuellos y ahí se vuelve a colgar para obligarlos a inclinar las cabezas.

La pegó contra su pecho. Fue lo que hizo El Gordo en cuanto la levantó de entre los arbustos. Andrea era ya un manojo de carne sin vida reposado en sangre seca. La pegó con mucha fuerza. Fue su primera reacción. Y eso que nadie se lo espera. Que vengan a decirte que tu hija está tirada bajo un inclemente sol. Reaccionas en automático. Como si el aire que le hacía falta a Andrea se transmitiera con el tacto. Como si nuestro y de nadie más fuese el don para resucitar a los que amamos. Es una clave: amar.
En el centro comunitario El Gordo camina, arrastra los pies, todo él es una figura que se mueve obligada por impulsos; lo que quisiera ahora, seguro, es que ocurriera una catástrofe: la tierra se abre y lo traga, abajo más tierra, y más, desaparecer de acá, de este mundo de vivos donde alguien (algún hijo de puta) le arrebató la vida a su hija, de este mundo donde te arrumban a los muertos bajo el sol, con un balazo, pudriéndose entre los arbustos, lejos de un pueblo donde también todo se pudre. Llega hasta su hija. Y sin más le habla. Hace preguntas. Las grita, desesperado. De rodillas frente al cadáver. Muerde sus toscos labios embarrados de saliva y mocos. Descorre la amarillenta sábana. Aparece el gélido rostro de Andrea. Sobre sus mejillas lagunitas de los ojos del gordo. Qué chinga pensar que tu hija tendrá para siempre 14 años.
También Jacinto, quien la encontró. Desde hace rato que en su mirada alegre aparece un fragmento del mar. Iba por ahí con todo un océano en su mirada y repentinamente se vacía cuando encuentra a una mujer muerta. Y si a esa mujer le pones nombre (frente a tantas que aparecen sin él) se presenta un rabioso oleaje. Algunas olas se aferran a las orillas; otras consiguen escapar cada que aprietas los ojos, cada que los tallas y te niegas a ver lo que ves aunque agüita salga por las grietas laterales. A partir de ahora su ausencia será dolorosa. A Jacinto nunca se le hubiera ocurrido tal palabra: ausencia. A partir de ahora la asociará con Andrea. Y todo un océano se le vendrá encima.

Corren los hombres en cuanto Jacinto les señala la dirección con el dedo. A lo que vino a ser la primera ¡muerta, muerta!, le siguió un nombre, y con ese nombre algo se rompió en el pueblo, o comenzó a quebrarse. Sueltan mercancías, dejan canciones incompletas, radio en cualquier estación, con tal de enterarse si es cierto, si se trata de ella, la hija de El Gordo, Andrea.
Entre tierra y piedritas. Llegan a una zona a la cual no están acostumbrados. Arbustos. Tras de ellos, una mujer: parece que se acostó, pero quién demonios se acuesta bajo un sol tan pesaroso. El gordo Quixihuitl va por delante, alza la cabeza, tiembla su enorme papada, y mira al cielo: unas cuantas nubecillas alfileradas por el incendio de la mañana. Así permaneció durante algunos segundos. Si algo pidió o no a Dios, solo él lo sabe. También si Dios se lo cumplió. Luego baja la cabeza, traveling por un seco y desdibujado horizonte, y lo que de golpe ve, esa hija suya ahí, tirada, de manera certera lo traspasa, lo hunde, hace de él lo que le viene en gana. Hasta que un extraño ruido parece despertar a todos de ese macabro sueño: viene de entre los arbustos, agita con violencia las cuarteadas hojas. Uno de los mejores armadores de puzzles de canciones se agacha, escucha con atención, se da cuenta. Va a decir de qué se trata cuando un violento pisotón lo interrumpe, mata una pequeña víbora, queda panza abierta y carne sanguinolenta botada. Quién sabe si mordió a Andrea. Qué importa ya.
Al sonido de las primeras pisadas sobre las piedras, se suman otras, y otras más, con cierto ritmo, por las calles de un pueblo que se edifica con pisadas. Tal parece que al amanecer sus habitantes se ponen de acuerdo, ejecutan la mejor de las marchas, quizás no tan ordenados, pero qué importa, acompañan a El Gordo, acompañan a un ataúd del mismo color que un vestido de quinceañera. También van los huarachudos: de vez en cuando, mientras avanzan se miran los pies y en ocasiones les gana una risa que disimulan con la mano mugrosa en la boca. Ahí van. Y ese silencio que los arropa cobra vida, les ofrece las palmas pétreas de sus manos, hombres y mujeres ahí suben, los lleva al lugar donde finalizan sus pisadas, quiebra cada uno de sus dedos y hombres y mujeres cabizbajos están frente a las puertas del panteón.
Entran en hilera y dan con un grisáceo pasillo tapizado de mucha mierda de palomas. La luz del incendio de la mañana parece quemar el filo de las maltrechas tumbas, atravesar las grafías de tantos y tantos nombres, saborearse en el contorno de las fechas de nacimiento, las fechas de muerte. Ahora ese silencio les ofrece a hombres y mujeres una ancha espalda: ahí toman todos asiento, pasa el ataúd color pastel por delante, el mismo incendio alumbra las manos cuando estas hacen la señal de la cruz, cuando el gordo Quixihuitl reniega de Dios (entonces no, no le cumplió nada) y repite entre dientes la palabra asesino.
Seudónimo Quincey (9)
(taringa.net)
Ese es el lugar. Hasta ahí llegan dos camionetas. Por separado. Con rutas distintas de cacería. Ahí llevan a las mujeres: objetos maniatados de carne. A unos cuantos metros de lo que es la única carretera que conecta a los dos poblados. Tras ponerles en la madre, arrastrarlas, las trepan a las camionetas. Amontonadas. Quién sabe cómo le hacen para que entren. Tobillos contra tobillos. Caderas contra caderas. Cuando es buen día para ellos, tetas contra tetas. Voces que se apagan contra voces.
Hay que darle un nombre al camino por donde circulan las camionetas. La mera verdad: una brecha sinuosa atascada de piedras, cuarteaduras y tierra. Ahí pasan veloz. Levantan polvo. Y alargadas sombras se reflejan al caer lo más macizo del sol. Rajatabla en las alturas donde buitres negros se aventuran en apacible vuelo. Surcan los diminutos intentos de nubes. Crucificados, abren sus renegridas alas y hacen acrobacias. Ahí se entretienen mientras encuentran algo que sacie su voraz apetito. A través del silencio de la zona, repentinamente se lanzan, llegan a cualquier cadáver en descomposición, devoran, comparten caliente carne pútrida e incluso al hacerlo se desconocen, atacan unos contra otros, certeros picotazos con pellejos y graznidos, hasta que sin más un chorro de agua caliente y sucia cae sobre el manchón de sus alas, los ahuyenta.
Alrededor de ese expendio de cerveza, nada: en la parte de atrás un corral de carcomida madera con un piso aún húmedo y rojizo. Dos cubetas, de distintos tamaños, parecen tejer ojos abiertos dentro del corral. Dentro de ellas agua caliente y ennegrecida. Mosquitos hacen rutina de alocados y pertinaces movimientos a unos cuantos centímetros. Más de uno, lo da a entender su desesperada danza, daría la vida por dejar de volar, desplomarse sobre el agua, tan llena de excremento porcino, eso antes de que mataran a Violento, pues el corral y no otro lugar era su casa.
Hay que repetirlo: alrededor del expendio, nada. 
(noticias11tv2.blogspot.com)
La historia de las botas: se las vendieron como auténticas de piel de cocodrilo. Lo cierto es que son de plástico, uno resistente y rugoso. Cuando se lo hicieron saber regresó con el vendedor. Éste insistió en un nuevo ejemplar de cocodrilo. Con una piel distinta. Ejemplar del sur de África. Él no sabía dónde se encontraba. África, dividió en sílabas el vendedor y señaló con el dedo un punto que a él se le antojó increíble. De cualquier manera, exigió que le devolviera el dinero. La cosa comenzó a ponerse fea cuando sacó la pistola y alzó la voz. El vendedor lo calmó. Mejoraría la oferta con un cinturón de piel de cocodrilo adicional a las botas. Las dos cosas por el mismo precio. Si se mira bien, una ganga. Aceptó tras comprobar que el cinturón le ajustara bien. Regresó con las botas puestas. Y con un cinturón cuya piel parecía de cocodrilo.
Procura que no se manche la piel. Quedan paralelas las botas. Contento el hombre: alcanzó a espantar a los buitres negros con un chorro de agua. Cuando amarren a la siguiente mujer, ya tendrá ocasión para imitar sus graznidos. De cualquier manera, las aves permanecen en el cielo. Está claro que no les tiene miedo. Pero no los soporta. Mucho menos cuando voltean y parecen fijar su oscura mirada en la de él.
Un pedazo de oxidada lámina hace de puerta para entrar al expendio de cerveza por la parte del corral. Retorcidos alambres en un diminuto clavo hacen de seguro. Como manija, la corcholata de una cerveza. Una vez que el hombre zafa los alambres, hay que entrar al expendio de cerveza junto con él. Eso hace. Unos cuantos pasos y aparecen cajas apiladas de cervezas ya calientes. Que el hielo acá no dura, nos queda claro. Mira a su alrededor. Siempre lo haces cuando entras a un lugar. Por más familiarizado que estés.
Frente a las cajas apiladas tres hombres juegan baraja en una mesa redonda de plástico, cuyo centro lleva dibujado una corcholata enorme y la marca de una cerveza. Él se quedó atrás porque sintió ganas de orinar. Y lo hizo en una de las cubetas de Violento. Mejor contar eso: no les va a decir que le salen unas ronchas gigantescas con los piquetes de mosquito. Además de la mirada de los buitres negros.
De los tres hombres, voltea el de pétreo rostro tallado de cicatrices. Mira al que acaba de entrar de pies a cabeza. Hasta para mear eres lento, chinga, y se entiende, con lo que has de tener por verga. Órale, checa a la vieja. Y regresa a las cartas que le acaban de poner. Quiere madrear al que tiene enfrente. Es la cuarta ocasión que reparte la baraja y puras cartas malitas le ha dado. Con las que tiene no arma ni una tercia. La piensa: si sale el rey, tal vez. Si recorta con el as de copas, igual y sí. Si espera la sota de bastos, chance. Falta que estos cabrones lleven arriba mis cartas. El que reparte termina de hacerlo, junta las cartas sobrantes y levanta su juego. De tocarle el cambio que necesita, esperará sólo una carta. Debe ser la cadena con la crucecita. Voltea las cartas boca abajo en la mesa, se agacha: estira el brazo, levanta el pantalón y se rasca dentro de una sudorosa bota. Ahí sigue la cadena con la crucecita. No le quedó en el cuello. En la muñeca del brazo sí, pero le dijeron que traer cadenitas ahí era de putos. Total que se la amarró en el tobillo. Sólo la miran sus viejas cuando queda desnudo. Entonces dice que era de su madre. Y las viejas saben que por muy cabrón un hijo nunca mata más de diez veces a su madre. Hace muchos años alguien le enseñó el significado de la palabra amuleto a las afueras de una iglesia. Acomoda un tres de bastos y repite entre dientes la palabra. El que está a su lado también toma sus cartas. Las ve, grita putísima madre y las deja caer sobre la mesa.
(torreon.olx.com.mx)
Manos callosas levantan carta por carta. El que espera por una, suda copiosamente. Parece que su rey de copas lo imita cuando una delgadísima gota cae sobre su corona. Intenta hacer cuentas: cuántos reyes han salido, cuántas sotas. No puede. Y cuenta las espadas de las cartas que tiene. Eso le enseñaron: contar espadas luego de sacarles filo. Y su especialidad son los cortes femeninos. En especial, gusta de los pezones. Utiliza navaja. Una vez que se levanta una orilla es más fácil arrancarlo. Diez espadas. Es el resultado de la cuenta.
El que tiene cartas malas de plano abandona el juego. Se los hace saber. Se levanta de la mesa, enciende un cigarro y el humo parece abrir cortinas a su paso. Llega al cuartito que está antes de salir al corral. Entra. Una sola figura cuando su sombra se proyecta sobre el hombre que monta a la mujer, la penetra, pantalón de mezclilla a media nalga, botas que parecen de piel de cocodrilo por el suelo. La mujer solloza, intenta suplicar, pero la mano aún embarrada de mierda de Violento aprieta sus labios, los hunde. ¡A ver si cierras la pinche boca, puta! El otro se da media vuelta, sale, no le gusta interrumpir romances así. Mejor que terminen.
Es la hora. El jefe los ha citado para darles nuevos nombres. Mujeres guatemaltecas. Otras hondureñas. Irán por ellas y al amanecer volverán a jugar. De noche, imposible. Suben a las camionetas. Encienden los motores y las luces. En la boca de la noche se pintan destellos de luz.
Uno de los acompañantes dice algo al conductor luego de presumirle un cinturón de piel de cocodrilo. Este suelta una carcajada. Sus rostros se aprecian alegres tras del cristal de la camionetas. Arranca velozmente. Se echa de reversa. Las llantas trazan una chueca línea sobre las cuarteaduras de la tierra. Quedan las luces de la camioneta frente al corral. Se estiran los brazos. Están amarrados a una de las orillas del techo. La mujer desnuda y sin vida es un péndulo congelado en ese tiempo. Rostro vencido atascado de mosquitos. Llama la atención el color negruzco de uno de sus pezones. Y eso porque del otro sólo cuelga la mitad. Ríen los dos hombres. A través del cristal de la camioneta admiran el espectáculo. Hasta que el de las botas de piel de cocodrilo dice que se hace tarde. No confiesa que tras de la mujer un buitre negro le sostiene la mirada.