Benjamin enlazó dos pasajes del libro sagrado

POR Gabriel Ríos
El pensador berlinés se consideraba un individuo empírico, transeúnte, solitario. Escribía con intensidad en días lluviosos, confesando no tener el sosiego de ninguna constatación, salvo hallar encajonado en cada secreto, uno más pequeño, un tercero minúsculo. Así, hasta perderlos completamente
(noticiasdeabajo.wordpress.com)
Sueño constantemente con Walter Benjamin. El fondo en el que se mueve tiene que ver con imágenes que ofrece un caleidoscopio. Pienso en uno de sus mensajes: Época antropocéntrica (=) a consumación del nihilismo. Por la mañana releo lo que escribí el día anterior, que estar a la intemperie significa no pertenecer a la esfera de ese ser ennoblecido por la felicidad del signo y señal de la razón. Se me sugiere convivir con la muchedumbre, siempre y cuando no me confunda con ella.

La certeza de Benjamín: “Nunca he podido investigar y pensar, sino en un sentido teológico, de acuerdo a la enseñanza talmúdica”. Benjamín creía en un Dios que puede irrumpir en cualquier parte, momento, cosa, en secreto, silenciosamente como arena de mar. Posiblemente por ello degusto de su arte combinatorio. Fue un dique que rechazó el totalitarismo. En su análisis de su tesis doctoral, El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán, la physis es la protagonista del culto. En su libro El origen del drama barroco alemán, el centro es la alegoría, la intuición de la caducidad de las cosas y el cuidado de salvarlas de lo eterno.
En ese contexto, Benjamín recurre a la tragedia griega, que para él es un dolor que proviene de la comprensión del carácter efímero de la vida. Le dedica un espacio sustancial al héroe que se libra de las viejas leyes y cuando éstas acaban por darle alcance, les sacrifica la muda sombra de su ser, el yo, mientras que su alma encuentra su salvación en la palabra de una comunidad distante.
Estar en disposición extrema es afrontar la ambigüedad, vivir por cuenta propia, con el peso de la polis y el mundo a cuestas, provocando el enmudecimiento, mezcla de conmoción y temor, componentes de la catarsis. Walter Benjamín repudiaba toda concepción tecnocrática-progresista. Afortunadamente, decía, todavía nos queda el lenguaje, y hay que asumirlo hasta sus últimas consecuencias, como cuerpo, poesía y ejercicio libertario.
Un esbozo es suficiente, para poder decir que hemos sido capaces de penetrar, lo que por esencia resulta incognoscible. En el ocaso de su vida, Benjamín toma partido a favor de la teología y con ello redimir el pasado y romper con el tiempo lineal e ideal, defendido por los ilustrados.
Benjamín enlaza dos pasajes esenciales del Libro Sagrado: la condena de Adán a la mortalidad por haber comido del árbol del conocimiento absoluto y la preocupación de Moisés y los profetas por el pobre, el huérfano y el extranjero.
Benjamín se consideraba un individuo empírico, transeúnte, solitario. La totalidad de su obra suscita arrebatos de entusiasmo y de rechazo. Escribía con intensidad en días lluviosos, confesando no haber podido tener sosiego de ninguna constatación, salvo hallar encajonado en cada secreto, uno más pequeño, un tercero minúsculo. Así, hasta perderlos completamente.