El puerquito, la gallina, el borrego…

POR Alfredo C. Villeda
La aparente naturalidad que habita en las páginas de autores como Jorge Ibargüengoitia, para motivar la sonrisa y la risa del lector, resulta en realidad una excepción
(desdemante.com)
Mario Vargas Llosa ha revelado cuán azaroso devino su hallazgo de la vena literaria, a su juicio, más difícil: la humorística. Intentaba contar la historia de Pantaleón y las visitadoras en serio, pero el hecho real, magnificado y distorsionado, acabó convertido en una farsa truculenta, que para ser contado exigía la burla y la carcajada.
Durante una charla en la UNAM, a semanas de que ganara el Nobel, recordaba que se sentaba a pensar en la forma en que un militar, con el lenguaje propio de su ejercicio, pediría los servicios de una prostituta, así que comenzó a redactar los partes correspondientes metido en las botas del capitán Pantoja.

Una probada: “El suscrito, capitán EP (Intendencia) Pantaleón Pantoja, encargado de organizar y poner en funcionamiento un Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Fronteras y Afines (SVGPFA) en toda la región amazónica, respetuosamente se presenta ante el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios del Ejército, lo saluda y dice: (…)”
Porque esa aparente naturalidad que habita en las páginas de autores como Jorge Ibargüengoitia, para motivar la sonrisa y la risa del lector, resulta en realidad una excepción.
Escribe el guanajuatense en Las muertas: “Se sabe que la única inhibición de Blanca se la producían los dientes manchados, los cuales iban a dar origen a su único lujo. Ahorró durante años y cuando tuvo lo suficiente fue con un dentista famoso de Pedrones que le puso cuatro dientes de oro en vez de los incisivos superiores. Esta innovación ha de haber modificado la apariencia de Blanca, pero no la desfiguró. Según el Libertino, que la conoció con los dientes manchados, sin dientes –en los días entre que le quitaron unos y le pusieron los otros—, y con dientes de oro, no sabe decir cómo le gustaba más. El brillo dorado no hizo más que resaltar su belleza exótica: Blanca era negra”.
Un episodio político reciente se ha convertido en una evocación de estos casos, salvo que los hechos comentados a continuación motivan la hilaridad sin la menor intención, con la pura magia del proceder involuntario.
Sergio Navarrete Mardueño, notario público 128 del Distrito Federal con indiscutible militancia lopezobradorista, fue convocado a dar fe de la entrega de pruebas supervenientes de la compra de votos a favor de Enrique Peña Nieto, así que con su candidato sentado a unos metros, comenzó la lectura y presentación de productos: 153 vasos, 96 tortilleros, cinco tupperware, 10 tazas, 77 lupas, 12 llaveros, seis manteles, una maceta, siete costureros…
Así continuó su recuento, atrás de él López Obrador serio y con cierta impaciencia, hasta que el fedatario llegó a lo que dejó de ser prueba “superveniente”: un borrego, dos guajolotes, dos patos, una gallina y un puerquito, procedentes de Guerrero, Campeche, Zacatecas y Veracruz.
Como si no bastara con eso, días después secretarios del Tribunal Electoral redactaron un informe: “Se hace constar en relación con los semovientes enlistados en el escrito de presentación en la página 23 dos patos, página 32 diez guajolotes, página 50 un cerdo, página 53 un borrego y una gallina; se levantaron las certificaciones correspondientes sobre su exhibición ante la imposibilidad de ser recibidos”.
“Semoviente”, para legos como el fusilero, significa: “Que se mueve por sí mismo, animal de granja”.
Qué Vargas Llosa ni qué Ibargüengoitia: puro humorismo involuntario.