La obra maestra


POR Óscar Garduño Nájera
Para Rogelio Pineda
El crítico lanza una sonora carcajada: bueno, en la crítica buena nunca se fijan, les gustan las cosas digeridas; en cambio, es la crítica hecha al aventón la que promueve el libro, la que vende… y la que mejor pagan
(dipity.com)
Atormentado Rafael Martínez por las palabras que un crítico publica en la última reseña de una revista especializada en literatura mexicana, decide visitarlo no en su casa, sino en una cantina, que viene a ser como la segunda casa del crítico. Después de varios tragos y una charla acerca de la poesía de Carlos Pellicer, Rafael le reclama al crítico la dureza con la que recibió su texto, un cuento que se desarrolla en pleno siglo XIX y donde aparecen personajes como Altamirano y Prieto, una anécdota sencilla, si se quiere, pero contundente, al menos para Rafael, quien llegó a ella tras pasar por cinco talleres de cuento, dos diplomados y un curso de cuento por Internet. El crítico mueve la cabeza. Sus barbas parecen hundirse en una cuba de ron blanco y hace los ojos chiquitos antes de hablar. Habla, una voz aguardentosa: lo que dice en la reseña es lo que pensó del texto cuando lo leyó, o bien cuando al fin lo terminó de leer, porque la primera ocasión se quedó dormido aun antes de la aparición de Altamirano, la segunda tuvo una larga distancia desde Mazatlán (invitación a un festival cultural), y la tercera porque llamó por teléfono su ex esposa para reclamar por enésima ocasión lo del pago de la colegiatura de los niños.

Vuelve a mover la cabeza el crítico y le recomienda, pausadamente, labios y gotitas de Coca Cola, que tenga el corazón duro frente a las críticas, que la literatura es una carrera de resistencia… se detiene y suspira: lleva años creyendo que de una cuba libre le viene un don casi místico. Continúa: ¿sabes?, la crítica literaria hoy en día a nadie le interesa. A ver, ¿quién lee reseñas aparte de nosotros dos? Y eso porque a mí me pagan, pero a ti… ¿pedimos más papas? Llega el mesero y deja un tazón con papas saladas que el crítico gustoso devora. Migajas en las barbas: mira, si yo fuese tú no me preocuparía de nada…
Rafael está confundido y no sabe qué decir. No obstante, recuerda la parte con que el crítico cierra su reseña, juzga duramente la aparición de Altamirano, pues no sirve de nada, y al salir de la cantina lo amenaza: te vas a tragar tus palabras, cabrón, luego de que veas mi nueva producción literaria.
Ojalá aguante la lectura a la primera, alcanza a gritar el crítico.
(oddee.com)
Pasan más o menos seis meses. Rafael escribe pensando a todas horas en el crítico: una obsesión que primero considera literaria, luego hermenéutica, luego amorosa, y al final francamente personal. Le va a dar una lección que ni su madre le va a curar. Termina su nuevo libro: una novela de 400 páginas ambientada en una estación de trenes de París durante la ocupación nazi, un romance entre un maquinista ferviente lector de Isaac Bashevis Singer y una secretaria ferviente lectora de Xavier Clarke, y una bolsa de dinero, resultado del robo a un banco, además de una carta cuyo destinatario se conoce hasta el final, aunque en realidad saberlo es irrelevante. Solo le hace falta el título: Para ti, le pone (había pensado en La crítica viaja en Metro, pero sólo leer el título en voz alta lo hizo bostezar). ¿Que qué tiene que ver el título con la novela?, hasta el día de hoy Fernando se lo pregunta.
Acude con su editor y se la entrega. Este promete leerla pronto y darle algo así como un dictamen antes de dos días.
Pasa un día.
Rafael no puede dormir. Piensa en el crítico. Espera a que caiga la tarde y lo vuelve a visitar en la misma cantina, la cual, ya se sabe, es como su segunda casa.
El crítico está borracho, de plano tiene media barba embarrada de salsa Valentina, y se tambalea peligrosamente en la silla de un lado hacia otro, hasta que un mesero llega, se para, hace de ficticia pared. Balbucea. Rafael no entiende nada y le dice que se va a arrepentir de sus palabras. El crítico mueve la cabeza, la deja caer sobre su pecho y ordena no se sabe qué número de cuba de la tarde.
Rafael recibe la tan anhelada llamada telefónica. Su libro ha sido aprobado por mayoría de votos. Brinca de alegría. Solo hay un inconveniente: el título. No funciona, dice el editor, necesitamos algo con más punch para el mercado. Y remata: si de por sí las ventas están por los suelos y luego con estos títulos… Rafael cambia el título: Para la crítica. ¿Que qué tiene que ver el título con la novela? Hasta el día de hoy Fernando se lo pregunta. El editor acepta y la novela tarda dos meses en ver la luz, o sea en diseñarse, imprimirse con primeras pruebas, corregirse, empastarse y colocarla en librerías.
A la semana las ventas de la novela caen a cero. Nadie repara en ese título de quien prometía ser una de las principales figuras literarias del siglo XXI.
Rafael se deprime, intenta leer algo de Tolstoi y le da hueva, intenta con algo de Chejov y lo mismo, intenta con la Yourcenar y se deprime aún más frente a textos atascados de tristeza; navega horas y horas en Internet, chatea con una amiga en Francia hasta que ésta pregunta por su nueva novela, la bloquea; acepta cuanta amistad le llegue en Facebook, donde no se atreve a escribir nada, pues tan honda es su depresión.
(starlightjunkies.blogspot.com)
Regresa a la cantina. Entra y el crítico está de buenas. Comenta que lo del festival en Mazatlán estuvo sensacional, que al fin conoció la playa y que no sólo los tragos, sino hasta las putas, corrieron por cuenta de la comisión para la cultura del estado. Rafael le pregunta si ya leyó su última novela. El crítico bebe de su cuba libre, suspira frente a un tazón de papas vacío y dice que es su mejor libro, una obra maestra de la literatura mexicana donde convergen espíritus cosmopolitas con referencias rulfianas, sin olvidar el toque preciso de la ocurrencia a lo Monsiváis. Te prometo que así lo diré en la reseña de la siguiente semana, concluye, y ordena al mesero más papas. Contrariado, Rafael sale de la cantina.
La reseña sale en la revista especializada en literatura mexicana.
Unos cuantos días más tarde, la gente atasca las librerías y en menos de una semana agotan la primera edición de Para la crítica.
Rafael regresa a la cantina (ya hasta lo conocen los meseros) y agradece al crítico. Luego le plantea una duda, ésa que decía que nadie se fijaba en las reseñas y en los críticos.
El crítico lanza una sonora carcajada: bueno, en la crítica buena nunca se fijan, les gustan las cosas digeridas; en cambio, es la crítica hecha al aventón la que promueve el libro, la que vende… y la que mejor pagan, y finaliza con una misteriosa pregunta: ¿Ya lo platicaste con tu editor?
Cuando cae la noche los dos ya están borrachos, han consumido más de diez tazones de papas y sólo los interrumpen, de vez en cuando, jóvenes autores que llegan hasta Rafael para solicitarle una dedicatoria en esa su obra maestra.