Esposas detrás los grandes literatos rusos


POR Yelena Akhtiorskaya
The Wives: The Women Behind Russia’s Literary Giants de Alexandra Popoff es una mirada a las esposas de los grandes escritores rusos. El argumento central de esta investigación es que los grandes escritores han exigido hábitos, y que las mujeres que cuidaban esos hábitos merecen reconocimiento
Leon y Sofía Tolstoi (bookdrum.com)
La elaboración de las obras maestras de la literatura en los días previos al corrector ortográfico y al Google representó una enorme cantidad de trabajo duro. Sin embargo, no hay una página de agradecimientos al final de La guerra y la paz o de Crimen y castigo, tampoco una lista de familiares, amigos, monarcas, cónyuges y siervos que contribuyeron a la creación de esas novelas. ¿Quién compiló la investigación? ¿Quién creó las condiciones propicias para décadas de concentración ininterrumpida? ¿Quién copió a mano los masivos manuscritos y los dactilografió, editó y, una vez que las revisiones fueron hechas, se aventuró en el mundo de la edición y gestionó el negocio de vender el libro?

The Wives: The Women Behind Russia’s Literary Giants [Las esposas: las mujeres detrás de los gigantes literarios rusos] de Alexandra Popoff es una mirada a las esposas de los grandes escritores rusos, mujeres que nos entregaron a los hombres que a su vez nos regalaron obras clásicas. Incluidas Anna Dostoievski y Sofía Tolstoi (las originales), Véra Nabokov, Nadezhda Mandelstam, Elena Bulgakov y Natalia Solzhenitsyn, cada una de ellas asociada con un práctico epíteto: Niñera de Talento (en el caso de la señora Tolstoi) o La Misteriosa Margarita (adivinen quién). El argumento central del libro Las esposas es doble: que los grandes escritores han exigido hábitos, y que las mujeres que cuidaban esos hábitos merecen reconocimiento.
A fuerza de recitar las palabras, que por supuesto es la esencia de la actividad literaria, las esposas son responsables de los libros, lo cual no es una afirmación completamente absurda en la lógica de Popoff. Estas mujeres hicieron sacrificios profundos en aras de la vocación de sus maridos. Natalia Solzhenitsyn, por ejemplo, pasó 18 años recluida en una “zona de silencio” en Vermont, asistiendo a Solzhenitsyn durante 14 horas al día; “la gente puede decir ‘es la vida de un convicto’, pero estamos contentos”. Lo que es más: el glamur que rodeó a sus esposos a ellas nunca les tocó. Dostoievski era una celebridad, pero su esposa Anna vestía con harapos (o más bien, ella se quedaba en casa).
Pero, y aquí está el punto principal de Popoff, ellas no merecen conmiseración junto con el crédito. “Este libro debería cambiar la percepción general que se tiene de dichas vidas como miserables, solitarias y vacías”, escribe Popoff en un epílogo perfectamente elaborado. Es una causa noble, ¿pero esa es realmente la percepción popular? Popoff a menudo intentó convencerme de una postura de la que yo no era consciente que estaba asumiendo, hasta que estuve peligrosamente cerca de tomarla. En un prólogo igualmente ordenado, nos enteramos del origen de la obsesión de Popoff: su padre era un escritor reconocido en la Unión Soviética y su madre una esposa-compañera de su cónyuge de primera línea. “Ella colaboró con mi padre desde el momento en que se concibió la novela hasta su terminación… [y] fue la primera lectora, editora y asesora literaria de su marido”.
Natalia y Alexander Solzhenitsyn (nybooks.com)
Este es un proyecto que Popoff ha llevado a cabo antes. Las esposas es su segundo libro, y sigue muy de cerca los pasos de una biografía de Sofía Tolstoi, una mujer descrita generalmente como regañona y respondona debido a que no acataba en silencio el difícil carácter de su esposo. (Natalia Solzhenitsyn, al ser entrevistada por Popoff, censuró a Sofía Tolstoi por eso: “Ella debió haberlo seguido y vivir en una choza, como él lo había pedido”.) En su biografía de Sofía, Popoff se encargó de dejar las cosas en claro. Sofía no era la única que evitaba al viejo autor. Fue el joven discípulo de Tolstoi, Vladimir Chertkov, quien alienó al escritor de su familia e inspiró su vuelo final de casa, previniendo a Sofía de ver a su marido hasta que él se hubiera deslizado en la inconsciencia, de la que nunca se recuperó.
Para los esposos, la vida era el trabajo y el trabajo era su vida, por lo que sus esposas e incluso sus amantes asumían necesariamente responsabilidades profesionales. (La esposa y la amante de Bulgakov “tomaban su dictado turnándose”.) Muchos de esos maridos exigían los servicios de sus señoras pero con exclusión de todo lo demás. Anna Dostoievski era una taquígrafa talentosa, pero cuando la pareja enfrentó dificultades financieras, Dostoievski le prohibió buscar trabajo: le exigió todos sus servicios para sí mismo. Aunque Osip Mandelstam y su esposa estaban prácticamente sin hogar y hambrientos después de la Revolución rusa, Nadezhda, quien había estudiado derecho en la Universidad de Kiev, nunca consideró buscar un empleo. Mandelstam “la quería completamente dependiente de los designios de su voluntad. Así que ella pasaría la mayor parte del día sentada en su colchón, tomando dictados”. Vladimir Nabokov no era menos tacaño: “La máquina de escribir no funciona sin Véra”, alguna vez dijo.
Las esposases una obra cautivadora cuando reparte anécdotas alegremente, pero no tanto cuando trabaja para probar el valor de esas mujeres. Los escritores mueren jóvenes, y los escritores de los regímenes totalitarios mueren aún más jóvenes, por lo que invariablemente se crea una inquebrantable devoción a sus legados literarios. Luego está la inherente naturaleza monótona de la obra misma. Sofía Tolstoi “amó copiar La guerra y la paz”, escribe Popoff, “trabajo que realizó durante siete años, destacando ‘La idea de servir a un genio y a un gran hombre me ha dado fuerzas para hacerlo’”. Si la misión de Popoff es redimir a estas mujeres como figuras legítimas de la historia literaria, sus métodos son extrañamente contraproducentes. Al enfatizar su diligencia, pone de relieve su monotonía.
¿Fueron esas vidas realmente tan fascinantes? Popoff basó su investigación principalmente en los registros de primera mano de las mujeres, quienes creían que simplemente estaban haciendo lo suyo. Pero hacen lo suyo las estrellas de televisión realidad y los enfermos del Síndrome de Estocolmo. Cuando Nadezhda tomaba un dictado, “Mandelstam la trataba ‘como a un cachorro’, e incluso le ponía un chupón en la boca para que no interrumpiera; él insistió en que usara uno en el cuello, que estaba atado a su collar de perlas”. Dostoievski jugó todo su dinero, y también el de su esposa, por lo que, cuando llegó el momento de ir a los salones de moda, a las veladas y lecturas, fue solo. ¿Cómo podía ir Anna sin un vestido adecuado? Él le contaba todo con detalle al regresar; “sus cuentos eran tan apasionantes”, escribió Anna, “y se lo contaba tan expresivamente que sus cuentos reemplazaron completamente la vida social para mí”. Poco después de la publicación de Los hermanos Karamazov, Dostoievski fue a dar un discurso en un festival a Pushkin en Moscú, y Anna, una vez más se ocultó debajo del purdah, considerando atender de incógnita y al menos presenciar el evento trascendental. Y no se trataba de mujeres sin sentido crítico sino, en varios casos, de educación avanzada.
Véra y Vladimir Nabokov (guardian.co.uk)
La sección sobre Véra Nabokov pone de relieve un problema particular con Las esposas: impone un modelo único en numerosas relaciones, cada una con sus particulares satisfacciones, insatisfacciones y dinámicas de poder. ¿Alguien (aparte de Popoff) alberga una percepción de la vida Véra Nabokov tan miserable o insatisfecha? Si es así, lo único que se tiene que hacer es encontrar una fotografía de Véra en el Montreux Palace Hotel: en un resplandor como el de ella es difícil ubicar la miseria. Por otra parte, Véra, quien había sido reconocida públicamente por su marido (¡cada uno de sus libros fue dedicado a ella!), dejó en claro que ella no buscaba el reconocimiento.
Su deseo de mantenerse fuera de artículos, entrevistas, biografías –toda nabokoviana— no debe interpretarse como una actitud tímida o pasada de moda. Sin embargo, Popoff ignora ese deseo. Véra es aprisionada entre Nadezhda Mandelstam y Elena Bulgakov: Popoff escribe que Véra “cargaba el maletín de Nabokov, le abría la puerta, colocaba sus notas en el atril, y en ocasiones se apresuraba a traerle las gafas del coche”, y después, “con el celo de una estudiante, Véra llenaba cientos de fichas de trabajo con sus notas de investigación” sobre Eugene Onegin, un proyecto monumental que Popoff equivocada y despreocupadamente considera un fracaso (“La poesía de Pushkin resultó intraducible”). Si vas a hacer caso omiso de los deseos de las esposas, y sumergir tus pies en las aguas del “placer culposo” –detallando charlas de bata y almohadas— puedes también zambullirte. Dame menos coautoría dichosa y más de Irina Guadanini, la amante “bella y divorciada” de Nabokov, quien sólo merece dos párrafos.
En uno de los extremos del espectro se encuentra Natalia Solzhenitsyn, quien asistió a su marido con una devoción casi religiosa cuando le echó el hombro para La rueda roja, una infatigable reinterpretación de la Revolución de 1917 de diez volúmenes. Actualmente ella vive en Moscú y, siguiendo el ejemplo de su difunto marido, es partidaria de Putin, creyéndole que es “un jefe dinámico que funciona bien, trabajando para resolver los problemas del país”. En el otro extremo está Nadezhda Mandelstam, quien, después de que su marido murió en el Gulag, obtuvo su licenciatura en inglés y vivió de forma nómada, dando clases cuando podía. Después de la muerte de Stalin completó su tesis en lingüística y más adelante escribió dos magníficos libros de memorias, Hope Against Hope y Hope Abandoned. Los libros son personales, pero muestran, sobria y mordazmente, el tiempo que la pareja vivió junta. Nadezhda merece ser reconocida como escritora, no sólo como una asistente idónea. Pero, ultimadamente, qué caso tiene saber si la mitad de una pareja literaria llevaba una vida de miseria o dedicación? Cada uno tiene un propósito. Algunos hacen libros. Otros hacen esposas.
*Alexandra Popoff. The Wives: The Women Behind Russia’s Literary Giants. Pegasus, 336 pp.
Tomado de: “The Book”. Revista online de The New Republic. Agosto 23, 2012.
Traducción:José Luis Durán King.