Seudónimo Quincey 11


POR Óscar Garduño Nájera
Cómo es posible que alguien sin vida sangre, nadie lo sabe, él se lo preguntará años más tarde y por respuesta encontrará un océano de sangre y rostros que flotan cual bayas con ojos bien abiertos, siguiendo cada una de sus pesadillas
Mujer sin identificar. Foto tomada por el asesino serial californiano Rodney James Alcalá. Se ignora si la joven está viva (vancouverite.com)
Este río sanguinolento corre hacia ninguna parte. Luego se abre paso, violenta, y vence a las estelas de la gelatinosa piel de quien se quedó atascada en 19 años. Así ensombrece las grietas: cuando ella se creía la mujer más hermosa del mundo comprendió que no hay belleza eterna. Qué importa si lo dijo su madre o alguna de sus mejores amigas. Y luego lo  confirmó cuando el cuchillo entró en su abdomen y la partió en mil pedazos: una belleza rota en un tiempo que solo se volverá a repetir para constatar que ella murió a los 19 años, que tenía una cuenta de Facebook y de Twitter, dos correos electrónicos, uno público y otro muy personal, 2893 canciones en su Ipod y 45 fotografías y 10 videos en su teléfono celular con una cámara de 10 megapíxeles.

El hombre desnudo tira una red con sus amarillentos dientes y atrapa perversas sonrisas al lado de ella. Rostro inflexible frente a la vida que acaba de arrebatar. Algo sin importancia: uno más de sus actos desde que se dio a la tarea de contactar mujeres por medio de la red. La sangre parece cobrar el último destello de la mujer de 19 años antes de morir y traza deformes torres en la mano del hombre en cuanto saca el cuchillo. Antes, un solo movimiento: la rapidez en la acción, la convulsión de ella y el contagio de quien sostiene ahora el arma blanca. Mismo ritmo mientras clavó el metal, hasta que su punta tocó unas entrañas y degolló a las estúpidas mariposas que tantas veces ella dijo sentir cuando estaba enamorada. Una mirada de sorpresa. Se apaga. Para él es semejante a la pantalla de cualquier computadora. Jalas del cable. En ocasiones la vida también se va así. Te desconectan. No vuelves a encender ningún fulgor. Dejas de existir cuando alguien se para y aprieta apagar: es todo.
Los dos sucumben en las sábanas de la desvencijada cama. Ahí se forma un rojizo volcán, mientras él festeja una y otra vez su triunfo frente a uno que otro gemido que se arrastra por debajo de la puerta, un locutor de radio que insiste en dar la hora y advertir que no se le haga tarde, y el zumbido de un desodorante que se escucha afuera, en el pasillo.
Esencias de oriente. Así te lo presentan. Una vez que consigues el trabajo. Solo si uno de los tantos uniformes se acerca a tu talla. Está claro que en este hotel de mierda no gastan en uniformes. Sí lo hacen en esencias de oriente. Imaginaste la escena: moviéndose con dificultad el obeso encargado de la recepción y su sudada guayabera. Entra a la tienda. Busca: esencias de oriente. Luego te dicen cómo utilizarlo para que dure. La técnica: no apretar con demasiada fuerza y rociar solo en las partes donde sea indispensable. Está claro que tampoco gastan tanto en desodorantes. Y ahí vas: una batalla contra el apeste que de entrada crees ganar. Cuando te sacudes por los pasillos. Lo tomas y lo alzas. Aprietas. Esencias de oriente se utiliza tan solo para los pasillos. Una batalla contra el apeste que termina por vencerte. Entonces te acostumbras al olor a semen, sudor, alcohol, cigarros, marihuana y hasta orines. Hay qué ver lo que hacen algunas parejas. Y tú sabes tantas y tantas historias. Sobre todo cuando te da por hacerte la inocente: avanzas con el desodorante esencias de oriente por el pasillo y mueves tu cuerpo como si de un baile se tratara, hasta que pasas frente a las ventanas de los baños. Cuando se olvidan de cerrarlas. O cuando están descompuestas: una delgada línea por donde tú atisbas esas emociones ya lejanas para tu edad. Es un complemento para el sueldo miserable que te dan cada semana. Y si los alcanzas a ver cómo se bañan, mejor. Una erecta verga  bajo el chorro de agua, picoteando el vapor cual de si de una asustada mosca se tratara. Una vagina de oscuro pelaje y gotitas como párpados luminosos y una mano siempre generosa con ella que se entretiene, mientras pica también el vapor del agua caliente. Eso ocurre cuando corres con suerte. Aunque la mayoría de las veces te encuentras con mujeres y hombres anodinos. Será que se ponen así cuando se decepcionan.
¿Modelo o víctima? Otra de las fotos tomadas por Alcalá (crime.about.com)
Una escena: los dos en la orilla de la cama como pareja que acaba de hacer el amor. Se diría que ella es de papel mojado y que se escurre entre los brazos de él. Cada arruga tiene el delineado de la sangre que emana de su abdomen, ahí donde una herida marca la diferencia entre la vida y la muerte, entre encender y apagar una computadora, entre LIKES e indiferencia, entre una mujer de 19 años que se aventuró a conocer a alguien por Messenger, y ese alguien que anda en busca de mujeres para arrebatarles la vida y dejar despoblado un perfil de Facebook, una cuenta de Twitter, un correo electrónico y hasta un blog, ese alguien que ahora la protege con la rojiza sábana, la pone en su espalda, juega a que es uno de los mejores abrigos de regalo, luego abraza a la mujer y la “repega” contra su pecho, tal vez y hasta habla con ella, el hombre, mirada tranquila, sonrisa de quien disfruta de una victoria, repite: enciende y apaga, enciende y apaga, enciende y apaga, mientras mete los dedos de su mano entre la cabellera de la mujer, hasta que repentinamente jala de ellos, la azota contra el suelo, luego, propinándole patadas en las nalgas, la empuja, la mujer muerta y su mirada cerrada casi viendo el techo, y silencio, silencio, silencio frente al espejo donde patina el rostro del hombre: suda copiosamente, se mira, se mira entre la habitación en penumbras apenas bombardeada por uno que otro destello de luz que entra por las cortinas sucias de plástico y alumbra la punta de su erecta verga.
Respira. Lo hace sin dejar de mirar. Una parte de su rostro permanece aguijoneado por las sombras; otra parte parece bailar con una luz amarillenta y débil. Frente a la puerta abierta del baño se hinca y queda paralelo a la mujer. Perder el tiempo (y tiempo es lo que menos tiene) sería que pasara su verga por los labios de ella, así que solo los besa, los cadavéricos labios ya gélidos, mete una de sus manos por su cuello y aprieta, aprieta, aprieta como si en el fondo no comprendiera que ya no tiene ningún caso hacerlo, está sin vida, o como si hacerlo fuese otra manera de matarla, de sacarle el poco aliento proveniente de cientos de cabezas de mariposas.
Y la golpea. En las mejillas. Puño cerrado y hueso contra hueso. La mujer de 19 años es un títere en esos momentos y su cabeza se mueve conforme lo ordenan los nudillos. Y a la sangre de la herida en el vientre gelatinoso se suma otra sangre, aún caliente, de la nariz, de los labios, cómo es posible que alguien sin vida sangre, nadie lo sabe, él se lo preguntará años más tarde y por respuesta encontrará un océano de sangre y rostros que flotan cual bayas con ojos bien abiertos, siguiendo cada una de sus pesadillas.
Se detiene y jala la sábana junto con la mujer hasta el baño. Una embarcación blancuzca con manchones y gotitas de sangre y el cuerpo de la mujer que llega hasta la regadera, donde aparece una cucaracha que trepa por su brazo, circunda su ennegrecido pezón y de ahí se tira un clavado a un charquito de grisácea agua, donde el pie del hombre la mata, y al hacerlo, cuando cruje el cuerpo de la blattodea, su turbia mirada se encuentra con la mirada de una vieja tras de una descompuesta ventana.