Cuentos de Slawomir Mrozek


POR Gabriel Ríos
La obra de este autor polaco es la presencia del crimen del ser, la tortura, el suicidio, la dinámica pura del teatro. Sus construcciones son bromas literarias. Se le comprende y saborea en el contexto de la historia de Polonia
(wyborcza.pl)
No es atrevido decir que la obra de Slawomir Mrozek, dramaturgo y narrador, emprende, en ocasiones el realismo psicológico, en dramas y comedias inspiradas en la tradición heredada por Witkiewicz y Gombrowicz; lo mismo, en sátiras y relatos, escritos en las décadas de los 50 y 60.
Al proponer la inconsecuencia de sus cuentos, Slawomir atrapa a un público indefenso. Con sarcasmo, enfrenta a la crítica de la historia política de su país mediante el deterioro de los objetos. El poeta Tadeusz Rózewicz, contemporáneo de Mrozek, expresa frente al homicidio: ¿qué puede la cultura, la poesía, con todas sus reglas del juego y sus bellas mentiras?

Mrozek desprestigia con amor a la metáfora, ataca la belleza de la Arcadia del arte. La verdad de su obra es cruda, pero es la definitiva de la carne humana, sangrienta y humillada, para la que pide su trascendencia. La vida de la salvación recuperada por católicos, lo manifiestan los personajes del cuento “Alguien que me lleve”, donde el sacerdote y el bufón no pueden llegar a ningún acuerdo, hasta que uno de ellos intenta transformarse en el otro.
La obra de Slawomir Mrozek es la presencia del crimen del ser, la tortura, el suicidio, la dinámica pura del teatro. Sus construcciones son bromas literarias. Al autor polaco se le comprende y saborea en el contexto de la historia de Polonia, desde esa concentración creativa, su cultura nacional católica, desde la socialdemocracia, la crueldad de las ocupaciones rusa y alemana, la resistencia, el estalinismo, la lucha de los obreros y el movimiento de Lech Walesa.
Si uno quiere aprehender los fenómenos de la vida, no hay que olvidarse del humor, decía Mrozek. Quizá pensaba en algunas fábulas, como “Exorcismos”, donde son rociados con agua bendita en una parroquia de pueblo los fantasmas de Dzierzynski, director de la policía política de Polonia, a inicios del siglo XX; de Beirut, responsable del terror en el país, así como de los empolvados y torpes Engels y Marx.
Ni la literatura ni la historia podrán olvidar la sentencia de la cruzada de los niños, aparecida en el libro Puerta del paraíso de Jerzi Andrzejewski: “No es la mentira, sino la verdad, lo que asesina la esperanza”. Octavio Paz señala esa extraña fusión entre Partido Comunista, Estado e Iglesia. El poeta reflexiona en el ensayo “Crónica de la libertad” de las mascaradas del comunismo y el socialismo de izquierda en Polonia, convertido en catecismo.