Orwell: un escritor capaz de disfrutar las cosas pequeñas

POR Suzannah Lessard

En Las rosas de Orwell, la autora, Rebecca Solnit, ahonda en las flores mencionadas como símbolo de una “identidad inglesa” auténtica y profundamente arraigada, al tiempo que nos muestra una secuencia de ensayos sobre la importancia del goce en la concepción orwelliana de la libertad

Como la ensayista que es, Rebecca Solnit (Brigdeport, Connecticut, 1961) desarrolla sus temas por múltiples vías de pensamiento, sentimiento, memoria y experiencia, ayudándose de la investigación histórica y la intuición literaria en caso necesario. Al igual que el George Orwell ensayista, protagonista del último libro de la autora y su modelo de referencia, Solnit despliega todo el instrumental humano al servicio de su insaciable curiosidad.

Como es bien sabido, a George Orwell (Motohari, India, 1903 – Londres, 1950) se le conoce sobre todo por sus novelas Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949) y, en segundo lugar, por su obra periodística. Pero es en sus ensayos, una forma capaz de expresar tanto las pasiones políticas como las respuestas a la vida en su inmediatez sensorial, donde se puede descubrir a un Orwell mucho más complejo.

En esta cara del autor centra Rebecca Solnit su atención en Las rosas de Orwell, una cara, afirma la escritora, que queda eclipsada por su imagen de oscuro profeta movido por la rabia política. Solnit quiere mostrarnos que Orwell también fue capaz de disfrutar intensamente de las cosas pequeñas –de la superficie de la tierra, del tiempo, de los narcisos, de los erizos, de las orugas, de las rosas y de las gallinas—, y que este disfrute era inherente a sus ideas políticas.

Solnit descubrió lo que quedaba de aquellas rosas (dos rosales estaban en flor durante su visita), e hizo de ellas el faro de su amplia pero disciplinada secuencia de ensayos sobre la importancia del goce en la concepción orwelliana de la libertad (“sus logros son más ricos y profundos gracias a los compromisos y al idealismo que lo propiciaron, a lo que Orwell apreciaba y deseaba, a su valoración del deseo en sí, del placer y la alegría”).

En la primera parte del libro, la autora establece la convicción de Orwell de que la lucha por el “pan para todos” no era suficiente; el escritor creía que la gente también tenía derecho a las rosas: a una existencia en la que la belleza, el placer, el amor y una rica vida interior fueran posibles (“en ocasiones –escribe— ensalzó lo que significaban las rosas: lo intangible, los placeres corrientes, la alegría del aquí y el ahora”). Por lo visto, luego Solnit hace desaparecer esta visión.

Al igual que Orwell siempre se esforzó por ver la verdad a través de la cortina de las apariencias, la ensayista busca los fundamentos del regocijo de su protagonista en la vida pastoril y rastrea los orígenes de su afecto por la campiña inglesa en una estética “naturalista” idealizada surgida en el siglo XVIII, cuyo efecto fue el de enmascarar el empobrecimiento de la población rural por la industrialización. A fin de cuentas, “es posible que haya formas virtuosas de amar la naturaleza, pero el amor a la naturaleza no garantiza la virtud”, afirma.

De pronto, la autora se encuentra iluminando los aspectos imperiales del trasfondo de Orwell que él mismo no examinó. Implacable, ahonda en las rosas como símbolo de una “identidad inglesa” auténtica y profundamente arraigada, y nos muestra que estas flores, igual que el té, en realidad fueron importadas de China bajo el Imperio británico. Solnit aplica aquí el análisis económico y social a una antigua mitología cultural. ¿Cómo, se pregunta el lector, va a sobrevivir a este escrutinio el Orwell amante de la vida que ella acaba de conjurar?

Solnit nos involucra en estos confortables espejismos cuando recuerda, por ejemplo, el uso que el diseñador Ralph Lauren hacía de la rosa en su ropa seductoramente anglófila y en los motivos de sus tapicerías en la década de los años ochenta, esa iconografía del infalible conocedor de la sociedad que constituye la esencia de la marca.

La autora nos recuerda el estatus de la rosa como símbolo del verdadero amor, y luego nos ilustra sobre las duras condiciones en las que se cultivan en Suramérica los prácticos ramos de nuestros supermercados. Llegados a este punto, el Orwell humanista de la primera parte del libro parece haber quedado completamente aniquilado junto con sus rosas de Wallington como expresión del gozo.

No voy a desvelar cómo rescata Solnit su retrato del escritor de la trampa para osos que le ha tendido. Baste decir que, al final, nos arroja a la orilla de nuestra defectuosa y vulnerable naturaleza a través de una detallada descripción de su protagonista muriendo a mitad de sus cuarenta años en una isla de las Hébridas mientras escribe 1984.

Esa novela, demuestra de manera convincente la ensayista, no trata tanto de cómo funciona el totalitarismo como de lo que destruye: la conciencia, la experiencia, la vida vivida con todo el instrumental humano, la misma visión de la libertad política que ella misma había identificado antes en el núcleo de los valores del escritor británico.

Mientras termina la novela, Orwell sufre y goza a la vez. En su diario habla de “rosas, amapolas, claveles del poeta, caléndulas rebosantes, altramuces todavía con algunas flores”. Solnit no polemiza con su propio contrapunto.

Se limita a crear un marco lo bastante amplio como para contener en la misma persona la brillantez revolucionaria y las asociaciones reaccionarias inconscientes; lo bastante abarcador como para abrazar las contradicciones de la vida como solo el ensayo, ese humilde portavoz literario, es capaz de hacer.

FOTO Portada George Orwell

Tomado de: “El Cultural”. El Español. Mayo 3, 2022.