Jack Kerouac: el profeta beat cumple 100 años

POR Toni Montesinos

Kerouac se planteó la redacción de un manuscrito cuya versión original se publicó como un texto recortado y censurado, lo que no impidió que, de acuerdo con Joyce Johnson, fueran “miles los que estaban esperando a un profeta que los liberara de las prudentes vidas de clase media que habían sido educados para heredar”

“Un coche rápido, una larga carretera y una mujer al final del camino”, escribió Jack Kerouac (Massachusetss, 1922-Florida, 1969) en On the Road, que tanto impactó a los jóvenes norteamericanos, fascinados por la mirada libre e innovadora del escritor, tanto ante la vida como ante la literatura. Y en efecto, a Kerouac sólo le bastó eso: un vehículo, tierra por delante y el objetivo de una compañía femenina, para levantar todo un universo estético e ideológico con su máquina de escribir a cuestas y el largo rollo de papel que colocaba para teclear de un tirón, obedeciendo a la llamada de la inspiración y la libertad creadoras.

De esta manera creó Kerouac su obra, dando vía libre a su imaginación y a los efectos provocados por el alcohol –el autor murió de cirrosis a los 47 años– y las drogas más al uso de aquellos años, que él y sus compañeros de la Beat Generation, como William Burroughs y Allen Ginsberg, tanto popularizaron. Sin embargo, si bien Kerouac logró al final de su vida un reconocimiento que incluso fue incapaz de asumir, sintiendo que él mismo se había traicionado por convertirse en una especie de producto cultural, al comienzo no lo tuvo nada fácil para que On the Road viera la luz: escribió la novela en 1951, que fue rechazada, junto con otros doce libros, por numerosas editoriales. La aparición por fin en 1957 del libro haría que su destino editorial cambiara por completo.

A Kerouac le disgustaba convertirse en un icono de los jóvenes que pretendían cambiar la conservadora y militarizada sociedad estadounidense por un lugar donde la paz, la espiritualidad oriental (sobre todo el budismo zen) y la libertad sexual fueran premisas fundamentales para la convivencia. Si a esa postura se le añade un planteamiento artístico libre de prejuicios y reservas, tenemos entonces como resultado una técnica definida por el mismo autor de la siguiente forma: “Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos comas y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso”. Todo un desafío para sus traductores.

En el camino, pues así también se la ha traducido, nació después de un viaje que Kerouac había realizado en 1949 con su mujer y un amigo en coche por la famosa carretera 66, que había sido concebida en 1926 para unir las zonas rurales con las grandes ciudades y sería el sendero por el que circularían los emigrantes que, tras el desastre bursátil de 1929, se desplazaron a otras tierras en busca de nuevas oportunidades. Kerouac fue recorriendo todo el país, a ritmo de jazz, la música que hizo suya esta generación, tecleando la máquina de escribir de forma impulsiva, creando poemas experimentales o meditaciones viajeras.

La vida, pues, como constante nomadismo, como él mismo experimentó en un trayecto anterior. En 1947, condujo –también hizo autostop y tomó autobuses– desde Nueva York hasta San Francisco y Los Ángeles, por la llamada Ruta del Noroeste o Ruta 6. Su anhelo era conocer el país en carne propia, descubrir el Oeste y a la vez reencontrarse consigo mismo. Cuando acabó el viaje de ida, lleno de amistades nuevas e incluso una relación con una chica mexicana que conoció en una estación, llegó el momento de volver. Pero esa vez lo haría por la Ruta 66, la misma que le llevaría directamente a escribir On the Road.

Con esa “escritura espontánea” o “kickwriting” se planteó Kerouac la redacción de un manuscrito cuya versión original salió a la luz pocos años atrás, pues en primera instancia se había publicado un texto recortado y censurado, lo que no impidió que, en palabras de la que fue su novia, Joyce Johnson, en su autobiografía Personajes secundarios. Memoria beat, fueran “miles los que estaban esperando a un profeta que los liberara de las prudentes vidas de clase media que habían sido educados para heredar. En la carretera les acercaría la voz de un supremo forajido redimido por su arte, visiones de una vida vivida a una velocidad de vértigo, más allá de cualquier barrera protectora; energía pura y estimulante”.

Pero esa no fue la primera novela del portaestandarte de la Generación Beat (él mismo acuñó el término, que puede entenderse como “ritmo” o “melodía”, pero también como “golpeado” o “vencido”). El autor ya había publicado The Town and the City en 1950, y en 2011 la editorial inglesa Penguin presentó la que sería su primera obra y que se suponía perdida, The Sea Is My Brother. La novela, al parecer escrita en 1943, narraba la historia de un joven de veinte años que se introduce en la marina mercante y se traslada de Boston a Groenlandia. Como había hecho el propio Kerouac, que unos meses antes había tenido una corta experiencia como miembro de la Marina estadounidense: tan sólo ocho días antes de ser declarado enfermo; en concreto, se le diagnosticó demencia prematura, un desorden psicótico.

Eran 158 páginas, descubiertas en un archivo por el hermanastro de Kerouac, en las que aparecían los temas preponderantes de toda su novelística: su afán por el viaje, la vida natural y espiritual, el horizonte simbólico. El propio Kerouac dijo que trataba de un hombre sencillo llamado Wesley Martin que abandona los estudios (como el mismo autor) y se rebela ante las desigualdades, frustraciones y agonías que provoca la sociedad. Los críticos indicaron que el interés de esta narración radicaba en conocer cómo esos ítems narrativos se asomarán más tarde en otras obras: por supuesto, en En la carretera, pero también en Los vagabundos del Dharma, en la que se lee algo que bien podría extenderse al resto de obras del escritor: “Feliz. Solo con mis pantalones cortos, descalzo, el pelo alborotado, junto al fuego, cantando, bebiendo vino, escupiendo, saltando, correteando –¡esto sí que es vida!—. Completamente solo y libre”. De hecho, se podría decir que aún resuena el Aullido de Allen Ginsberg; que muchos siguen En la carretera junto a Jack Kerouac, sintonizando con la Generación Beat.

En cierto modo, el tiempo no ha pasado por ellos, o ha pasado agasajando su valentía estética, su atrevimiento social, convirtiéndolos en clásicos modernos. Aquella juventud de los años cincuenta y sesenta que iba a vivir el movimiento jipi, a contemplar el fenómeno del “nuevo periodismo” en el que la noticia se convertía en literatura y a protagonizar manifestaciones antibélicas, se identificó con el protagonista de la novela de Kerouac, con el poema de Ginsberg. Esa juventud no ha envejecido, pues cada generación presta atención a esos escritores y a sus colegas; al asimismo famoso Burroughs, pero también a Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, fallecido hace escasas fechas, y Peter Orlovsky, muerto en 2010 y a la sazón pareja de Ginsberg durante más de tres décadas, hasta que este murió en 1997. El interés por todos ellos no deja de aumentar, como queda demostrado por los estudios académicos, las traducciones y el material inédito publicado de continuo, además de centenarios como el de un Kerouac, a perpetuidad, que sigue andando su camino.

FOTO Portada Jack Kerouac (Eterna Cadencia)

Tomado de: La Razón (España). Marzo 7, 2022.