Las hijas de Dostoyevski

POR Xènia Dyakonova

Las hijas más memorables de la mente dostoyevskiana, aunque en cada libro sean diferentes, tienen dos rasgos constitutivos que las emparentan: por una parte, una ambivalencia emocional más o menos controlable, y por la otra, una personalidad fuerte, sincera y orgullosa, que se resiste a corresponder a las expectativas de los otros

No todo es oscuridad en Dostoyevski. Como buen discípulo de Shakespeare –a quien admiraba por encima de todo el mundo—, el autor ruso combina un sentido infalible del drama con un gran sentido del humor. En sus novelas más ricas –Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, Los hermanos Karamázov— hay escenas cómicas y grotescas que actúan como interludios entre capítulos de una gran intensidad dramática. También tiene un puñado de cuentos hilarantes, como por ejemplo Bobok, protagonizado por un borracho que escucha las conversaciones de los muertos en un cementerio: de repente, estornuda, y los difuntos, que hace un momento discutían acaloradamente, se sumen en el silencio. Liudmila Petrushévskaya, posiblemente la máxima escritora viva de Rusia, rinde un homenaje socarrón a esta pequeña obra maestra en una pieza teatral donde sólo hay dos personajes: Bob y Ok. Bob acaba de morir, pero no lo sabe, y no entiende dónde está; Ok, un espíritu autóctono del no-lugar donde pasa la acción, reacciona a las preguntas mundanas e ingenuas del otro con respuestas minimalistas que destilan un horror vagamente metafísico y beckettiano.

Petrushévskaya, a quien los críticos llaman hija espiritual de Dostoyevski, ha heredado, por una parte, la vertiente tragicómica, y por la otra, una mirada capaz de diseccionar todos los estratos de la miseria, física y moral, del ser humano. Nathalie Sarraute decía haber aprendido del autor ruso que “un montón de sentimientos desconcertantes, aparentemente anormales, que habían sido exiliados de la literatura, podían existir, con naturalidad, dentro de cada persona, y se podía hablar de ello”. Alice Munro ha cogido, entre otras cosas, el impulso de analizar los vínculos que crea la culpa compartida. La lista de las descendientes del creador de Crimen y castigo se podría alargar infinitamente; hay una, sin embargo, que tiene un estatus especial.

De las cuatro criaturas que tuvieron Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881) y su segunda mujer, Anna Grigórievna Snítkina (1846-1918), sólo dos llegaron a la edad adulta: Liubov (1869-1926) y Fiódor (1871-1922). Fiódor se dedicó a la cría de caballos y, de vez en cuando, escribía versos para divertirse. Liubov, en cambio, heredó la vocación y la ambición literaria del padre. En una carta a su amigo Lev Lvóvich Tolstói, el cuarto hijo del autor de Guerra y paz, le proponía que escribieran juntos una obra de teatro “sobre el triste destino de los hijos de los grandes escritores, sobre nuestra vida dura en este mundo cruel”. Esta iniciativa no prosperó, y Liubov, una chica precoz y libresca que había perdido al padre a los once años, decidió que escribiría sin la ayuda de nadie. Publicó dos novelas no muy exitosas y una recopilación de relatos, Bolníe dévuixki (Las chicas enfermas, 1911), que tenía su interés: la autora quería mostrar –en la línea compasiva del padre— que la mayoría de trastornos nerviosos que sufrían las mujeres se debían a la insatisfacción intelectual y profesional a la que las condenaba la sociedad. El tema podría haber atraído la atención de los lectores más adelantados de la época; aun así, este libro, igual que los otros dos, pasó desapercibido.

En 1920, en Francia, Liubov Dostoyevskaya terminó su obra más recordada: unas memorias de doscientas páginas sobre el padre. Se mezclaban recuerdos personales, leyendas familiares y, en un grado menor, comentarios sobre la obra de Dostoyevski, a menudo bastante convincentes: por ejemplo, la afirmación que el talante de cada uno de los hermanos Karamázov corresponde a una etapa de la evolución espiritual del autor. Hacía siete años que la hija del escritor se había marchado de Rusia; con la llegada al poder de los bolcheviques había perdido todos los ingresos, y se había estrenado como memorialista por pura necesidad. El libro, redactado originalmente en francés, se publicó por primera vez en traducción al alemán, con el título Dostoejewski geschildert von seiner Tochter (Dostoyevski retratado por su hija). Dos años más tarde, por intercesión de Gabriele d’Annunzio, salió en italiano, a continuación en francés y, poco después, en ruso, en versión abreviada. Su espíritu implícitamente antibolchevique hizo que la censura soviética lo sometiera a recortes inclementes. Rabiosa con su país natal, que se le había vuelto inhóspito, la autora de las memorias no paraba de atacar a sus compatriotas, como si quisiera desprestigiarlos definitivamente a ojos de los europeos. Cada vez que evocaba una cualidad o una buena acción del padre era para decir que se trataba de algo excepcional en un entorno nada favorable. He aquí un ejemplo:

“Dostoyevski sentía una auténtica pasión por la higiene, una virtud que, en realidad, es impropia de los rusos. Se puso de moda sólo durante la segunda mitad del siglo diecinueve. Sabemos que en la época de la juventud de nuestras abuelas, las chicas, cuando se preparaban para ir a un baile, enviaban a las criadas a preguntarle a la madre cómo tenían que lavarse el cuello: si tenía que ser en correspondencia con un escote discreto o con uno generoso. Incluso hoy en día es fácil topar, en nuestra tierra, con una vieja princesa que tiene las uñas sucias. Las uñas de Dostoyevski, en cambio, nunca llegaban a ennegrecerse”.

Liubov Dostoyévskaya tenía bastante con saber que su linaje era de remoto origen polaco-lituano para afirmar que su progenitor no era ruso, sino lituano, y que la gente de San Petersburgo, aburrida e insulsa, “nacida en medio de un pantano”, no ofrecía muchos estímulos a la poderosa imaginación del padre, que se sentía forastero. A Fiódor Dostoyevski, ortodoxo fervoroso, que había puesto en boca del carismático monje Zosima de Los hermanos Karamázov su idea del pueblo ruso como portador de Dios, y que desconfiaba de Europa en tanto que cuna de un régimen odioso –el capitalismo—, le habrían hecho muy poca gracia estos despropósitos.

Se tiene que reconocer, sin embargo, que el libro de la hija díscola –que en la traducción castellana de Huberto Pérez de la Osa se titula Vida de Dostoyevski por su hija (El Buey Mudo, 2011)— está escrito con agudeza y vigor, y la imagen de Dostoyevski que transmite es de lo más viva. El autor de Crimen y castigo aparece como alguien incapaz de negarse a recibir a las multitudes de admiradores que lo visitan durante el día, y que se ve obligado a trabajar de noche, hasta las cuatro o las cinco de la madrugada; también es un padre atento, que ayuda a los hijos a montar obras de teatro casero, los lleva a la ópera desde pequeños para que se acostumbren a la buena música y les lee en voz alta Los bandidos de Schiller porque quiere que compartan su entusiasmo por esta obra “extraña y siniestra” (que influyó bastante, según el biógrafo Joseph Frank, en la creación de Los hermanos Karamázov). Las páginas donde la perspicacia y la picardía de Dostoyévskaya llegan al punto más alto son aquellas que dedica a la relación entre los padres, que cada mañana, después de desayunar, se ponían a trabajar juntos: él le dictaba lo que había escrito, y ella lo estenografiaba y lo pasaba a limpio.

“De vez en cuando, después de dictar un largo rato, Dostoyevski hacía una pausa y le preguntaba a mi madre qué le parecía. Ella se abstenía de criticarlo. Los críticos malvados de los diarios ya lo ofendían lo suficiente, y mi madre no quería echar leña al fuego. No obstante, para que su conformidad no le resultara monótona a mi padre, se atrevía a discutirle detalles irrelevantes. Si la protagonista de una novela vestía de azul, mi madre la vestía de rosa; si un armario estaba colocado en el lado derecho de la habitación, lo ponía a la izquierda; a veces le cambiaba la forma al sombrero de un personaje o le cortaba la barba. Dostoyevski aceptaba estos cambios con mucho gusto y pensaba, ingenuamente, que así complacía a su mujer. (…) Era tan honrado que la mera idea de que alguien pudiera engañarlo no se le pasaba por la cabeza. Él sólo engañaba una vez al año: el Día de los Inocentes”.

Liubov Dostoyévskaya, que fuera de Rusia firmaba como Aimée Dostoyevski (su nombre quiere decir amor en ruso), no se casó ni tuvo hijos. Murió en Italia, cerca de Bolzano, en plena pobreza, y el único familiar con quien había mantenido el contacto era un sobrino. Los nietos y bisnietos del escritor, unánimemente, tildaron su testimonio de falso y fantasioso. Quizás el autor de Los demonios no se habría identificado del todo con el hijo de la imaginación de su hija memorialista, pero hay que suponer que, honesto como era, por lo menos habría reconocido el talento de Liubov.

La calidad de la obra de Dostoyevski que Liubov quería emular en sus cuentos es la complejidad y la profundidad de los personajes femeninos. Las hijas más memorables de la mente dostoyevskiana, aunque en cada libro sean diferentes, tienen dos rasgos constitutivos que las emparentan: por una parte, una ambivalencia emocional más o menos controlable, y por la otra, una personalidad fuerte, sincera y orgullosa, que se resiste a corresponder a las expectativas de los otros o, si la empujan a la humillación y la vergüenza, las subvierte del todo. A veces esta capacidad de rebelión se manifiesta enseguida; pensamos, por ejemplo, en la Nastasia Filíppovna, la coprotagonista de El idiota. Es una joven bella e infeliz, una huérfana criada en la hacienda de un terrateniente que no había tardado en seducirla. La sociedad la ve como una mujer frívola y depravada, y ella adopta una actitud desafiante. Cuando el amante envejecido decide casarla para librarse, le salen pretendientes de todas partes. Hay uno, el comerciante Rogozhin, que pretende comprarla, y se presenta en su casa con un fajo grande de rublos. Nastasia los tira a la chimenea y propone a otro pretendiente, Gania, que sólo piensa en la dote, que los rescate, dejando al descubierto la codicia obscena del uno y del otro.

En otros casos, el germen de revuelta al principio está soterrado y, de repente, estalla: una transformación que resulta todavía más majestuosa cuando la encontramos en un personaje aparentemente anodino. En Memorias de la casa muerta, una novela autobiográfica basada en la experiencia de Dostoyevski en el presidio de Siberia, hay un relato escalofriante: El marido de Akulka. El narrador es un prisionero campesino, Sh ishkov, que explica a un compañero de celda cómo vivía antes de la condena y le confiesa que ha matado a Akulka, a su mujer. Era una chica del pueblo que había salido con otro hombre, Morózov; este, a raíz de una discusión con el padre de Akulka, la había rechazado diciendo que no tenía que casarse porque ya había disfrutado de sus favores. Akulka se había convertido en el objeto de burlas crueles por parte de todo el mundo, y, como nadie la quería, Shishkov –un borracho y un cantamañanas— había aceptado casarse con ella a condición de doblar la dote. La noche de bodas había descubierto que Akulka había sido calumniada. Aun así, para no quedar como un calzonazos ante los vecinos, no había dejado de maltratarla ni pegarle. Akulka lo aguantaba todo, y apenas dirigía la palabra a Sh ishkov, hasta que un buen día –precisamente el día que su antiguo prometido se iba del pueblo para hacer de soldado, y le había pedido perdón por todo— reveló a su marido que era a él, a Morózov, a quien amaba. Sh ishkov da a entender, como si tal cosa, que después de una confesión así no le quedaba más remedio que matarla, y ella lo sabía. La historia de Akulka se acaba aquí y no vuelve a salir en todo el libro –que pasa a narrar otros horrores—, pero su valor y su honestidad trágica siguen brillando en la memoria del lector contra un fondo de negrura infernal.

Katia, de Los hermanos Karamázov, Sonia, de Crimen y castigo, Varvara, de Los demonios… Podríamos seguir enumerando grandes personajes femeninos, pero quizás no hace falta. Lo que sí vale la pena es volver a las novelas que habitan: por el placer primordial de leer historias bien contadas; para bajar a las minas del corazón humano y correr el riesgo de quedar atrapados; para saber de qué hablamos cuando hablamos de fe, o para probar la locura visionaria de los grandes rebeldes y contrariados que creó Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

En el cine

Luis Ciges vestido de aviador soltando aquello de “¡Qué he venido a hablarle de Dostoyevski!” en la sempiterna Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1989) es lo primero que acude a la mente si ponemos el nombre del escritor y la palabra “cine” en una misma frase, aunque a este cronista se le quedó grabado otro gag, visto en En la sopa (1992), de Alexander Rockwell: mientras la voz del personaje interpretado por Steve Buscemi evoca su infancia, diciendo “¡Crecí con Nietzsche y Dostoyesvki!”, aparece en pantalla un niño sentado a la mesa de la cocina flanqueado por los susodichos, haciendo literal el tópico, como si realmente hubieran crecido los tres juntos. Más allá de estas astracanadas, la relación de Dostoyevski con el cine ha sido tan fructífera como irregular. Entre las casi 300 adaptaciones, incluyendo las televisivas, destacamos seis de las que mejor han aguantado el paso del tiempo, anotando que, curiosamente, sólo una de las seleccionadas conserva la ambientación rusa. En las otras, las tramas de Dostoyevski han cambiado de aires, demostrando que la adaptación cinematográfica de una obra literaria tiene que ser infiel para tener vida propia.

Crimen y castigo (Joseph von Sternberg, 1935)

Hollywood empezó a leer al ruso con esta adaptación, completamente infiel y trasladada a América, dirigida por el realizador de El expreso de Shanghai (1932), que la convirtió en un film noir a la medida de Peter Lorre, un actor nacido para encarnar la culpa, por mucho que no guardara parecido con el rubio Raskolnikov del original. Años después, el francés Georges Lampin también optó por trasladar la novela al cine negro, con actores tan icónicos como Jean Gabin, Robert Hossein o Marina Vlady.

El idiota (Akira Kurosawa, 1951)

Lampin también dirigió un idiota, con Gérard Philipe en 1945. ¡La historia del cine está llena de idiotas! Aunque tal vez ninguno como Masayuki Mori en este tributo que Kurosawa, gran lector de novela rusa, dedicó a su escritor favorito. La versión original, recortada por el estudio, llegaba a los 266 minutos, y nunca más volvió a recuperarse. Una pena, porque este triángulo amoroso mudado a la nevada isla de Hokkaido se cuenta entre las obras maestras del nipón, y eso que le faltan 100 minutos.

Las noches blancas (Luchino Visconti, 1957)

Visconti obtuvo el León de Oro veneciano con esta versión de la novela publicada en 1848 que también dio para innumerables adaptaciones (como Two Lovers, de James Gray): “Todo tiene que parecer artificial, pero luego tiene que resultar auténtico” fueron las indicaciones que le dio a su director de fotografía, Giuseppe Rotunno, a la hora de filmar, en blanco y negro, los paseos de María Schell y su enamorado Marcello Mastroianni por un Livorno, que no San Petersburgo, reconstruido en estudio.

Los hermanos Karamazov (Richard Brooks, 1958)

María Schell enlazó con otro texto de Dostoyevski, para encarnar a otra mujer entre dos hombres, Lee J. Cobb y Yul Brinner, padre e hijo en esta adaptación en clave de superproducción hollywoodiense que llegó a competir en Cannes. Naturalmente, el trasfondo filosófico de la obra se queda en algunos apuntes, y sobresale el gran culebrón familiar que exalta las desmedidas pasiones del carácter ruso. Doce años después, la versión de Ivan Pyrev casi se lleva el Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Una mujer dulce (Robert Bresson, 1969)

La admiración de Bresson por Dostoyevski atraviesa su filmografía, de Pickpocket (1959) a Cuatro noches de un soñador (1971), pasando por Al azar Baltasar (1966). No es de extrañar que escogiera un relato conocido como La sumisa para dar el salto al color, lanzando de paso a Dominique Sanda, la joven suicida. Manejó el relato a su antojo, y subrayó que, si al ruso le interesaba “la culpa del marido”, él estaba más fascinado por las dudas de este: ¿Me quiso? ¿Me engañó? ¿Entendió que la quería?”

El jugador (Karel Reisz, 1974)

Entre las muchas versiones que se barajan de El jugador, desde un noir con Gregory Peck y Ava Gardner a la inevitable y más clasicona adaptación francesa, con Gérard Philippe, nos quedamos con la más distante e infiel de todas, escrita por James Toback y filmada por el cineasta checo Karel Reisz recién llegado a Estados Unidos, simplemente porque James Caan, tan duro como vulnerable, encarna mejor que nadie la ludopatía compulsiva sufrida por el escritor, al que también persiguieron los acreedores.

Pese a no haber conocido el cine, la filmografía de Dostoyevski es larguísima, y más allá de las casi 300 adaptaciones, dirigidas por directores (además de los ya citados) como Bernardo Bertolucci, Andrzej Wajda, Aki Kaurismäki, Lav Diaz, Robert Wiene, Pierre Chenal, Menahem Golam, Ivan Pyrev, Robert Siodmak, Léon Klimovsky, Claude Autant-Lara, Richard Aoyade, Benoît Jacquot, Jacques Doillon, Andrzej Zulawski o Beda Docampo Feijóo, entre tantos otros, también habría que incluir todas esas películas que han crecido bajo su influencia, como aquel Mr. Chance encarnado por Peter Sellers que podría ser otro moderno idiota; buena parte de la filmografía de Woody Allen, a partir de La última noche de Boris Grushenko (1975), o el personaje de Travis Bickle /Robert De Niro en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), que podría estar inspirado en el anónimo narrador de Memorias del subsuelo, posiblemente el título que mejor define al espíritu Dostoyevski.

FOTO Portada Raskólnikov e eu (Rodrigo Gurgel)

Tomado de: La Vanguardia. Octubre 23, 2021.