Oscar Wilde, el drama del rey del ingenio

POR Fátima Uribarri

Wilde no imaginó que todo se iba a torcer para siempre. Quizá sobrevaloró sus poderes. Era encantador: en el sentido mágico. Todos sucumbían hipnotizados al sortilegio de su arte de la conversación. Era un malabarista de las palabras, ocurrente, ácido, divertido; inmediatamente se convertía en el centro, la luz, el eje, de todas las reuniones

Las manos flácidas, la piel ajada y enrojecida, los ojos tristes. Así describen el aspecto de Oscar Wilde tras sus dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading. Salió derrotado, hundido, con el cuerpo tocado tras haber realizado tareas inútiles –como destrenzar sogas o cargar pesos de un sitio a otro—, ideadas para debilitar a los presos. Lo habían condenado por “cometer actos de grosera indecencia con otros varones”.

Oscar Wilde, el dandi que había acaparado el protagonismo social y literario de la Inglaterra de finales del siglo XIX, el coleccionista de aplausos y aforos completos cuando se estrenaban sus obras de teatro, después de la cárcel dejó de ser Oscar Wilde. Incluso se deshizo de su nombre y tomó el de Sebastian Melmoth.

Sus últimos años los vivió en Francia. No quiso volver a pisar Inglaterra. Y dejó de escribir. Sólo hay una obra posterior a la prisión, un poema que es un enorme lamento, La balada de la cárcel de Reading. También hay cartas. “Eran su vida social esas cartas”, cuenta Luis Mangrinyà, editor de Oscar Wilde. Una vida en cartas, la correspondencia, recopilada, ordenada y comentada por su nieto Merlin Holland.

Al final de su vida, olvidado, arrinconado, Oscar Wilde “asumió el papel de marginado y desclasado porque él era uno de ellos”, explica el escritor Luis Antonio de Villena. Y, sin embargo, Wilde escribe en una carta a su amigo Robert Ross, en 1897, tres años antes de morir: “Me han tratado brutalmente, pero no me han cambiado, simplemente me han destruido, así que están furiosos. […] Escribiré mañana, ¡aunque ya no puedo permitirme los sellos!”

Tampoco tenía dinero para comer. Sableaba a los amigos. ¿Desapareció su chispa en ese hundimiento? Hay dos versiones; una la capitanea André Gide e incide en una imagen pesarosa y de derrota. También cuenta Javier Marías en Vidas escritas que el novelista Ford Madox Ford difundió que a Wilde le hacían burla gamberros que cada día le robaban su bastón de ébano con incrustaciones de marfil sólo para devolverlo en el modesto hotel de Montmartre donde se alojaba Wilde y así poder robárselo de nuevo al día siguiente. “Quizás en la cárcel aprendió a tener miedo”, señala Javier Marías.

Hay otra versión, sin embargo, que sostiene que, aunque era casi un indigente y dejó de escribir, mantuvo su genio, su talento ácido para inventar sentencias redondas, para lanzar dardos ingeniosos y precisos. Es uno de los mayores autores de citas memorables. “La experiencia no es más que el nombre que le damos a nuestros errores”, dijo. Y así describió, por ejemplo, un día del escritor muy ocupado: “Esta mañana quité una coma, y esta tarde la he vuelto a poner”. Decía de sí mismo que se caracterizaba por su “proverbial buen carácter y mi pereza celta”. Y soltaba proclamas no siempre amables. Durante el año que recorrió Estados Unidos pronunciando conferencias, fue desparramando definiciones tajantes como “California es Italia sin arte” o “Estados Unidos es el único país que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización de por medio”.

Oscar Wilde, esteta, poeta, dramaturgo, ensayista, periodista también –fue editor de la revista The Woman’s World—, sobresalió por todo eso, pero fue, además, un mago de la conversación. Tenía tal habilidad que incluso el marqués de Queensberry, el hombre que tanto infortunio le ocasionó, cayó rendido a sus encantos la primera vez que habló con él. Fue durante un almuerzo en el café Royal de Londres. Queensberry (creador de las reglas del boxeo) llegó inflamado de odio, furibundo. Iba a exigirle que dejara de ver a su hijo, Lord Alfred Douglas. Pero al salir de aquel almuerzo su opinión sobre Oscar Wilde había cambiado: le pareció encantador. Tiempo después regresó a su furia primera y le dejó una nota donde lo acusaba de sodomita. Wilde lo demandó, pero perdió ese juicio y otro posterior en el que salió condenado.

El escritor no imaginó que todo se iba a torcer para siempre. Quizá sobrevaloró sus poderes. Wilde era encantador: en el sentido mágico. Todos sucumbían hipnotizados al sortilegio de su arte de la conversación. Era un malabarista de las palabras, ocurrente, ácido, divertido; inmediatamente se convertía en el centro, la luz, el eje, de todas las reuniones.

Ya le sucedía en sus días universitarios. En las frías tardes de invierno, los estudiantes de Oxford se reunían en el Stone Hall alrededor de una estufa. “Oscar Wilde era el más deslumbrante conversador. Gozaba lanzando brillantes paradojas y alegres relámpagos de humorismo”, ha contado su compañero Frank Harris.

Excentricidades

Describía con precisión asombrosa, exageraba con humor. Lo que él narraba se transformaba en algo divertido. En sus días en el Trinity College y en Oxford, el joven Wilde, nacido en Dublín, hijo de un eminente médico y una célebre poeta y activista irlandesa, sobresalió por su erudición e inteligencia: ganó los primeros premios por su dominio de los clásicos y sus poesías y obtuvo las mejores calificaciones. Destacó también por su excentricidad. Paseaba con andares lánguidos, lucía melena ondulada y calzones versallescos, desdeñaba los deportes y decoraba su habitación del college con plumas de pavo real, lilas y porcelana erótica. Imposible no llamar la atención.

Al salir de la Universidad, ya era todo un personaje. Le gustaba la notoriedad, sí, pero “también aspiraba a la fama profunda, a la del buen escritor, humanista y erudito”, explica Luis Antonio de Villena. Esa otra fama, la del prestigio, también la logró. “No es muy usual encontrar a alguien tan sabio y tan divertido a la vez”, ha dicho sobre él el crítico literario Harold Bloom. Oscar Wilde es autor de célebres obras de teatro (Salomé, La importancia de ser serio, Un marido ideal, El abanico de Lady Windermere) y de cuentos enternecedores (El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa).

Pero también fue un pensador, seguidor del esteticismo, defensor de la supremacía del arte, autor de ensayos como La decadencia de la mentira o El alma del hombre bajo el socialismo. Y es también el creador de la novela El retrato de Dorian Gray, donde reflexiona sobre la belleza y la decadencia, y donde anida una dolorosa premonición. De acuerdo con Luis Antonio de Villena, “Lord Alfred Douglas fue la encarnación de Dorian Gray. Fue un deseo cumplido, un chico guapo, elegante, rico, un gran amor que supuso el inicio de su perdición”.

Wilde estaba casado con Constance Lloyd, la hija de un consejero de la reina, receptora de una dote de 250 libras. Tenían dos hijos, Cyril y Vyvyan, y residían en el exclusivo barrio londinense de Chelsea. Cuando estalló el escándalo del juicio por conducta indecente, Constance se separó del escritor, cambió el apellido de sus hijos y no consintió que Wilde los viera nunca más, pero no se divorció y le pasó una pensión durante años. Sólo se la retiró cuando Wilde se reunió con Lord Alfred Douglas tras salir de la cárcel.

Lamento y castigo

Sí, los amantes se reencontraron y vivieron juntos una temporada cerca de Nápoles, en 1897. “Lord Alfred Douglas no se portó mal al principio e hizo circular una petición de indulto dirigida a la reina, que algunos, como Henry James, se negaron a firmar”, cuenta Luis Antonio de Villena. Pero cuando (ya muerto Wilde) se publicó De Profundis, una carta escrita a él desde la cárcel, un lamento lleno de dolor, Lord Alfred Douglas cambió su actitud hacia Wilde y se dedicó a divulgar medias mentiras y medias verdades. “Tuvo el castigo de morir muy tarde, en 1945, a los 75 años. Murió obsesionado con Oscar Wilde”, cuenta Villena.

En sus últimos años en Francia, Wilde se lio con chicos de los barrios bajos, ya sin disimulo. Y se mantuvo fiel a su agudo sentido del humor. Hasta el final. Una infección de oído llevaba semanas diseminándose por su cuerpo: sabía que se moría. Un día dijo: “Estas cortinas me están matando”.

Otro día pidió una botella de buen champán. A pesar de que debía mucho dinero en el Hôtel d’Alsace, se la trajeron. Una de sus famosas frases antes de morir: “Estoy muriendo por encima de mis posibilidades”, sentenció. Murió a los 46 años, hace 121 años. Ya muerto, fue fotografiado por Maurice Gilbert, un chapero amigo suyo, uno de los pocos que acudieron a su entierro en París, que pagó Lord Alfred Douglas.

FOTO Portada Oscar Wilde and Lord Alfred Douglas (SarahMcCulloch.com)

Tomado de: “XLSemanal”. El Correo. Octubre 14, 2021.