Una visita por el herbario de Emily Dickinson

POR Lucía Dozo

En su filosofía, la cuestión religiosa convive con su formación científica, que le otorga herramientas para la comprensión de ciertos fenómenos de la naturaleza. Esa mirada se filtra en la trama naturalista de sus poemas y en su correspondencia

Las excursiones botánicas marcaron la adolescencia de Emily Dickinson. La proximidad con el bosque del sur de Massachusetts y el incentivo de sus profesores naturalistas la motivaron a recolectar, clasificar y prensar flores silvestres. Su herbario está conservado en la biblioteca de libros raros de la Universidad de Harvard, que lo digitalizó recientemente y posibilitó su libre acceso en la web.

El libro, de tapa verde y patrón floral, contiene 424 especímenes de flores frutales, vegetales y ornamentales ordenados en 66 páginas y catalogados con el sistema linneano, desarrollado por el botánico sueco Carlos Linneo. En él, convergen distintos métodos que intentan clasificar una colección nutrida y diversa.

Si bien las variedades están agrupadas por géneros –por ejemplo: una página de narcisos, otra de pensamientos—, las estaciones y los climas se entrecruzan haciendo que las lobelias se ubiquen junto a las violetas aunque su floración esté separada por meses de distancia. Mostrando un delicado sentido de la composición, la organización mantiene un equilibrio entre la exploración científica y el atractivo visual.

El herbario, que comienza con un jazmín blanco y cierra con un ramo de salvias, funciona hoy como un documento de interés científico para conocer en profundidad la historia de la vegetación del noreste de Estados Unidos. Fue en aquella zona donde funcionó desde principios de 1800 la Academia de Amherst, a la que asistió Emily Dickinson (que nació en 1830, en el seno de una familia puritana). La institución contaba con reconocidos naturalistas y geólogos de la época, un importante observatorio astronómico y un laboratorio médico que estimularon el interés de la poeta por las ciencias naturales. Se formó también en el seminario femenino en Mount Holyoke, donde completó su educación superior.

Mary Lyon, la fundadora y primera directora de la institución, fue una apasionada botánica que acercó a Emily aún más a la disciplina. En tiempos en los que el terreno de las ciencias estaba dominado por los hombres, la botánica fue una puerta de entrada a la exploración científica: “Aunque Lyon animó a todas sus niñas a recolectar, estudiar y conservar las flores locales en los herbarios, el de Dickinson fue una obra maestra de una exactitud poco común y una belleza poética”, señala la crítica búlgara Maria Popova.

La motivación por la botánica la llevó a cultivar su propio jardín y a anexar un invernadero de plantas exóticas en un terreno aledaño a su residencia. Esta se conserva intacta en su pueblo natal de Amherst, en el condado de Hampshire y, como casa-museo, permite visitar sus habitaciones empapeladas con flores de colores. Explica Richard B. Sewall, profesor de literatura y experto en la vida y obra de Dickinson: “En el cuidado que Emily tuvo en su herbario, en el preciso conocimiento botánico que muestra y en la fina composición de cada página, la inclinación de su naturaleza es clara: fue una creadora desde el principio”.

Filosofía en las flores

El herbario de Emily Dickinson refleja su conexión poética con la naturaleza. Esta inspiración animada por el escenario natural la lleva a trazar un correlato entre flores e inmortalidad, que quedó registrado en su correspondencia. En 1848, le escribió a su amigo Abiah Root: “Cuán contenta estoy de que haya llegado la primavera y cómo calma mi mente caminar por los campos verdes. Recuerdo las flores silvestres de Amherst, aquellos hermosos niños de la primavera. Son benditos espíritus ministradores para ti y para mí, y para todos nosotros. ¿Sabías que una flor, una vez marchita pero conservada, se convierte en una flor inmortal, es decir, que vuelve a brotar? Creo que es la más dulce resurrección, larga y duradera, porque una le concede esperanza a alguna otra”.

En su filosofía, la cuestión religiosa convive con su formación científica, que le otorga herramientas para la comprensión de ciertos fenómenos de la naturaleza. Esta mirada se filtra en la trama naturalista de sus poemas y también en su correspondencia, en donde aparecen mencionadas diferentes especies de flores (se repiten las margaritas, rosas y dientes de león). Es llamativo el uso característico que les otorga, ya que rara vez funcionan como ornamento o mera parte del paisaje.

En cambio, a Dickinson le interesaba el proceso científico. Tres años antes de su muerte, le escribió a una amiga: «Hace mucho que estoy lunática por los bulbos de las flores y la locura en cualquier tema es mejor sin concesiones». Algunos años antes, había conectado en un poema dos procesos naturales que describió como “misteriosos”: la floración de los bulbos y la transformación de la oruga en mariposa.

“Sus ‘investigaciones’ sobre los misterios de la experiencia humana nunca terminaron”, escribe Sewall. El espíritu del experimento se cernía sobre su búsqueda de conocimiento. Estableció así, una interacción ineludible entre la belleza y lo perecedero, que está en el corazón del vasto cuerpo de trabajo de Dickinson, en ningún lugar con más intensidad que en este poema dedicado a la primavera, compuesto en el otoño de su vida: Existe una luz en primavera/ no presente en el resto del año/ en cualquier otra estación/ Cuando marzo apenas llega/ un color se destaca en el exterior/ sobre campos solitarios/ que la ciencia no puede superar/ pero la naturaleza humana siente./ (…)/ Una cualidad de pérdida/ afecta nuestro contenido”.

Vida, obra y flores

A pesar de su obra prolífica, fueron muy pocos los poemas que llegaron a ser publicados durante su vida. Afectada por las muertes de sus amigos y mentores, los pastores Newton y Wadsworth, recrudeció la tenaz negativa a la publicación y dejó de salir de su casa y, con frecuencia, ni siquiera de su propia habitación.

A medida que aumentaba su reclusión, tanto las flores de Dickinson como sus poemas se transformaron en una suerte de emisarios. Su correspondencia fue la única forma de conexión con el mundo exterior. En 1881, le escribió a su amigo Edward Tuckerman: “La naturaleza intrusiva de las flores es tolerada incluso por los corazones más abatidos. Las flores entran primero y luego golpean, para reprender con su despiadada dulzura, y luego permanecer perdonadas. Espero que estas le molesten tan afectuosamente”.

Desde su juventud hasta sus últimos tiempos (murió en 1886), la temática de las flores y el escenario natural recorre su correspondencia. A los cincuenta años, y cerca del final, le escribió nuevamente a su amigo Tuckerman haciendo referencia al ramo que este le había regalado y decía a modo de agradecimiento: “Si amamos las flores, ¿no nacemos de nuevo todos los días? La inmortalidad de las flores debe enriquecer la nuestra”.

El espíritu del herbario –ese dispositivo que les da a las flores una especie de inmortalidad— se extendió a lo largo de su vida. Finalmente, eso significó aquel libro: la posibilidad de hacer existir el escenario de su Amherst natal para siempre.

FOTO Portada Emily Dickinson: Que yo siempre amé… (Trianarts).

Tomado de: “Revista Ñ”. Clarín.com. Junio 29, 2021.