El mar es finito como la vida

POR Simón Granja Matías

“Una constante ha sido la ambición de que mi escritura participe de la levedad que tiene el mundo. Aquí, en este universo nuestro, nada es sólido, y todas las cosas cambian incesantemente de forma, como el humo. Mejor dicho, ‘cosas’ en realidad no hay. Yo quería reflejar todo eso en El fin del Océano Pacífico”

Su mamá soñó que las ballenas subían del agua y no volvían a bajar. Seguían subiendo y volaban sobre el mar. No eran cualquier tipo de ballenas, eran de esas que se acercan a las costas del Pacífico cada cierto tiempo. Esas ballenas que, junto a toda la naturaleza de esa región, llevan a algunos a deducir la existencia de Dios y que cuando se van, hacen más real la finitud de la existencia. O por lo menos, eso es lo que vive y siente Ignacio, el protagonista del más reciente libro del escritor Tomás González.

Sobre El fin del Océano Pacífico se dice que es quizás la novela más ambiciosa del autor, sin duda uno de los más importantes de la literatura colombiana. Más allá de esto, es una novela que abre y cierra el tiempo.

—¿Dónde termina el océano Pacífico y dónde empieza?

—A diferencia de los ríos, que empiezan o crean la ilusión de empezar en un sitio concreto, los mares empiezan y terminan en cualquiera de sus playas. Uno bien puede decir que el Pacífico empieza en Hawái y termina en Bahía Solano o que empieza en Vancuver y termina en Ladrilleros. Claro que el título del libro se refiere al fin del océano en el tiempo, no al lugar donde termina en el espacio.

—¿De dónde surgió el título?

—De un poema de mi libro Manglares. En él se dice que cuando yo me muera voy a arrastrar conmigo a lo profundo el Pacífico y todo lo que ese mar contiene, sus aguaceros, sus barcos, sus palmas, sus manglares… De acuerdo con el poema, el fin de cada individuo es también el de los mares y el del universo entero.

—¿Cómo nació El fin del Océano Pacífico? ¿Qué lo impulsó a escribirlo?

—Conozco a una señora de 91 años, una persona extraordinaria, que les dijo a sus hijos que antes de morir quería volver a ver las ballenas. Ya las había visto, a los 85, cuando le celebraron el cumpleaños en el Chocó, por los lados de Nuquí. Aquello me llamó mucho la atención, pero más todavía el hecho de que sus hijos de inmediato comenzaran los preparativos para un viaje que a la edad de ella bien podría ser mortal. Algo ocurrió y al final no lo hicieron, cosa que lamenté, pues sentía mucha curiosidad por lo que pudiera pasar. Entonces me senté a escribirlo.

—¿Cree usted que las ballenas son una señal de que existe algo más que la creación, un Dios?

—Las ballenas nos ponen a pensar en esas cosas, cierto, por razones obvias, pero no sólo las ballenas. Todo lo que uno mira o siente es sin falta una maravilla que nos pone a pensar: las hormigas, el músculo cardíaco, las galaxias, el movimiento peristáltico de los intestinos que absorben un trozo de res. No debería existir nada y, sin embargo, hay un mundo infinito, y todo en él, incluso el horror, como bien lo sabía Goya, es armonioso, aunque de oscura armonía, y también pasmoso.

—¿La naturaleza es un remedio contra el ego?

—No lo es siempre, pues el tamaño del ego a veces alcanza proporciones de locura, pero debería serlo, por lo menos para las personas medianamente sensatas. A ratos uno siente miedo de que la actividad del ser humano acabe con la vida en la Tierra, pero incluso ese miedo participa de aquella locura del ego. No creo que seamos capaces. Somos demasiada poca cosa para eso. Podemos ensuciar la naturaleza, causarle arañazos, extinguir muchas formas de vida, entre ellas la nuestra, con la estupidez del que serrucha la rama del árbol en que está sentado, pero la naturaleza, que tiene millones de años por delante para recrearse, va a curarse de todos los arañazos, a sacudirse nuestras cagarrutas y crear nuevas formas de vida.

—¿Qué lo marcó tanto de su contacto con la naturaleza para que esté tan presente en sus libros?

—Es por la convivencia. Cuando era niño vivíamos a las afueras de Envigado, en una finca con naranjos, guayabos y tres vacas. Además, pasaba cada año casi todas las vacaciones escolares en el mar, en Tolú, y a veces en la finca cafetera de mi abuela, por Risaralda, que tenía un río de los que bajan por las piedras y suenan duro. He pasado más tiempo de mi vida en el campo que en las ciudades. Tal vez por eso no tengo que hacer un esfuerzo para que la naturaleza esté presente en lo que escribo. Creo que me tocaría hacerlo para que no lo estuviera.

—¿Cómo le sirve a usted la naturaleza para escribir?

—No me sirvo de la naturaleza para escribir. Escribo desde ella y por eso aparece en mis escritos.

—En sus libros abunda el agua, ¿qué es el agua para usted?

—Es el símbolo de la infinitud y de la falta de solidez del universo. Es el símbolo de algo eterno, cambiante e infinito, pero nada más que un símbolo, pues el agua misma no es eterna, no es infinita. Puede que se tome su tiempo, pero va a desaparecer igual que usted o yo.

—¿Cuál es su historia con la región Pacífica?

—Mi deslumbramiento por esas costas es reciente, aunque muy intenso, y no me ha tocado personalmente la violencia. No en esa región. La siento, sí, en sus habitantes, y es una mezcla de desconfianza y tristeza. Y se entiende que así sea. Los han despojado, los han matado.

—¿Se refleja usted en algunos de sus personajes? Por ejemplo, el protagonista del libro es médico y, según tengo entendido, usted quiso ser médico alguna vez…

—Para que el protagonista de una novela tenga vida tengo que ser capaz de acomodarme bien en sus zapatos. Escribiendo El fin del Océano Pacífico comprobé que mi vocación podría haber sido la medicina. También me habría gustado ser pintor, como los protagonistas de dos de mis historias.

—Otro tema frecuente es la familia, ¿por qué?

—Me parece imposible hablar de un ser humano sin tener en cuenta su familia –o su ausencia de familia, si es el caso–. La familia forma parte esencial del individuo humano. Pienso que sin tenerla en cuenta no se lo puede entender. Casi se puede decir que el ser humano es la familia.

—La familia de Ignacio, ¿qué tanto se parece a la suya?

—Todas estas familias antioqueñas se parecen mucho entre ellas. Son numerosas, muy unidas y la mamá es la mamá. Nosotros éramos ocho, yo soy de los menores. Mis hermanos y hermanas mayores fueron hasta cierto punto otros padres para mí, lo cual sucede con frecuencia en estas familias. En la novela, Ignacio es un poco el padre de los menores.

—Puede que la cultura de manada de las familias colombianas genere que el mayor miedo sea la muerte de un ser querido, incluso más que la muerte propia…

—En otros libros he escrito sobre la muerte de seres queridos y el remezón que produce. En El fin del Océano Pacífico tenía tal vez más interés en imaginar una forma posible de la muerte propia.

—En el libro salta en el tiempo. ¿Cómo vive usted sus recuerdos?

—Los recuerdos son ecos. Como tales tienen realidad propia, una realidad que es particularmente cambiante y tiene la calidad de los sueños. Mis recuerdos son parte de mi realidad de ahora, de mi presente, tanto como lo es ese naranjo que estoy mirando por la ventana, pero son mucho más difíciles de manejar que este naranjo. Nos maltratan y abruman o nos alegran y nos hacen reír solos por ahí. Su capacidad creadora es tan infinita como la de los sueños y como la realidad que consideramos real.

—Al final del libro dice: “Se acaba el tiempo”. ¿Se está acabando el tiempo?

—El tiempo en sí tal vez no tenga fin. Mientras algo se mueva en el universo habrá tiempo, habrá universo. El tiempo se acaba para los seres como yo o como Ignacio, el protagonista de la novela, que es quien lo piensa al final del libro. Y se acaba del todo.

—¿Qué tan evanescente es el presente en comparación con el pasado? Y si ambos son evanescentes, ¿qué hay que sea concreto?

—El pasado es evanescente solamente en el sentido de la erosión de la memoria, pues lo cierto es que el pasado en sí ya está ‘evanescido’. Ya no es. Lo que sí es evanescente es el presente, que se crea y desaparece al mismo tiempo. Cuando se desvanece la carne muerta se crean las larvas, a las que les llegará también su momento de desvanecerse. Lo único concreto es el movimiento mismo por el que unas cosas se convierten en otras. A mi modo de ver, y al modo de ver de muchos filósofos y poetas, lo único que existe es el movimiento.

—La música está muy presente en su nuevo libro, ¿cómo es su relación con la música?

—Oigo música constantemente mientras escribo, y aspiro a una escritura musical, tanto por los sonidos y resonancias de las palabras y las frases como por esa falta de consistencia física, esa levedad y volatilidad que tiene por naturaleza la música. Los sonidos no son nada que podamos llamar sólido, son ondas, y aun así nos traen esa especie de palacio que es la Novena sinfonía de Beethoven o nos transmiten la melancolía punzante de Amor ciego, en interpretación de Eddie Palmieri e Ismael Rivera.

—Se dice de El fin del Océano Pacífico que es su novela más ambiciosa hasta el momento, ¿usted lo considera así?

—Una constante ha sido la ambición de que mi escritura participe de la levedad que tiene el mundo. Aquí, en este universo nuestro, nada es sólido, y todas las cosas cambian incesantemente de forma, como el humo. Mejor dicho, ‘cosas’ en realidad no hay. Yo quería reflejar todo eso en esta novela. En ella el flujo de conciencia de Ignacio crea el mundo, y en su caso es una creación particularmente alegre, a pesar de que la muerte ande siempre por ahí. El hilo narrativo de la novela va dirigido por aquel flujo y es flotante. La causalidad queda relegada a un segundo plano y lo que aparece –o a eso aspiraba– es la música de los pensamientos.

—¿Cómo vive en este momento el ‘guayabo’ después de terminar una novela?

—Me puse a pescar como loco en la represa y a trabajar en el jardín y así esta vez me ha dado menos duro. Pero siempre pega fuerte. El escritor se pasa a vivir a la novela y cuando la termina queda en la calle, desamparado.

— ¿Cuál es su miedo? ¿Cuál es su sueño anhelado como escritor, su ambición?

—Mi miedo es el miedo básico a la muerte y al dolor, y mi ambición, aparte de las ambiciones también básicas comunes a todos los escritores, ha sido que mi escritura ayude un poco a abrirnos las puertas de la percepción a mí y a quienes la lean, de modo que alcancemos a admirar tanto como podamos todo esto antes de que se nos acabe.

FOTO Portada “Entrevista con Tomás González sobre su historia con la literatura” (El Espectador)

Tomado de: El Tiempo (Colombia). Enero 10, 2021.