El inteligente arte de insultar, por Héctor Anaya


POR Juan Carlos Pérez Salazar
El autor dedicó recopiló en un libro el arte de insultar, que recién se publicó en México. En casi 500 páginas hace un recorrido por los insultos políticos, los agravios entre literatos e integra un bocavulgario, con lo propio de diferentes países y culturas
Héctor Anaya diferencias advierte entre los insultos y las groserías (BBC Mundo)
Un buen día, el dramaturgo y premio Nobel de Literatura irlandés Bernard Shaw le envió a Winston Churchill (a quien detestaba) dos invitaciones para la premier de una de sus obras teatrales. Con las entradas iba una pequeña misiva que decía: “Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)”. Poco después le llegó la respuesta de Churchill: “Me es imposible asistir a la noche de apertura, pero iré a la segunda función (si es que la hay)”.
Luego de contar esta anécdota, Héctor Anaya rompe en carcajadas. Está en la biblioteca de su apartamento, en la Ciudad de México, rodeado de libros, de fotos de Gabriel García Márquez en la época en que escribía Cien años de soledad y de recuerdos gozosos de insultos.

Escritor, periodista y pedagogo, Anaya dedicó buena parte de los diez años recientes de su vida a recopilar un libro sobre el arte de insultar, el cual acaba de ser publicado en México.
En sus casi 500 páginas, hace un recorrido por los insultos políticos, los agravios entre literatos (se remonta a los fabulosos encontrones procaz-poéticos entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora) y trae un bocavulgario, con insultos de diferentes países y culturas.
Pero tanto su conversación como su libro no son solo anecdóticas. También son eruditas.
Lo que no pudo Shakespeare
“El insulto, en rigor, no es una majadería (grosería), entre otras razones porque está dirigido, tiene un destinatario y un remitente. La majadería, no. Tú puedes decir una –cabrón, pendejo— y es aplicable a muchas personas”.
Recuerda que la palabra insulto proviene del latín insaltare, “que quiere decir caerle a alguien. O asaltare, que es lo mismo. Yo lo defino como un estilete que afecta el órgano que uno quiere lastimar, nada más”.
Por eso, dice que el insulto logra lo que no pudo conseguir Shylock en la obra El mercader de Venecia de William Shakespeare.
Shylock –rememora Anaya— es el usurero que le presta dinero a Antonio, quien a cambio le empeña una libra de su propia carne, “lo más cerca del corazón”. Cuando Shylock –que detestaba a Antonio— pretende cobrar su pound of flesh, la abogada de Antonio le dice: “Él te empeño una libra de carne, pero ni una sola gota de sangre. A ver cómo le haces”. Shylock se queda sin cobrar.
“Creo que el insulto sí lo logra: te arranca un pedazo de carne. Porque, además, las palabras sarcasmo y escarnio, que tienen mucho que ver con los insultos, se relacionan con la carne. Sarcásticamente es posible arrancarte un pedazo de carne sin derramar una gota de sangre. Pero quedas lastimado para siempre”.
Diferencias culturales
Hernán Cortés, respondía con graffitti (rafaelcondill.blogspot.com)
Por supuesto, siendo mexicano, buena parte de su libro lo dedica a su país. Y se remonta a la época de Hernán Cortés. “Curiosamente, algo que hoy nos parece moderno, como el graffitti, Bernal Díaz del Castillo (conquistador español y cronista de Indias) cuenta que los primeros letreros que se pusieron en México con carbón fueron en la casa de Cortés. Sus soldados le reclamaban el reparto del botín. Bernal dice que el propio Cortés respondía al día siguiente con otros letreros”.
También ha advertido diferencias entre los insultos y groserías entre los diferentes países latinoamericanos. “Lo que en México es una majadería enorme, la más terrible, ‘la chingada’ –que tiene la prosapia de que se ocupó de ella Octavio Paz en Laberinto de la soledad—, pues en Bogotá, Colombia, yo le escuché a una señora de buena apariencia decirle a su hija de unos ocho años: ‘Ya se te chingó el vestido’. Claro, para mí fue alarmante oír a una señora expresarse así. Y los demás no se sorprendieron, les pareció natural. Hasta que me enteré que cuando le pasa eso a un vestido es que se le zafó el dobladillo”.
Otra palabra es “pendejo”, que aunque en Colombia significa “tonto” y en México es un poco más fuerte, en Argentina, Uruguay y Paraguay quiere decir alguien joven. “En Paraguay es especialmente el novio de la muchacha. Así que uno puede estar en un cena que le invite un paraguayo y cuando ya son las 11 o 12 de la noche y preguntas ‘¿y por qué no cenamos?’ Te pueden contestar: ‘Estamos esperando al pendejo de mi hija’”.
Ni qué decir de la palabra “culo”, que en muchos países latinoamericanos es casi tabú decirla en público, y en España se usa normalmente en los medios de comunicación.
Historiador y protagonista
Octavio Paz, polemista formidable (ecbloguer.com)
Pero Héctor Anaya no se ha limitado a ser historiador del insulto, también ha sido protagonista. Durante su larga trayectoria ha cruzado sables con personajes de la importancia de Octavio Paz, quien –recuerda— alguna vez pidió que lo despidieran de su trabajo en un periódico porque en una columna se burló de la revista que dirigía. De hecho, a Octavio Paz –polemista formidable— dedica un capítulo entero de su libro.
Sin embargo, no es ése el encontrón que más recuerda, sino el que tuvo con un escritor ya fallecido, que anhelaba reemplazarlo como conductor de un programa cultural de televisión, y quien un día lo increpó: “¿Qué diferencia hay entre tú y yo?”. “Una especie, güey”, respondió Anaya, de inmediato. Porque, según él, un insulto hay que responderlo en cuatro segundos. “Después se vuelve rencor”.
¿Y cuáles son sus escritores preferidos en esa rapidez para contestar al agravio? Responde sin vacilar: Oscar Wilde y Bernard Shaw, dos irlandeses. Ese par de irlandeses, pero también griegos, estadounidenses, alemanes, ingleses y latinoamericanos, están representados en El arte de insultar, que ha tenido buena acogida. “Desgraciadamente, hasta ahora no ha molestado a nadie”, remata Héctor Anaya con una carcajada final.
Tres burros
(es.wikipedia.org)
Cuenta Anaya que un día un comerciante se acercó al filósofo Sócrates para que educara a su hijo y le pidió un precio. Sócrates se lo dio y el comerciante le dijo: “Por ese dinero puedo comprar un burro”. Sócrates le respondió: “Hágalo y tendrá en casa tres”.
Quevedo vs. Góngora
Las dos luminarias del Siglo de Oro español eran enconados enemigos. No se sabe por qué comenzó la disputa, pero parece que primero abrió fuego Quevedo:
Este círculo vivo en todo plano;
este que, siendo solamente cero,
le multiplica y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;
El minoculo sí, más ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas
esta cima del vicio y del insulto
éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.
Góngora, ni corto ni perezoso, le contestó al insolente:
Anacreonte español, no hay quien os tope
quien no diga con mucha cortesía,
que ya vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope
Con cuidado especial vuestros antojos
dicen que quieren traducir al griego,
no habiéndolo mirado vuestros ojos.
prestádselos un rato a mi ojo ciego (el pene),
porque a luz saque ciertos versos flojos,
y entenderéis cualquier gregüesco luego.
Los albures
En México estos son un juego de palabras con sentido sexual que se considera equívoco. Anaya cuenta el caso del poeta mexicano Elías Landino (ya fallecido), que a los 90 años publicó un libro titulado Alburemas. Uno de ellos dice:
A caminar de prisa ya no me atrevo,
porque ahora me pasa lo que a las gallinas,
que cada pisada les cuesta un huevo.
Tomado de:BBC Mundo. Septiembre 26, 2012.