Lo transparente y lo turbulento: el agua en la mitología

POR Analía Iglesias

Su fluidez otorga al agua la capacidad de moldearse como símbolo de diferentes estados de espíritu y de conciencia, desde la transparencia hasta la desorientación, de la purificación a los malos presagios. El arte está hecho de agua, como fondo y como forma, igual que los seres humanos, con cuerpo de agua y sed

Es difícil que no haya agua como paisaje de fondo de las epopeyas individuales y colectivas de la historia, las leyendas, la literatura y el erotismo. Un vistazo al Rapto de Europa (1560) de Tiziano, la pintura con la que abre las puertas al público la exposición temporal Pasiones mitológicas, actualmente en el Museo del Prado, alcanza para entender cuánto subyugaron las aguas calmas o en movimiento a los artistas: Diana, sus baños con las ninfas (y los sátiros al acecho) o la de Las Tres Gracias de Rubens son escenas en las que el agua es coprotagonista necesaria, para purificar, para apagar la sed de la fauna del bosque, para nutrir las plantas circundantes, para permitir las labores del campo o, simplemente, para otorgar claridad, movimiento y profundidad a las composiciones.

Hay un valor simbólico insustituible en su transparencia, además de las evidentes propiedades de lo líquido. También, por supuesto, pueden ser turbulentas –y oscuras— las aguas que auguran malos tiempos (el diluvio bíblico) o traer vino los ríos de otros paraísos, tal como pinta, por ejemplo, el Corán a ese delicioso edén de vírgenes, abundante sombra y placeres que en tierra fueron prohibidos.

Entre los santos cercanos, nuestro labrador del siglo XI llamado San Isidro era pocero. Cuenta la leyenda que el patrono de Madrid tenía su cántaro vacío cuando su amo le pidió agua; entonces, Isidro golpeó una roca con la larga vara de hierro que utilizaba para despegar la tierra del arado y de la roca brotó agua.

Este es un paseo que parte de la contemplación de las primeras gotas de agua del risco a los torrentes legendarios.

Inundaciones y negruras

El agua acuna y amenaza, como bien lo sabemos por escenas religiosas como la del diluvio universal, que popularizó el libro bíblico del Génesis. Imposible imaginar la bóveda de la Capilla Sixtina sin esa onírica balsa salvadora (el arca del patriarca) que pintó Miguel Ángel a comienzos del siglo XVI, aunque una gran inundación había sido descrita también, en Mesopotamia, en el Poema de Gilgamesh, unos dos mil años antes de Cristo.

Desde entonces, los geólogos han especulado sobre el origen de esas aguas mitológicas que todo lo tapaban, si fueron desbordes del Tigris y el Éufrates, o la subida de un primitivo Mar Negro, durante la última era glacial, o si quizá se trató del relato de un tsunami debido a la erupción de algún volcán.

Lo oscuro también se cifra en el río Leteo, que discurre por las profundidades del inframundo griego –Hades—, y que provoca amnesia a quien de allí bebe. En otro río de fondo negro y profusa vegetación flota el cuerpo de Ofelia.

Ofelia, hija y víctima

Nadie conoció la fisonomía de William Shakespeare, pero todos los seguidores de su dramaturgia imaginan a Ofelia, lívida, muerta (o desvanecida) y rodeada de flores, meciéndose involuntariamente su cuerpo en el cauce de un arroyo, en la ficción de Hamlet y las pinturas que la evocaron.

Hay indicios que han llevado a los estudiosos de esa obra a negar la existencia de un tal Shakespeare dramaturgo (con ese nombre podría haber firmado sus piezas Francis Bacon, el político y filósofo padre del empirismo), aunque sí existió un Shakespeare empresario teatral al que casi todos consideran incapaz de tener semejantes conocimientos del alma humana (para más elucubraciones, el lector puede empezar a indagar en las teorías de Mark Twain).

Pero nuestra mirada se detiene en Ofelia, como mujer joven, bella, inocente y enamoradiza, cuyos estados sentimentales fluyen como el agua hasta la locura, según la mirada de los dramaturgos de todos los tiempos.

La mujer que ha perdido la razón transparenta sus emociones, que son líquidas y varían con los mensajes y las órdenes contradictorias de padres y hermanos, manipuladores como su padre Polonio y su hermano Laertes; obedientes a un rey, como Polonio y Laertes; o confusos, como el propio Hamlet.  El agua es aquí símbolo de una pureza que se asocia a la mujer-doncella que, frágil como la rama del árbol que se le quiebra a Ofelia, puede sucumbir ante el amor o el rechazo.

Doncellas de Wagner; lamias del Tajo

El agua dulce como condición para hacer de un sitio un locus amoenus, un “lugar ameno” o, más bien, idílico… Esta noción se palpa en los relatos poblados de sirenas de río, como estos cuatro versos de Garcilaso de la Vega “De cuatro ninfas que del Tajo amado/ salieron juntas a cantar me ofrezco: Filódoce, Dinámene y Climene,/ Nise, que en hermosura par no tiene”.

De las náyades griegas –con cuerpos de agua dulce— a las doncellas escamadas del río Tajo, pasando por las ninfas del agua (Rhinemaidens) o hijas del río Rin (Rheintöchter) de El anillo del Nibelungo –el ciclo de óperas de Richard Wagner—, ellas comparten universalmente un aura de inocencia que algo esconde, además de su explícita hermosura purificada por el agua.

Las fantasías masculinas recurrentes se cuelan por doquier en las fábulas sobre ninfas de agua dulce o lamias (en el folklore de la Antigüedad), de cabelleras que peinan largamente, aunque les falten las piernas y les sobren tentáculos o colas de pez. No extraña que el pelo de las mujeres guíe infinitas discusiones sobre la tentación (de ahí también, parte del debate sobre el hiyab).

Desde el punto de vista actual, todas estas doncellas se acercan demasiado al arquetipo antifemenino de la femme fatale, mitad humana mitad animal, tentadora, irresistible y capaz de hacer perder la razón a los pobres hombres desorientados, además de ser una constante en los relatos mitológicos de casi todas las culturas. Las lamias, eso sí, fueron también grandes arquitectas que construyeron, por ejemplo, el oráculo de Eros.

Balkis, Salomón y la fascinación por el oasis

“No le hables de este oasis a nadie”, le dice Balkis, la reina de Saba, al hijo del rey Salomón, que ha llegado a su territorio como espía de Jerusalén, pero que, en cuanto la conoce, se entrega a ella, enamorado. Se trata de una escena en una prodigiosa película de gladiadores y decorados bíblicos que el italiano Pietro Francisci rodó en 1952.

El príncipe Rehoboam, que ha llegado hasta allí, enviado por su padre, atravesando arenales y montes de rocas que se desgranan al sol impío del desierto, queda fascinado por la belleza de Balkis, pero también por los frondosos paisajes en los que ella habita, y que le lleva a conocer en su carro tirado por caballos, y con una escolta de jinetes mujeres que van sorteando pequeñas cascadas y arroyos que serpentean en el palmeral.

Entre la leyenda y la realidad, el reino de Saba se menciona en el Antiguo Testamento y en el Corán, como una nación de una riqueza extraordinaria y que pudo abarcar el actual Yemen –al sur de la península arábiga— y el cuerno de África, entre los siglos I y II a.C.

A la reina de Saba se la retrata poderosa, porque, de existir, es probable que fuese la líder de una sociedad matriarcal y de las pocas comunidades sedentarias de la época, en esa geografía, que vivía del activo comercio de la ruta de las caravanas hacia el Lejano Oriente.

El templo más antiguo de la Península Arábiga –llamado Mahram Bilqis— estaba en la ciudad yemení de Marib, que fue un ejemplo de desarrollo urbanístico y tecnológico en su época, por la red de canales y diques de riego y abastecimiento allí construida. En algunas biografías del rey Salomón se habla de un posible hijo suyo con la reina Balkis.

Los mitos fundacionales de Etiopía también mencionan a esta líder de un pueblo de sagaces marinos. Algún otro relato legendario la hace desposar a un djin, uno de esos espíritus precoránicos que luego poblaron el Corán.

Heráclito y Teseo

“Desde los tiempos de Heráclito, el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad”, escribía Claudio Magris mientras se adentraba en el Danubio. Heráclito de Éfeso, que vivió en el siglo VI a.C., habría dejado estampada aquella sentencia que no sólo pervive milenios después, sino que es citada cada vez que alguien quiere hablar de un río: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.

En realidad, a pesar de su evidente verdad, esta proclama contiene una paradoja: el agua del planeta y su atmósfera es la misma, constante, desde que el mundo es mundo, en un ciclo circular por el que se recicla naturalmente en nube, lluvia, río, vapor (evaporación- transpiración-precipitación).

El ciclo hídrico nos acerca, así, a otra leyenda griega, llamada la paradoja de Teseo, y que narra Plutarco, ya en el primer siglo después de Cristo: Teseo volvía de Creta con su tripulación en un barco de 30 remos, que, a causa de la larga travesía, debía ir siendo reparado durante el viaje; así, sus tablas eran reemplazadas una a una, hasta que ninguna pieza original quedó en el sitio que le había correspondido al zarpar el barco. ¿Era otro o el mismo el barco que llegó a puerto? ¿Y si las partes reemplazadas se hubiesen usado para reconstruir tabla por tabla otro barco, cuál de los dos sería el original?

Podemos conformarnos con la paradoja o intentar elucidarla estudiando las causas aristotélicas. La tercera opción es la poesía. Jorge Luis Borges le rinde homenaje al filósofo en su poema Heráclito. Aquí, algunos versos que parten de la idea de la purificación, así como la confusión que acecha a los hombres en las aguas del río: “¿Qué río es este por el cual corre el Ganges? ¿Qué río es este cuya fuente es inconcebible? ¿Qué río es este que arrastra mitologías y espadas? Es inútil que duerma. Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano. El río me arrebata y soy ese río. De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo. Acaso el manantial está en mí. Acaso de mi sombra surgen, fatales e ilusorios, los días”.

Nuestra coda: el arte está hecho de agua, como fondo y como forma, igual que los seres humanos, con cuerpo de agua y sed.

Heráclito

Heráclito camina por la tarde
De Éfeso. La tarde lo ha dejado,
Sin que su voluntad lo decidiera,
En la margen de un río silencioso
Cuyo destino y cuyo nombre ignora.

Hay un Jano de piedra y unos álamos
Se mira en el espejo fugitivo
Y descubre y trabaja la sentencia
Que las generaciones de los hombres
No dejarán caer. Su voz declara:

Nadie baja dos veces a las aguas
Del mismo río. Se detiene. Siente
Con el asombro de un horror sagrado
Que él también es un río y una fuga.

Quiere recuperar esa mañana
Y su noche y la víspera. No puede.
Repite la sentencia. La ve impresa
En futuros y claros caracteres
En una de las páginas de Burnet.

Heráclito no sabe griego. Jano,
Dios de las puertas, es un dios latino.
Heráclito no tiene ayer ni ahora.
Es un mero artificio que ha soñado
Un hombre gris a orillas del Red Cedar,
Un hombre que entreteje endecasílabos
Para no pensar tanto en Buenos Aires
Y en los rostros queridos. Uno falta.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)

FOTO Portada «The myths and legends behind water» (Nordic Life)

Tomado de: El Ágora. Marzo 19, 2021.