Seudónimo Quincey 13


POR Óscar Garduño Nájera
El hombre hace años que se dedica al negocio. En su Volkswagen 77 va de pueblo en pueblo. Para orientarse se auxilia con un mapa de carreteras y encierra en un círculo rojo aquellos sitios donde la venta no fue tan bien o a los que tiene que regresar con determinado tipo de ropa
(calera.olx.cl)
Hasta que apareció otra mujer casi a pedazos. Tal fue lo que de ella hicieron los buitres negros. Y casi mata a golpes el gordo Quixtlihuac al hombre. Y eso que en varias ocasiones hasta vecinos de puestos eran. Por no decir que ahí llegó a comprar uno que otro calzoncito para Andrea. Cuando el hombre al fin pudo hablar, lo intentó. Después del susto, sofocado. Un doloroso balbuceo entre saliva y sangre en una boca hinchada de amarillentos dientes. Lo más difícil luego de que dieron con él: arrancar los más de 90 kilógramos del gordo de encima del hombre una vez que se le fue encima. Tras dar con la mujer. Porque hasta antes de que contara su historia todo parecía indicar que él había disparado el revólver encima de Andrea y ¡pum! Vete tú a saber dónde lo enterró. Alguien asegura que cuando matas te aparece una mancha indeleble en las manos. Sombra como hecha de tinta que se cuelga de las líneas de las palmas. La buscaron una vez que forzaron al hombre para que las abriera. Pura mugre.

También lo intentó Jacinto. ¿Cómo chingaos le haces para cargar a un cabrón que bufa así, para separarlo no solo de otro cuerpo sino de la rabia que provoca tener al asesino de tu hija enfrente? Con la furia escarbada en el colérico rostro y el brazo regordete suspendido en el aire en cámara lenta a la espera de soltar cual guillotina parte de su peso en un certero y aniquilante golpe.
Al fin consiguió hablar. El mismo que dijo lo de la mancha indeleble regresó con un pedazo de estopa e intentó limpiar la sangre. El hombre dejó escapar un hilo de saliva tornasoleada sanguínea y con palabras entrecortadas trató de explicar lo de la ropa interior femenina.
—¿Y el levantanalgas?
Interrumpió con su pregunta el de la estopa y se la arrebató de las manos al hombre, arrepentido ante la mirada condenatoria de los demás.
De entrada, para nadie era un secreto lo de la ropa interior femenina. El hombre hace años que se dedica al negocio. En su Volkswagen 77 va de pueblo en pueblo. Para orientarse se auxilia con un mapa de carreteras y encierra en un círculo rojo aquellos sitios donde la venta no fue tan bien o a los que tiene que regresar con determinado tipo de ropa. Al llegar se estaciona en cualquier esquina de la plaza principal, si es que el pueblo cuenta con una. Abre la cajuela del Volkswagen 77: laminado hocico cuya perenne sonrisa parece destacar en la parte delantera del viejo automóvil. Y en lugar de una lengua, encima de una gastada llanta de refacción y de una caja metálica de herramientas, ropa interior femenina. Eso es lo que él vende. Calidad inmejorable igual al de las mejores tiendas de la ciudad.
—¿Ve a esas señoras que parecen llevar el culo tan apretado?, pues es porque usan los levantanalgas.
Los extiende a la vista. Tres modelos distintos en tres colores a escoger. Materiales de hechura: licra, algodón. Acomoda el grueso resorte en el brazo y lo estira. Porque la mercancía hay que mostrarla. Una de sus primeras leyes en tantos y tantos años de comerciante. En realidad, los calzones no levantan nada; de hecho, ya está comprobado que encogen a las primeras lavadas. Lo supo cuando en otro pueblo una impetuosa señora llegó a reclamar. Encima de que había pescado una infección vaginal por la licra, el levantanalgas ahora parecía ombliguera. Devolvió el dinero. Aunque luego lo volvió a recibir cuando convenció a la señora de llevarse una tanga a mitad de precio.
—Este no levanta las nalgas, las muestra completas.
Dijo frente a una ya tranquila señora. Por eso pensó en promocionar una que otra oferta. Y recurrió a cartulinas blancas y gruesos marcadores. Las pegaba en las ventanillas del Volkswagen 77, apenas recién adquirido en un lote de coches usados. Recurría a frases escuchadas en anuncios de la televisión y la radio. Elegancia en el vestir. Aunque era una frase para unas horrorosas corbatas italianas la utilizó para promocionar un sostén de encaje color crema con una rosa punteada en la zona de los pezones. Inmejorable poder de seducción. De zapatos para caballero sin agujetas, lo cual era entonces toda una novedad. La utilizó para calzones de licra rojos con un enorme corazón bordado en la zona de la vagina. Una con la cual soltó una carcajada al tomar una curva en el Volkswagen 77: Levanta suspiros de amor. No recuerda si se refería a la alarma exacta de un reloj japonés, o si se trataba del anuncio de una pastelería. Esta frase la descartó de las cartulinas. Pero de aquí se le ocurrió el nombre para el calzón. Tipografía chueca. Luego las colocó y esperó durante varias horas. En ocasiones encendía el radio del coche. Lo que alcanza a escuchar de cualquier estación de radio. Otras, insertaba el único cassette con el que contaba. El dueño del lote lo puso en sus manos para que probara que el estéreo funcionaba a la perfección. Tras insertarlo, los dos se quedaron en silencio.
—¿Qué es?
Él se refería a la música. La mirada del dueño del lote se hizo chiquita y luego se rascó la cabeza.
—Música medio rarita… quédatelo, va junto con el coche.
En la caja de plástico leyó Novena Sinfoníade Beethoven. Como sea, terminó por aburrirle esperar tanto para que alguien al fin cantara.
(taringa.net)
Una que otra mujer llegó. De pie frente a las cartulinas. Y se retiraron luego de algunos minutos sin comprar nada. Hasta que se enteró que eran demasiados los pueblos donde la gente no sabía leer. Y mucho menos las mujeres. Entonces mandó a la mierda las cartulinas.
—Tenía ganas de orinar.
Algo escapa de su boca cuando lo dice. El de la estopa cree que se trata de un diente. Nadie da cuenta de ello.
Pensó en las dos últimas Modelo de lata.
—¡Pinche calor infernal!
Con el rostro sudoroso, así repitió cuando su cuarteada frente se reflejó en el espejo retrovisor del Volkswagen 77 antes de aparcar al lado de una ruinosa construcción. Una vez que descendió del vehículo, tras él sinuoso camino y refracción de luz en un aire por demás abrasador. Y un atosigante silencio. Dio unos cuantos pasos y no lo olvida: acrobáticos buitres negros montados en las alturas en asimétricas e invisibles figuras. Que había visto a esas aves infinidad de veces por esos lugares, seguro. No obstante, algo ahí llamó su atención: violentos, dos de ellos se perseguían; uno consiguió elevarse y, al hacerlo, una vez que extendió sus alas, dejó caer un pedazo de pútrida carne. Él permaneció con la verga en la mano y con los pantalones de mezclilla a la altura de las rodillas. Trastabillando, acaso impulsado por la curiosidad, avanzó. Fue cuando pensó en la mujer buitre.
—El Emiliano dice que se le aparece su vieja y este pendejo cree en mujeres buitres…
Dijo alguien. Tal vez el mismo de la estopa. O el gordo Quixtlihuac, quien se mantenía a la espera para volver a agarrar a chingadazos al hombre.
Calló la historia de la mujer buitre que le escuchó a un viejo en otro pueblo: atascado de sustos vio a una mujer colgada de los brazos en lo que parecía ser un corral detrás de la ruinosa construcción. Luego las negras alas. Adheridas a la espalda por quién sabe cuáles demoniacos hechizos. Y los pedazos de carne en disputa en los picos enrojecidos de varios buitres negros.
Y mechones de cabellos…
Restos de carne que, al no digerirla, algunas aves escupen.
Desnuda la mujer. Un lento goteo de perlas púrpuras desde una inflamada nariz hasta la mata de vellos de un empolvado sexo, y un buitre negro de movimientos veloces con el último escurridizo bocado del femenino rostro en su pico.
Lo primero que hizo fue subirse los calzones y el pantalón de mezclilla. No es que él sea muy religioso, pero sucesos así te obligan: se persignó frente a la mujer. Da cuenta de una imagen: el cadáver de la mujer agujereado por el silencio del lugar y el festín de los buitres antes de percatarse de su presencia y emprender su apresurado vuelo.
Cuando vas de pueblo en pueblo lo que menos busca son problemas. Y una muerta es una muerta donde quiera que sea. Antes de huir abrió la cajuela del Volkswagen 77 y regresó. Como sea no iba a dejar a la mujer sin ropa interior. Y ese levantanalgas lo terminó por delatar.