Lawrence Ferlinghetti: “Los beats abrimos el camino a los hippies”

POR Xavi Ayén

¿Por qué no hay mujeres beat? “Bueno, sí hay algunas, como Diane di Prima. Sucede que Ginsberg era el que cooptaba a los nuevos. Era gay, y promovía a sus amigos. Muchos poetas fueron publicados por la única razón de que les apadrinaba un genio como Ginsberg; si no, jamás lo hubieran conseguido. Muchos eran novios suyos”.

Barcelona, España. San Francisco tiene un downtown envidiable, además de una enorme zona verde que rivaliza con el neoyorquino Central Park, la arquitectura imponente del Golden Gate, la isla penitenciaria de Alcatraz… pero para muchos de sus visitantes es, sobre todo, la ciudad de los beatniks, el lugar donde vivieron y, en una atmósfera bohemia, crearon y lanzaron su mensaje al mundo. De ahí que haya muchos turistas que busquen en sus mapas los puntos que este grupo de escritores marcó de modo indeleble, especialmente en el barrio de North Beach –con la sinuosa Lombard Street—, el lugar donde sigue vivo su espíritu, con aún muchos poetas en sus bares.

La librería City Lights (en el 261 de Columbus Avenue), propiedad de Lawrence Ferlinghetti, es el epicentro, justo al lado de la Jack Kerouac Alley. Frente a la librería, en el 540 de Broadway, se alza el Museo de los Beats –rodeado de bares de top-less—, cuya entrada sólo cuesta cinco dólares y además “te los devolvemos si crees que la visita no los costaba”. En dos (pequeñas) plantas se muestra la historia del movimiento, a través de varias anécdotas y se exhiben objetos como la máquina Olivetti en que escribía Ginsberg, una camiseta blanca de Kerouac, fotos de álbumes privados de los autores y primeras ediciones de las obras.

Kerouac, Ginsberg, Burroughs… y Ferlinghetti. Añadan los mosqueteros beat que quieran a la lista, pero en todas ellas figura, como el D’Artagnan del grupo, Lawrence Ferlinghetti, el viejo poeta, editor, pintor y librero que galvanizó al movimiento. En los tres pisos de su mítico establecimiento City Lights hay colgados carteles que dicen, por ejemplo, “donde las calles del mundo se encuentran con las avenidas de la mente” o mesas individuales con su silla en las que es posible sentarse a leer cualquiera de los libros a la venta sin pagarlos (“siéntate y lee”, instiga otro cartel). Ferlinghetti es poco conocido en España a pesar de ser el poeta vivo más vendido en Estados Unidos. Este hombre inteligente y divertido, que ha conseguido hacer negocio vendiendo y editando poesía, personaliza como nadie ese movimiento beat al que el Pompidou de París acaba de consagrar una exposición. Ferlinghetti –que explica cosas como que “compartí una novia con Richard Brautigan” o que define a Pablo Neruda como “una gran tortuga”— recibe a este diario en su piso de San Francisco.

“He estado varias veces en Barcelona –comienza diciendo—. La primera de ellas, en 1948. Me alojé en el hostal Ambos Mundos, en la plaza Real. Luego, ya en los años 60. Traté también a un director de cine, Bigas Luna, que estaba tramando una película junto a Charles Bukowski, de quien se hizo amigo, basada en unos cuentos que yo le había publicado en City Lights, pero finalmente no se llevó a cabo”. Visitó la Sagrada Familia: “Gaudí me pareció un arquitecto horrible, aunque todo el mundo piensa que aquello es hermoso”. También trató a su agente literaria, Carmen Balcells: “Fui a su oficina, ella vendía no sólo mis libros sino todo el catálogo de City Lights. La recuerdo tras la mesa de su despacho, grande y amenazante. Se me quedó mirando de arriba a abajo, por encima de sus gafas, y me dijo: ‘¿Así que este señor es el gran Ferlinghetti?’’, como diciendo ‘¡vaya tipo me han traído!’. Yo le respondí: ‘Vaya, así que es usted la gran Carmen’, ja, ja”.

En 1953 fundó la librería, con el único objetivo de financiar una revista homónima que hacían él y sus amigos. “El nombre era por la película de Chaplin, le pedimos permiso para usarlo y nos autorizó. Pensamos que, si vendíamos algunos libros en el sótano, tendríamos dinero para la revista. Decidimos centrarnos en libros de bolsillo y revistas políticas, y tuvimos un éxito enorme desde el principio. Durante muchos años, el dinero de la librería nos sirvió para financiar la editorial, fundada dos años después. No queríamos ganar dinero, todo lo reinvertíamos. Hoy, cada vez es más difícil tener una librería, con Amazon comiéndose el negocio. Nosotros nos hemos quedado casi solos como librería independiente que pone la cultura por encima de todo. Mire Nueva York, el panorama de sus librerías es terrible. Nosotros creemos en esos amantes de los libros que nunca los comprarán ni los leerán por Internet. ¡Somos millones!”

Antes de fundar City Lights, fue marine durante la Segunda Guerra Mundial y dirigió uno de los grupos que desembarcaron en Normandía. Al poco, seis semanas después de la bomba atómica, se fue a Nagasaki: “Aquello me convirtió en un pacifista inmediatamente, era la obra de un monstruo, y ese monstruo era Estados Unidos”.

Aunque no le gusta el término beatnik –“nos bautizó así un columnista de cotilleos, para relacionarnos con el Sputnik soviético”— se resigna al extendido uso de esa terminación. De su amigo Allen Ginsberg, recuerda que “la primera vez que lo vi fue cuando vino a la librería. Era 1955, se presentó y me trajo su manuscrito de Aullido, y primero montamos un recital, el 13 de octubre, en Six Gallery, para oírlo en voz alta, con unas pocas sillas. Me tocó profundamente, nunca había oído nada semejante, me di cuenta enseguida de que aquello marcaba un nuevo tiempo, era como haber asistido a la invención de la televisión. A la mañana siguiente, le escribí un telegrama: ‘Te saludo en el comienzo de una gran carrera’”.

Sin embargo, publicar aquel libro le llevó al banquillo de los acusados. “La policía entró a la librería y nos acusaron de vender material lascivo y pornográfico por ese libro. En el juicio nos defendió la Unión Americana de Defensa de las Libertades Civiles, no teníamos ni un duro para abogados, siempre les estaré agradecido. Al final ganamos, en un juicio en que poetas, profesores y lingüistas declaraban como testigos, y demostramos ante el juez que una palabra no podía ser considerada obscena por ella misma y que lo que prevalecía era el valor literario y el significado social. Era una época en que tenían problemas judiciales desde El amante de lady Chaterley de D.H.Lawrence hasta los libros de Jean Genet. Nuestra sentencia abrió las puertas, sentó jurisprudencia a favor de la libertad de expresión”. Ginsberg, “mientras se celebraba el juicio, estaba en Marruecos… o a bordo de un barco”.

Para él, “los beats fueron la prehistoria de los hippies, sacaron a la luz todos sus temas, desde el ecologismo al pacifismo. Creo que el mundo sigue necesitando ese mensaje, aunque ya no existen esas carreteras abiertas que inspiraron no sólo a Kerouac sino también a Whitman o Jack London”.

Con Kerouac “hablábamos en francés, él tenía acento canadiense y le molestaba que en París se rieran de él por eso. Se instaló en mi cabaña unos días para escribir Big Sur. Una mañana, en la playa, frente a las olas, me preguntó: ‘Lawrence, ¿qué dice el mar?’ y a mí me dio por responderle: ‘Les poissons de la mer parlent breton’ y luego vi que incluyó ese verso en el libro. Bebía mucho. Un día, fue a ver a Gallimard en París, pero este no le recibió. Decepcionado, a la salida fue bebiendo por todos los bares del camino, y me llamaron a mí a la librería Shakespeare & Company, donde estaba, gritándome: ‘Monsieur Galimard est furieux!’ porque no le habían advertido de quién le estaba esperando, pero ya no le pudieron localizar. Sus periplos etílicos le impedían llegar a las citas: Henry Miller le admiraba y quedaron en casa del poeta Ephraim Donner. Pasaban las horas y Keoruac no llegaba, de vez en cuando llamaba desde algún bar diciendo: ‘Llego en dos horas’… pero no lo hacía. Miller se fue muy enfadado, y jamás se vieron”.

Algunos decían que el primer pensamiento es el mejor, eso viene del budismo, la primera idea que brota es la correcta. ¡Jamás he escrito poesía de ese modo!»

Después de En la carretera, Kerouac obtuvo “la fama instantánea, desde el momento en que The New York Times publicó una reseña muy elogiosa. Fue de la noche a la mañana, él vivía con su madre, a quien cuidaba. No volvió a salir a la carretera, al ser tan conocido ya no podía. La fama es un desastre para un artista creativo porque todo el mundo te pide que hagas lo mismo, que interpretes tu rol y te llenan la agenda de un montón de cosas inútiles”. Dice que Kerouac “no estaba de acuerdo con las ideas políticas de los otros beat, él era más bien derechista, incluso reaccionario, se discutía con Ginsberg y Corso por eso”. Entre los poetas de izquierda, había algunos que tenían armas, como Gary Snyder, “que llevaba pistola, lo que a mí me chocaba mucho, sentía que si iban armados no se diferenciaban mucho de los radicales de derecha”.

El descubridor e impulsor de tantos grandes nombres marca sus distancias en lo poético. “Ginsberg fundó, en 1974, la Jack Kerouac School, donde defendían la poesía espontánea, todo un movimiento. Decían –y peor: enseñaban— que el primer pensamiento es el mejor, eso viene del budismo, has de limpiar tu mente de todo, y la primera idea que brota es la correcta, no debes corregirla, pulirla, limpiarla, simplemente darla a conocer. ¡Jamás he escrito poesía de ese modo! Millares de estudiantes se lo creyeron y se han cometido grandísimas gansadas. Una mente privilegiada y excepcional como la de Ginsberg puede producir espontáneamente piezas interesantes. Sin embargo, ¿qué pasa con la mayoría de la gente que no es capaz de eso? Yo mismo no habría producido nada interesante de ese modo”.

¿Por qué no hay mujeres beat? “Bueno, sí hay algunas, como Diane di Prima. Sucede que Ginsberg era el que cooptaba a los nuevos. Era gay, y promovía a sus amigos. Muchos poetas fueron publicados por la única razón de que les apadrinaba un genio como Ginsberg; si no, jamás lo hubieran conseguido. Muchos eran novios suyos”.

Ferlinghetti sigue trabajando. “El 8 de julio, inauguró una exposición de pintura, y he enviado una novela-memoria a mi editor en Nueva York”, comenta con ilusión, antes de despedirse. En el exterior, a unos cuantos metros de su librería –cada día repleta de gente hasta medianoche— uno piensa, algo aturdido por el intenso sol y las empinadas calles de San Francisco, que, al menos, mientras haya un beatnik vivo, habrá esperanza en el mundo.

FOTO Portada Lawrence Ferlinghetti, en la puerta de su librería (REUTERS)

Tomado de: La Vanguardia. Febrero 24, 2021.