Gerard de Nerval: locura y genialidad literaria

POR Marcelo Miranda* y M. Leonor Bustamante**

Gerard de Nerval fue un escritor, poeta y ensayista francés, precursor del surrealismo que utilizó por vez primera dicho término en la literatura e influyó en muchos escritores modernos. Desde los 32 años, Nerval tuvo episodios psicóticos recurrentes mezclados con una depresión severa, lo que provocó muchas hospitalizaciones y finalmente su muerte. La enfermedad mental influyó claramente en sus obras y aportó originalidad a su prosa y poesía. Sin embargo, nunca se ha dado una explicación clara a su trastorno mental

Gerard de Nerval (París, mayo 22, 1808- París, enero 26, 1855) es el pseudónimo del escritor francés Gerard Labrunie. Nerval constituye un ejemplo dramático de los efectos de una enfermedad en la creación artística de un genio de la literatura universal. Aunque es poco conocido en nuestro medio, su novedoso aporte es utilizar en la literatura sus estados patológicos, constituyendo así un antecedente surrealista. Esto, sumado al impacto de su trastorno mental hacen relevante una mayor difusión de su vida y obra. En este artículo se analizan las evidencias que nos dan sus libros y el testimonio directo de sus colegas para plantear una hipótesis que explique su enfermedad mental.

Nerval fue hijo de Etienne Labrunie, quien fue médico en el ejército de Napoleón y Marie Antoniette Marguerite Laurent. La muerte de la madre de Nerval, cuando este aún no cumplía cuatro años, lo influenció notoriamente. Nerval recibió una primera educación con sus tíos en Valois, en las afueras de París, y a los diez años se trasladó a la capital para continuar su educación.

Inició estudios de Medicina a instancias de su padre, los que abandonó por su vocación literaria.

Nerval recibió gran influencia de Alemania, país que amaba intensamente; se le ha llamado el más alemán de los escritores franceses. A los 19 años, Nerval tradujo Fausto de Goethe, causando la admiración del gran poeta alemán. Tradujo también a Schiller y a Heinrich Heine.

Nerval es considerado como el ejemplo más puro del romanticismo en la literatura francesa, pero, a la vez, está a la vanguardia de ese movimiento, al ser precursor del simbolismo y surrealismo, tal como lo afirmó el principal vocero de esa tendencia artística del siglo XX: André Bretón.

En vida, Nerval no logró conocer el éxito, pero su obra influyó en figuras como Baudelaire, Rimbaud y Marcel Proust. Baudelaire reconoció su genio, y curiosamente, en forma casi simultánea, el de Edgar Allan Poe, quien comparte con Nerval, además de una existencia trágica, un escaso reconocimiento en vida. Baudelaire habla de ambos diciendo que reivindica con ellos dos nuevos “derechos del hombre”: el derecho a “contradecirse” y el derecho a “marcharse”.

Nerval estableció una muy buena relación con Alejandro Dumas padre, Théophile Gautier y Victor Hugo. Gautier fundó un curioso club llamado El Club de los Hachisianos, que tuvo su apogeo entre 1844 y 1849. El club reunió a la élite intelectual de la época, incluyendo al pintor Delacroix, a los escritores Charles Baudelaire, Alejandro Dumas, Balzac, Flaubert y a Nerval. Todos se reunían motivados en conocer nuevas experiencias sensoriales inducidas por drogas como el opio y, especialmente, por el hachís, que es un producto derivado del cannabis, con más poder alucinógeno que la marihuana. A raíz de esas experiencias escribió el cuento La historia del califa Hakem, donde el personaje principal experimenta y describe los efectos del uso del hachís.

La búsqueda de un eterno femenino

En 1833 se enamoró de la actriz y cantante Jenny Colon, a quien le dedicó una devoción permanente. Sin embargo, Colon se casó más tarde con un músico, provocando el desconsuelo de Nerval, quien la personificará en Aurelia y Sylvia, personajes de dos de sus obras más famosas.

En 1834, recibió una herencia de su abuelo, lo que le permitió independizarse de su padre. Sólo que en 1836 se arruinó debido a un muy mal manejo del dinero. Un ejemplo de su derroche fue la revista de poco éxito Le Monde Dramatique, creada por él para promover la carrera teatral de Jenny Colon. La muerte prematura de esta en 1842, a los 34 años, agravó el trastorno mental de Nerval, ya iniciado en 1840 con episodios psicóticos que duraron hasta su muerte, 15 años más tarde.

En un esfuerzo por olvidar esta gran pena, Nerval viajó por Oriente y África. Otros amores que para Nerval representaron la reencarnación de Jenny Colon fueron la pianista Marie Pleyel y la aventurera inglesa Sophie Dawes, quien deslumbró a Nerval con sus cabalgatas de amazona por los bosques de la campiña francesa. Dawes es representada por Adriéne en la obra Sylvia, en la que, el protagonista, quien es el propio autor, dialoga con un amigo que encuentra al asistir a contemplar y escuchar a la ópera a la mujer que ama. Frente a la pregunta de este de “a quién viene a ver”, el protagonista responde “es una imagen lo que persigo, nada más”.

En dicha respuesta está el espíritu de Nerval y su visión, que sobrepasa la de los artistas románticos, para quienes el amor se personifica en una mujer, la que inventa en un texto, un cuadro o una melodía. Para Nerval, en cambio, el amor excede la figura de una mujer, llama amor a su ansiedad, a una persecución de su espíritu que tiene más que ver con lo metafísico que con lo real.

El reflejo de su psicosis en su obra

En la obra de Nerval y en su manera de comportarse aparecen evidencias de distintos fenómenos psicopatológicos que comprometen afecto, pensamiento y sensopercepción. Su obra Aurelia contiene lo más psicótico de su producción literaria y fue escrita en pleno periodo de su enfermedad. Aunque para él la locura es “el desbordamiento de los sueños en la realidad”, Nerval es capaz de darse cuenta que no es su estado normal sino uno enfermo. Así, en una carta al salir de un sanatorio en 1841, luego de su primer episodio psicótico, comentó a la esposa de Dumas: “Ayer me encontré con Dumas. Le dirá que he recobrado lo que está convenido llamar razón, pero no crea una palabra. Soy y he sido siempre el mismo… La ilusión, la paradoja, la presunción, son todas ellas enemigas del buen sentido, que nunca me ha faltado. En el fondo, he tenido un sueño muy divertido y lo echo de menos; he llegado incluso a preguntarme si no es más verdadero que lo único que me parece explicable y natural hoy. Pero como hay aquí médicos y comisarios que velan porque no se extienda el campo de la poesía a expensas de la vía pública, sólo me han dejado salir y vagar definitivamente entre las gentes razonables cuando convine muy formalmente en haber estado enfermo, lo cual le costaba mucho a mi amor propio e incluso a mi veracidad… Para acabar, convine en dejarme clasificar en una ‘afección’ definida por los doctores y llamada, indiferentemente teomanía o demoniomanía en el diccionario médico. Con ayuda de tales definiciones, incluidas en estos dos artículos, la ciencia tiene el derecho de escamotear o reducir al silencio a todos los profetas y videntes predichos por el Apocalipsis, ¡uno de los cuales me jactaba de ser yo!”

Nerval fue muy celoso de que no se diera a conocer al público lector su enfermedad, se molesta y reacciona irónicamente contra Dumas por la nota del epígrafe de este artículo y que se menciona en mayor longitud más adelante. En el prólogo de Las hijas del fuego, Nerval se defiende y explica que su extraña conducta sólo refleja la compenetración del autor con sus personajes, llegando a hacer uso de sus sueños y fantasías. Para Nerval “los sueños son una segunda vida” y este postulado lo transfiere a su obra.

Alejandro Dumas en su comentario sobre Nerval nos da indicios sobre su trastorno: “… su hábitat podría ser, ni más ni menos, que un fumadero de opio del Cairo o un comedor de hachís de Argel, y entonces, la vagabunda que ella es [se refiere a la imaginación de Nerval, lo lanza a las teorías imposibles, a los libros irrealizables. Ora es el rey Salomón, ha vuelto a encontrar el sello que evoca a los espíritus, espera a la Reina de Saba; y entonces créanme, no hay cuento de hadas o de Las Mil y una Noches que valga lo que él cuenta a sus amigos, que no saben si deben compadecerlo o envidiarlo de la agilidad y del poder de esos espíritus, de la belleza y riqueza de esa reina; ora es sultán de Crimea, conde de Abisinia, duque de Egipto. Otro día se cree loco y cuenta cómo llegó a estarlo, y con tan alegre brío, pasando por peripecias tan convincentes, que cada cual desea estarlo para seguir a ese guía irresistible por el país de las quimeras y de las alucinaciones. Ora finalmente, es la melancolía la que se convierte en su musa y entonces, retengan sus lágrimas si pueden; pues nunca Werther (personaje de la obra homónima de Goethe), nunca Rene (personaje de obra homónima de Chateubriand); han tenido quejas más punzantes, sollozos más dolorosos, palabras más tiernas y gritos más poéticos…”.

Una de las situaciones que provocaron su internación fue el verlo pasear a una langosta con una cinta azul. La mala crítica a una de sus obras y la indiferencia frente a la reedición de Viaje a Oriente le provocan una crisis que lo llevó al hospital en enero de 1852. Si bien ese año continuó con una actividad frenética, en 1853 y 1854 requirió de internaciones periódicas. En el invierno de 1854, después de una crisis grave, se le permitió vivir con una tía en París. No parecía muy repuesto, vagabundea, trasnocha en los barrios bajos, en calles y desaparece por varios días seguidos. El 24 de enero dejó una nota a su tía: “… Cuando ya haya triunfado de todo, tendrás tu lugar en mi Olimpo, como yo tengo mi lugar en tu casa. No me esperes hoy, pues la noche será negra y blanca…”.

La vida del escritor se vio truncada el 26 de enero de 1855, al colgarse en la Vielle Lanterne de París, siendo enterrado en el cementerio de Pére-Lachaise. Ese trágico hecho inspiró más adelante un grabado de Gustave Doré.

Las obras principales de Gerard de Nerval son: Viaje al Oriente (1851), donde reúne experiencias de viajes por Europa (Italia, Inglaterra, Alemania, Austria, Holanda y Bélgica) y África. Los iluminados (1852) es una colección de novelas sobre varios personajes bizarros del periodo pre y post revolución francesa, como Nicolás Restif. Las hijas del fuego (1854) es una obra fundamental y consiste en bosquejos femeninos en los que mezcla sueño y realidad, reminiscencias de su infancia y adolescencia marcadas con una gran nostalgia por la pérdida precoz del amor materno. Sylvia, publicada un año antes, en 1853, forma parte de Las hijas del fuego y es considerada por críticos como Umberto Eco “uno de los libros más bellos jamás escritos”. Las hijas del fuego fue acompañada en la edición con los poemas Las quimeras, considerados los más importantes en la literatura francesa y que, de acuerdo con el prestigioso crítico Harold Bloom, ameritan considerar a Nerval entre los cien grandes creadores de la literatura universal.

Aurelia (1855) es el último libro de Nerval y uno de los más trascendentes para los surrealistas. El autor narra episodios depresivos muy severos en los que se aprecia una gran tristeza, ideas de culpa y de autoeliminación, como también fases maníacas con marcada actividad alucinatoria como en el siguiente relato: “Aquí empezó para mí lo que llamaré el desbordamiento del sueño en la vida real. A partir de aquel momento todo tomaba, a veces, un aspecto doble, y eso sin que el razonamiento careciere nunca de lógica, sin que la memoria perdiese los más leves detalles de lo que me sucedía. Sólo que mis acciones, insensatas en apariencia estaban sometidas a lo que llaman ilusión, según la razón humana. Me creí transportado a un planeta oscuro donde se debatían los primeros gérmenes de la creación. Vi monstruos que cambiaban de forma y, despojándose de sus primeras pieles, se alzaban más poderosos sobre patas gigantescas, la enorme masa de sus cuerpos rompía las ramas y las hierbas, y en el desorden de la naturaleza, se entregaban a combates en los que yo mismo tomaba parte, pues tenía un cuerpo tan extraño como el de ellos. De repente un aire divino, el planeta se iluminó, todos los monstruos que había visto se despojaban de sus formas extrañas y se convertían en hombres y mujeres; otros revestían en sus transformaciones, la figura de los animales salvajes, de los peces y de los pájaros”.

En otro segmento de Aurelia relata: “Un domingo me desperté con un dolor sombrío, fui a ver a mi padre y no lo hallé, vagué por calles, llegué a la iglesia de Notre Dame, fui a arrojarme a los pies del altar pidiendo perdón por mis culpas. Pero algo en mi decía: ‘La virgen ha muerto y tus rezos son inútiles, Dios también ha muerto´’. Salí desconsolado, me dirigí a los Campos-Eliseos y luego a la plaza de la Concordia, mi pensamiento era destruirme. En varias ocasiones me dirigí al Sena con ese fin, pero algo me impedía cumplir ese designio. Las estrellas brillaban, pero de repente me pareció que se apagaban, como las velas que había visto en la iglesia. Creí que los tiempos estaban ya cumplidos y que tocábamos el fin del mundo anunciado en el Apocalipsis. Creía ver un sol negro en el cielo desierto y un globo rojo de sangre por encima del jardín de las Tullerías. Me dije: ‘La noche eterna comienza y va a ser terrible’. ¿Qué va a suceder cuando los hombres se den cuenta que no hay sol?”.

Nerval, después de este episodio, menciona: “Allí mi enfermedad se repitió con diversas facetas, pero al cabo de un mes estaba restablecido y pude escribir poco apoco uno de mis mejores relatos (Sylvia, en 1853). Poco después me vi presa de un insomnio persistente, iba a pasearme toda la noche por la colina de Montmatre y a ver levantarse el sol; charlaba alegremente con campesinos y obreros. En otros momentos iba al mercado central y una noche fui a cenar a un café del bulevar y me divertí lanzando al aire monedas de oro y plata”.

En el primer poema de Las quimeras, llamado El desdichado, publicado en 1854, acompañando a Las hijas del sueño, y que es considerado uno de los sonetos más trascendentes y melancólicos de la literatura francesa, Nerval da muestra de su tristeza haciendo una clara referencia en la extraña imagen literaria “sol negro de la melancolía”. Así Nerval parece identificarse con el grabado del artista alemán Alberto Durero Melancolía, obra que admiraba. Las primeras estrofas del poema son:

“Yo soy el Tenebroso –el Viudo— el Sin Consuelo, Príncipe de Aquitania de la Torre Abolida: Mi única Estrella ha muerto; –mi laúd constelado También lleva el Sol negro de la Melancolía…”

En otro poema melancólico, llamado Epitafio, se ha querido ver, precisamente, su propio epitafio:

“Vivió alegre unas veces igual que un pajarillo Tan pronto amante y tierno, tan pronto descuidado, Un buen día escuchó en su puerta un llamado. ¡Era la Muerte! Entonces pidió ser excusado Mientras dejaba su último soneto concluido, Después sin conmoverse fue a ocupar acostado El cofre en que su cuerpo tiritaba de frío Era holgazán, según lo que de él se ha contado, Siempre dejó secar la tinta demasiado. Quiso saberlo todo más nada ha conocido. Y llegado el momento en que, harto de esta vida, Una noche de invierno, su alma emprendió la huida, Se alejó preguntando; «¿Para qué habré venido?”

La obra de Nerval constituye, por su originalidad, una de las primeras expresiones literarias de los efectos de la locura, y cómo ésta matiza la creación artística.

Las clasificaciones psiquiátricas actuales establecen distinciones entre los trastornos psiquiátricos clínicos, conocidos como del eje I, y aquellos desórdenes subyacentes que involucran a la personalidad o trastornos del eje II. La relación entre ambos es compleja, en la medida que existe una alta frecuencia de comorbilidad y, también, dada la superposición de criterios diagnósticos, de confusión entre ambos grupos de cuadros. Más aún, ciertos tipos de personalidad determinan mayor vulnerabilidad a ciertas patologías psiquiátricas, y, al mismo tiempo, es comprensible que sintomatología del eje I que aparezca precozmente en la vida puede deteriorar la configuración de la personalidad resultando en la instalación de un trastorno.

En este escenario es todo un desafío encauzar la florida psicopatología de Nerval, a la cual se accede a través de sus escritos biográficos y de ficción y de testimonios de conocidos, incluyendo descripciones de sus desajustes conductuales e interpretaciones acerca de su estado anímico, en alguna de las categorías diagnósticas actuales. Si bien probablemente existieron alteraciones estables y ubicuas compatibles con rasgos de personalidad patológicos, algunos elementos que orientan a la presencia de un trastorno de eje I son: la existencia de fases de intenso compromiso funcional intercaladas con periodos de funcionamiento relativamente conservado; la inestabilidad afectiva marcada estableciendo periodos de depresión intercalados con períodos de euforia; la aparición en estos periodos de alteraciones de la sensopercepción; la fluctuación en la tonalidad de los contenidos del pensamiento, manifestando en algunos de sus escritos ideas de culpa y de muerte, mientras que testimonios de sus conocidos hablan de ideas de grandiosidad y de consumo de drogas.

La intensidad de la discapacidad que estos episodios determinaron, terminando en suicidio, sugiere también un trastorno de eje I. Este cuadro se habría iniciado en la adultez de Nerval, y con respecto a su naturaleza, parece corresponder a un trastorno afectivo bipolar. La característica principal de este cuadro son las fluctuaciones anímicas con fases maníacas y depresivas que pueden cursar con síntomas psicóticos y que se presentan con manifestaciones conductuales características y con contenidos del pensamiento depresivo o grandioso, según la fase correspondiente.

En la relación creatividad –psicopatología—, es justamente el trastorno que se ha visto asociado a la productividad artística. El hecho de que Nerval no considera estas manifestaciones como algo totalmente normal, cuestionando y racionalizando su trastorno, como lo presenta en los textos de Aurelia y en el prólogo a Las hijas del fuego aleja la hipótesis que se ha planteado de una esquizofrenia. Como se ha mencionado, el consumo de sustancias era habitual en el artista y su entorno. La sintomatología que ha quedado registrada en los escritos de Nerval y la evolución de su biografía podrían ser explicadas por ese hábito. Aun así, el consumo y la adicción a drogas presentan una relación compleja con los trastornos del espectro bipolar. Es decir, que la presencia de sustancias no es incompatible con la existencia de un trastorno del ánimo, sino que éstos con frecuencia coexisten, y constituyen factores de riesgo recíprocos.

Si bien una epilepsia psicomotora puede originar episodios psicóticos, tienden a ser confusos y sin la claridad de conciencia y recuerdo que tenía Nerval de sus crisis, además alternan con automatismos asociados a manifestaciones visuales u olfatorias, no descritas por Nerval. La hipótesis de una sífilis, tan frecuente en el siglo XIX, tampoco es plausible por la larga evolución y ausencia de signos motores clásicos de parálisis general.

En suma, considerando las limitaciones de un análisis retrospectivo y la escasa evidencia biográfica disponible sobre Nerval, hay elementos concordantes con la hipótesis que haya sufrido una enfermedad del ánimo.

Concluimos citando las palabras de Marcel Proust en relación a Nerval, quien contribuyó mucho a su revaloración: “Si un escritor, en las antípodas de las claras y fáciles acuarelas, ha tratado de definirse laboriosamente ante sí mismo, de esclarecer unos matices turbios, unas leyes profundas, unas impresiones casi inasibles del alma humana, es Gerard de Nerval”.

*Clínica Las Condes. **Clínica Psiquiátrica Universitaria, Hospital Clínico de la Universidad de Chile. Programa de Genética Humana, Instituto de Ciencias Biomédicas, Facultad de Medicina, Universidad de Chile.

FOTO Portada Langosta, acuarela de Albrecht Dürer

Tomado de: Revista Médica de Chile. Enero 2010.