Por qué escribir


POR Jorge F. Hernández
En el sentido más amplio posible, San Jorge Orwell habla de un manifestado deseo de todo escritor por encauzar o dirigir al mundo en un sentido determinado, alterando o alimentando las ideas de los lectores en torno al tipo y grado de sociedad a la que se supone pertenecen en comunidad
George Orwell, un gran solitario de la infancia (guardian.co.uk)
En algún confín de la vergüenza, allí en uno de los rincones más íntimos del silencio, algunos escritores se hacen de pronto la pregunta que quizá se insinuaba desde la infancia, aunque serán los tropiezos de los años los que se encarguen de formular posibles respuestas o placebos: en una suerte de licuadora emocional el escritor hace suya la saliva con la que Pessoa afirmaba escribir porque la realidad no basta y luego se plagia a la torera la vocación apuntalada de que se escribe para sellar un elegante plan de evasión a la Bioy o a la Borges… y al final, quizá suscribir en sintonía con García Márquez que se escribe para que nos quieran más los amigos.

En un breve pero muy preciso ensayo titulado Why I Write, el indispensable autor George Orwell desentraña las posibles raíces de su vocación y declara haber sido un gran solitario de la infancia, con amigos invisibles y diálogos en el vacío que anteceden a su buena manía por escribir tramas, personajes, enredos y finales. Declara sin vergüenza alguna que sus pininos fueron en verso, poemas naturalistas quizá cursis y uno que otro lance épico y patriótico en pro de la defensa de la patria y lo patriótico en tiempos de la Gran Guerra del 14, que incluso le valieron ser publicado en periódico a los 11 años de edad.
Lo que considero más importante de ese breve ensayo son cuatro puntos cardinales que formula Orwell como compás para encontrarle rumbo a la pregunta ¿Por qué escribo? En primer lugar, uno escribe por puro egoísmo, entendido como el deseo de trascender más allá de la muerte y el ansia de que se hable de uno en vida. Según apuntala Orwell, no pocas personas llevan esa savia sobre sus egos y no sólo los escritores: científicos, artistas en general, políticos y cupletistas, empresarios que se dicen líderes y vedettes o lideresas sindicales… a contrapelo del grueso de la gente “normal” que en realidad no persigue protagonismo alguno sino sobrevivencia sin pronombres.
En segundo lugar, Orwell detecta un genuino entusiasmo estético por las palabras fincado en una aguda percepción de las bellezas que nos rodean en el mundo para que alguien sienta sobre la piel las ganas irrefrenables por escribir. Se trata del placer auditivo y epidérmico de palpar las palabras como quien siente cosquillas en la quijada cuando rechina un pizarrón con un diptongo… En fin, que hay rollos y suspiros estéticos que influyen marcadamente en el ánimo de quien se atreve a decirse escritor y luego, según Orwell, esos dos motivos se funden en un honesto deseo por observar las cosas tal como son, mirar al pretérito con el ánimo de sancionar el pasado tal como fue (o como pudo haber sido) y verificar callejones de lo inverosímil, hurgar en las avenidas de los hechos que nos rodean y los que inventamos con la loca de la casa que se sigue llamando Imaginación, hermana de Memoria, madre de Clío.
Paul Auster, no niega ser un ser tocado por la gracia visual de ser guapo incandescente (articulo.mercadolibre.com.ar)
Concluye entonces Orwell que uno escribe por un propósito político. Es más, afirma con mucha razón que aquel que dice que “el arte no tiene nada que ver con la política expresa en sí misma una opinión política”. En el sentido más amplio posible, San Jorge Orwell habla de un manifestado deseo de todo escritor por encauzar o dirigir al mundo en un sentido determinado, alterando o alimentando las ideas de los lectores en torno al tipo y grado de sociedad a la que se supone pertenecen en comunidad. Ahora bien, expresados los cuatro principales motivos de la sintomatología característica del Escritor, San Jorge declara ser una persona más propensa a cultivar las tres primeras (fardando su egoísmo, deleitándose con cada sílaba y sus sonidos y buscándole verdad a los pasados presentes…), pero que la realidad y las circunstancias lo volvieron un escritor más concentrado en el cuarto sabor: “Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así” y transpiro el impulso político de no dejar ni un solo renglón, ni una línea sin la obligación de denunciar toda forma de autoritarismo y totalitarismo y en pro de lo que él entiende por socialismo democrático (que habría que recordar constantemente sus raíces etimológicas para que no se asusten los que siempre se asustan con esas palabras). Así, con una especie de reveladora Mea Culpa, espejo hecho de breves párrafos, George Orwell explicaba a sus lectores y a sí mismo la morfología íntima de su gran literatura, los motivos de su tinta que son los murmullos de su conciencia sin ambages ni velos, ni mentiritas por muy piadosas que sean.
Algo similar se propuso quizá Paul Auster al publicar e intentar hacernos cómplices de su más reciente obra titulada Winter Journal, publicada en español como Diario de invierno por Anagrama. En lo que puede considerarse una auténtica felpa, el crítico J. Robert Lennon (al parecer no relacionado con el evangelista de Liverpool) hace literalmente trizas el libro de Auster: opúsculo “rampante, colección informal de memorias, elucubraciones y anotaciones que se presentan en segunda persona del singular, ligeramente relacionadas con los temas de la vejez y el cuerpo”. Efectivamente, hay un vado inmenso entre el Cuaderno rojo que publicara hace años el neoyorquino de la mirada de azar, y este Cuaderno del falso invierno de sus apenas 65 años, que pretende ser autorretrato en sepia, para la posteridad ya garantizada, donde se declara clon de Keats (porque alucina que empuña la pluma fuente, negra y gruesa, igualito que lo hiciera el gran poeta ya fantasma) o porque no niega ser un ser tocado por la gracia visual de ser guapo incandescente (algo que me une a su literatura) y asegura que hasta las putas de París lo trataban bien por no ser panzón ni feo. Concuerdo con Lennon en que no precisábamos saber que Auster define al arte de caminar como “poner un pie delante de otro… y luego, el otro”. ¡Yo que le era incondicional lector y amigo de cada mirada! Ni hablar, por Orwell, hoy suscribo lo publicado por Lennon en The Guardian: no necesitábamos los lectores de un gran escritor confirmar que sobre los muchos motivos que influyen en su afán por “sangrar tinta sobre las páginas” predomina el mero egoísmo de creerse Melville o Molière, habiendo tanto Tartufo… y tanta ballena suelta.