Nabokov: de enroques y literatura

POR Manuel Azuaga Herrera

“No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio”, señala el escritor en su libro La defensa

Cuando en esta misma sección hablé de Miguel de Unamuno y de su relación con el ajedrez hice una pausa para poner el foco en una coincidencia que califiqué de fascinante: La novela de Don Sandalio se publicó el mismo año que La defensa de Vladímir Nabokov. Ambas son, en mi opinión, las dos obras cumbre de la literatura ajedrecística y aparecen, como por un hechizo sincronizado, en 1930. Posiblemente formen un triángulo mágico con Novela de ajedrez de Stefan Zweig, publicada más tarde, en 1943, pero la simultaneidad creadora que se da entre Unamuno y Nabokov es única porque transciende la mera coincidencia en el tiempo.

Tanto Don Sandalio como Luzhin, sus protagonistas, sufren una confusión paranoide entre la realidad que observan y la obsesión que sienten por el juego. Nabokov sabe sacar provecho de ello y, con la maestría de un entomólogo (la gran pasión del escritor ruso fueron las mariposas), revolotea sobre esta condición enfermiza de Luzhin, estira el rasgo hasta el extremo y nos muestra a un personaje que sólo puede pensar en ajedrez, hablar de ajedrez, respirar o soñar ajedrez. Y así como sucede en el título que Oliver Sacks eligió para El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Luzhin acaba por confundir a su prometida con un elegante alfil. Unas páginas más adelante, Luzhin “comienza a extraer cosas de sus bolsillos”, entre ellas “un hueso de melocotón”, y le dice a su amada: “Es la única salida. Tengo que abandonar el juego”. Pero la variante que con tanto afán había buscado para su enfrentamiento contra Turati, un temible jugador, acaba en suicidio.

La defensa fue el primer gran éxito de Vladímir Nabokov (1899-1977), así que podemos decir que el ajedrez, como trama y fondo central de su vida y de su obra, le dio a conocer como escritor. Él mismo confiesa que “…de todos mis libros rusos, La defensa es el que posee y difunde el mayor ‘calor’, lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez”. “De hecho –añade–, Luzhin ha sido considerado encantador por muchas personas que no entienden nada de ajedrez y por otras a las que no han gustado mis restantes libros”. El escritor y crítico mexicano Luis Ignacio Helguera (gran jugador, por otra parte) dejó evidencia de que la novela puede ser disfrutada “…tanto por ajedrecistas como por lectores no ajedrecistas, en función de los distintos planos de lectura”. Y así es.

Nabokov nació en 1899 en el seno de una familia rusa aristocrática. Su bisabuelo fue gobernador de la fortaleza de San Pedro en San Petersburgo, donde Dostoievski (casualidades literarias) estuvo prisionero. El abuelo fue ministro de Justicia de tres zares distintos y el padre de Nabokov, de ideas liberales, llegó a ser miembro de la Duma, desde donde se enfrentó al zar Nicolás II, lo que pagó con tres meses de cárcel. Su madre fue la baronesa Maria Bon Korff, mujer influyente y culta. El pequeño Volodia, como le llamaban en casa, disfrutaba de una vida acomodada y de unos veranos idílicos en los que descubrió la naturaleza y su afición por las mariposas. Algunas fuentes cuentan que la familia Nabokov tuvo hasta cincuenta criados, pero con la llegada de los bolcheviques aquel tiempo de paz y gloria batió las alas. Se instalaron en Berlín, donde se calcula que llegaron unos 200 mil exiliados rusos. Mucho tiempo después, Nabokov recordó la huida en barco: “…intenté concentrarme en una partida de ajedrez con mi padre. Uno de los alfiles había perdido su cabeza, y una ficha de las que se emplean para apostar en el póker ocupaba el lugar de una torre”. A partir de ese momento, Nabokov saltó de un lugar a otro como un caballo errante: Cambridge, Berlín, París, Nueva York y Montreux (Suiza), última casilla de su aventura en blanco y negro.

Su estancia en Berlín (1921-1937) le formó como escritor y como problemista de ajedrez. Su primer problema fue publicado el 20 de abril de 1923 en el periódico Rul bajo el pseudónimo V. Sirin. Tenía un talento especial para crear posiciones retrospectivas, aquellas en las que la solución exige retroceder con una o varias piezas, “echar hacia atrás” lo que ves en el tablero para, de inmediato, volver a la posición de inicio, que debido a ese vaivén ya no será la misma. He llegado a pensar que este tipo de juegos nabokovianos (estar y no estar al mismo tiempo) no son tanto un desafío en sí mismo como una bella metáfora de su naturaleza apátrida. Nabokov escribió: “Los problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas virtudes que caracterizan a todo arte digno de este nombre: originalidad, inventiva, concisión, armonía, complejidad y una espléndida falta de sinceridad. Los problemas son la poesía del ajedrez”.

Y, por si quedara alguna sospecha, sentenció: “Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio”.

En marzo de 1922, tras una conferencia ofrecida en Berlín, el padre de Nabokov, Vladímir Dmítrievich, fue asesinado. Al parecer, Nabokov presenció la escena junto a su hermano Serguéi. Dos ultraderechistas querían liquidar a otro líder político, pero Dmítrievich hizo de escudo y se llevó los balazos. Tras aquella desgracia, Nabokov sobrevivió como pudo, daba clases de tenis, inglés y boxeo, cualquier cosa para ganar unos marcos. Frecuentó las cafeterías y los clubes de ajedrez de la ciudad y a menudo jugó contra Evsei Slonim, un tipo de origen judío. En 1923 conoció a Vera E. Slonim, hija de éste, con quien se casó y compartió el resto de su vida. También la noble afición por el juego.

El periodista Hugo Vargas me recuerda desde México un episodio que incluyó hace años en su artículo Vladímir Nabokov: ajedrez con mariposas. En abril de 1926, Aaron Nimzovich, padre de la conocida escuela hipermoderna (corriente teórica que apuesta por controlar el centro del tablero desde la distancia, sin tener que ocuparlo directamente con los peones), ofreció una exhibición de simultáneas en el Equitable Café de Berlín. Nabokov fue uno de los 40 rivales de aquel encuentro y “…aunque dijo tener una buena posición, perdió la partida. Una semana después también perdería contra el futuro campeón mundial, Alexander Alekhine, de quien fue un fiel seguidor y, como él, era exiliado ruso”.

La presencia del ajedrez en la obra literaria de Vladímir Nabokov no es anecdótica, es una constante y un hilo conductor. Ya lo era desde sus primeras novelas escritas en ruso. A veces, simplemente juega con el lector y deja señuelos, como en La verdadera vida de Sebastian Knight, donde Knight hace clara alusión (en inglés) a la pieza del caballo. La propia trama de esta novela ha sido identificada por la crítica como un diagrama de ajedrez. También es conocido que Turati, el rival de Luzhin en La defensa, no es más que un hábil juego de palabras que evoca la pieza de la torre y el nombre propio del ajedrecista Richard Reti. En 1925, anoten la curiosidad, Nabokov participó como extra en la maravillosa película documental La fiebre del ajedrez del ruso Pudovkin, lo que le permitió coincidir en el reparto con Reti (precisamente) y con jugadores de la talla de Grunfeld, Frank Marshall o Capablanca, por aquel entonces campeón del mundo. Ya pueden imaginar cómo serían los descansos del rodaje.

Ahora que les hablo de cine es obligado nombrar que en 1962 se estrenó Lolita, dirigida por Stanley Kubrick (otro ser creativo enamorado del ajedrez) bajo la producción de su amigo James Harris. Nabokov aceptó adaptar el guion para la película, pero fíjense qué historia tan extraordinaria hay detrás de esta decisión. La venta de los derechos del libro no sólo era para Nabokov una excelente ocasión para ganar dinero, por primera vez, sino que con ello se cumpliría una profecía de más de cuarenta años. Su tío Vasily (el mismo que le había regalado un juego de ajedrez cuando Nabokov aún era Volodia) se le había aparecido en un sueño para decirle: “Volveré a ti como Harry y Kuvyrkin”. Nabokov siempre había identificado a estos dos personajes con dos payasos, pero cuando aparecieron “Harris y Kubrick” no dudó en entregarse al encargo.

La defensa también fue adaptada a la gran pantalla como La defensa Luzhin (2001), con John Turturro y Emily Watson de pareja estelar. A mi juicio, el filme está a años luz de la obra original, pero se deja ver. Al menos se salva de la quema, sobre todo por el buen tono interpretativo de Turturro. Y ayuda bastante que la directora, Marleen Gorris, no comete, desde el tratamiento más puramente ajedrecístico, ningún error técnico de bulto, algo que es muy habitual cuando el juego-ciencia es llevado al séptimo arte sin el menor asesoramiento. Aun así, creo que Nabokov se hubiera llevado un disgusto.

Quisiera terminar con una hipótesis. Se ha escrito mucho sobre la figura de Luzhin y lo más aceptado es que Nabokov se inspiró en la vida (y muerte) de Curt Von Bardeleben, un jugador alemán al que conoció en las noches berlinesas. Es posible, pero prefiero pensar que Luzhin es, en realidad, el alter ego de Nabokov. El propio autor escribe: “…debo confesar que he cedido a Luzhin mi institutriz francesa, mi ajedrez de bolsillo, mi carácter dulce y el hueso de un melocotón que tomé de mi propio huerto”. No deja de ser una corazonada.

FOTO Portada Literatura y Ajedrez: Vladimir Nabokov (chess24.com)

Tomado de: Diario Sur. Abril 26, 2020.