Neopaganismo: la espiritualidad y la política de los dioses antiguos

POR María Canora

Los movimientos neopaganos son un escenario fértil para la batalla cultural y política. El supremacismo blanco que surgió en Alemania y que impulsaron los nazis sigue vivo en algunos grupos neopaganos germánicos. Por su parte, hay tensión en la comunidad wiccana por los grupos exclusivos para mujeres y la inclusión del colectivo LGTBI

Brujas y druidas, dioses nórdicos y griegos, magia y ocultismo. Durante el siglo XX surgieron diversos movimientos religiosos que buscaban una nueva identidad. Los neopaganismos han construido espiritualidades alternativas apelando a las raíces paganas de sus ancestros. Estos movimientos se ramificaron y crecieron acercándose a distintas corrientes políticas: desde defender el feminismo y el ecologismo reinterpretando la historia de las brujas hasta apoyar las teorías nazis de superioridad racial y posicionarse junto a la ultraderecha.

Las religiones han intentado dar sentido a lo que el ser humano no logra comprender. Han dado respuesta a la creación del universo, a la muerte, al ser, a los fenómenos naturales y al ciclo de la vida. Han regido y controlado sociedades, establecido códigos de conducta y ética, sacralizado lugares y ritos. Las religiones llevan siglos cambiando junto a los modelos políticos, económicos y sociales, jugando un rol fundamental en el ejercicio del poder.

Las primeras religiones fueron animistas, en las que todos los elementos y fenómenos naturales tenían un alma o principio vital. Más adelante las religiones tomaron un carácter chamánico, donde sacerdotes y chamanes podían comunicarse con espíritus de la naturaleza mediante un estado alterado de la conciencia. Después, en muchas civilizaciones antiguas las religiones evolucionaron hacia el politeísmo, con dioses organizados de forma familiar y jerárquica ce acuerdo con sus habilidades. Finalmente, la última forma de desarrollo de las religiones fue el monoteísmo, que venera a un único dios creador.

Desde hace siglos, las religiones monoteístas abrahámicas –cristianismo, judaísmo e islam— y las dhármicas –budismo e hinduismo— se han expandido y consolidado como los cultos mayoritarios en el mundo, en ocasiones con violencia. Pero algunos cultos ancestrales han sobrevivido, como las religiones de los pueblos indígenas en América o el vudú y el yoruba en África. Otras se han mezclado en sincretismos como la santería en Cuba o el candomblé en Brasil. Sin embargo, la mayoría de las religiones antiguas se disolvieron entre la cultura popular, el folclore y la mitología.

La consolidación del sistema económico capitalista a mediados del siglo XX tuvo un fuerte impacto en la esfera religiosa. En las sociedades occidentales la religión perdió peso en favor de la economía y el hiperconsumo sustituyó lo espiritual por lo material. El fracaso de las teorías del desarrollo, el cuestionamiento de la ciencia y la ruptura con la moral cristiana provocaron una crisis en las sociedades occidentales, la llamada crisis de la modernidad, que derivó en un sentimiento generalizado de pérdida de la identidad.

A raíz de esa crisis, algunos empezaron a buscar experiencias espirituales alternativas, lo que desembocó en el surgimiento del neopaganismo, un conjunto de movimientos religiosos y esotéricos minoritarios que pretenden revivir creencias precristianas como el druidismo, la brujería, la religión celta o la nórdica. Los movimientos neopaganos comenzaron a ganar popularidad en los años treinta y han ido creciendo hasta hoy. El neopaganismo germánico y la wicca, que beben de la religión nórdica y de la brujería, son dos de los más representativos.

¿Qué es el neopaganismo?

Los neopaganismos romantizan las religiones ancestrales, considerando que entonces la gente vivía en armonía con la Tierra. Politeístas y esotéricos, estos movimientos comparten la veneración por la naturaleza y la práctica de rituales mágicos. En principio no persiguen activamente el aumento de sus seguidores, y respetan al resto de religiones, dándole gran importancia a la libertad de cada individuo para elegir su propia espiritualidad.

Pagano viene del latín paganus, que significa “aldeano” o “campesino”. Los cristianos en el Imperio romano comenzaron a utilizar el término de forma despectiva en el siglo V, después de que el emperador Teodosio convirtiera el cristianismo en la religión oficial del Imperio mediante el Edicto de Tesalónica en el 380 d. C. La transformación religiosa se produjo más rápido en las ciudades que en las zonas rurales, dada la fuerte hostilidad que el cristianismo suscitaba en el campo. La palabra “pagano” pasó así a designar de manera peyorativa a quien adorase a los dioses considerados falsos, ya fueran los del antiguo panteón grecorromano o los de otros pueblos. El cristianismo siguió expandiéndose por Europa durante la Edad Media, pero lo hizo sobre todo en la Edad Moderna con su imposición en América y Asia.

Aunque etimológicamente sólo serían neopaganos los movimientos que recuperan la fe de las antiguas religiones precristianas y prerromanas en Europa, en la práctica son un amplio espectro de religiones ancestrales que abarcan varias épocas, lugares y culturas del mundo. Esto incluye desde el druidismo céltico y el kemetismo egipcio hasta el ásatrú escandinavo, pasando por el politeísmo clásico de Grecia y Roma, los romuva de Lituania, el tengrianismo de las estepas asiáticas o el guanchismo de las islas Canarias. Estas religiones son interpretadas desde un marco occidental: el kemetismo egipcio, por ejemplo, nació en Estados Unidos y allí está el grueso de sus seguidores, y el neochamanismo se ha apropiado de tradiciones indígenas y ha modificado sus rituales.

Suelen distinguirse dos grandes grupos de movimientos neopaganos: eclécticos y reconstruccionistas. Los eclécticos reúnen cultos, divinidades y panteones con elementos modernos y paganos. Este grupo incluye a la wicca y al neodruidismo celta, entre otros. Por su parte, los reconstruccionistas buscan recrear las prácticas espirituales de sus ancestros siguiendo las evidencias arqueológicas e históricas. Sin embargo, este afán suele ser problemático dada la escasez y poca fiabilidad de las fuentes: muchas fueron escritas de manera fragmentada y sesgada por cristianos varios siglos después. En este grupo entran algunas corrientes del ásatrú y el odinismo nórdico.

La naturaleza descentralizada del neopaganismo, el secretismo que lo envuelve muchas veces y la gran cantidad de practicantes solitarios hacen difícil cuantificar la población neopagana. Existen muy pocos censos oficiales que recojan la categoría de “pagano” o similares. El censo del Reino Unido de 2011 contabilizó 85 mil 100 creyentes neopaganos, por ejemplo. En Estados Unidos los neopaganos pasaron de 8 mil a 340 mil personas entre 1990 y 2000, y en el último censo de 2014 eran más de un millón, es decir, 0,3% de la población estadounidense. Pese a esta tendencia creciente, los neopaganismos son minoritarios a nivel nacional, con apenas entre 0,1% y 2% de la población.

Los movimientos neopaganos también han sido espacios alternativos críticos con el sistema socioeconómico dominante. Muchas formas de paganismo ecléctico han desarrollado críticas feministas y ecologistas. Los reconstruccionistas, que dan gran importancia a la herencia étnica, han tendido a vincularse con movimientos nacionalistas o supremacistas.

Nación y sangre, el neopaganismo germánico

Una de las ramas más importantes es el neopaganismo germánico y nórdico. Esta corriente engloba religiones que reconstruyen las antiguas tradiciones germánicas, escandinavas y celtas del centro y el norte de Europa. Las más populares en la actualidad son el ásatrú y el odinismo, reconocidas oficialmente en Islandia, Noruega, Dinamarca, Suecia y España, y con comunidades muy activas en Latinoamérica.

Aunque el neopaganismo germánico carece de una doctrina unificada, sus corrientes comparten el culto a los dioses de la mitología nórdica como Odín, Thor y Loki, creen en la existencia de gigantes, elfos y enanos como espíritus de la naturaleza y celebran rituales estacionales en los que se ofrece comida y libaciones. La ética neopagana germánica enfatiza el honor, el coraje y la lealtad, emulando a los antiguos guerreros.

La fascinación por el paganismo germánico se remonta a los siglos XVIII y XIX, durante el periodo del Romanticismo en Alemania. Intelectuales, artistas y escritores románticos –como el compositor Richard Wagner o los hermanos Grimm, escritores de cuentos— se interesaron en las sociedades precristianas del norte de Europa, evocando el espíritu originario del pueblo germánico a través del arte. Este sentimiento nostálgico y nacionalista creció hasta derivar a principios del siglo XX en el movimiento Völkisch, derivado de volk, que significa pueblo, etnia o nación.

El movimiento Völkisch se articuló en torno al nacionalismo racial alemán. Defendía una esencia biológica nacional heredada a través de la sangre blanca germánica y vinculada a los antiguos guerreros germanos o vikingos. Parte de los grupos völkisch desarrollaron una faceta ocultista y mística, vinculando las tradiciones paganas con la necesidad de una purificación cultural y de volver a la naturaleza. Los grupos místicos locales se reunían para celebrar el solsticio de verano y leer las Eddas, compilaciones de poemas mitológicos escritos en nórdico antiguo. Los ocultistas, por su parte, absorbieron las ideas sobre la raza y les dieron significado espiritual, convirtiéndola en el centro de sus esfuerzos por construir un nuevo progreso nacional e inspirando doctrinas racistas.

Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, el término volk se politizó, vinculándose al antisemitismo. En 1919, miembros de la Sociedad Thule, un grupo ocultista völkisch, fundaron el Partido Obrero Alemán. Su ideología, conocida como Blut und Boden –Sangre y Suelo—, enraizaba en el paganismo germánico y exaltaba la relación entre la tierra y la pureza biológica del pueblo alemán. Sólo un año después, Adolf Hitler lo transformó en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, más conocido como Partido Nazi.

El neopaganismo y la mística nazi

Hitler cortó la relación con los grupos ocultistas völkisch y los persiguió y marginó cuando llegó al poder en 1933. Sin embargo, Hitler necesitaba legitimar su liderazgo personalista mesiánico, consolidar una ideología racista y justificar la guerra, por lo que fue más permisivo con los elementos místicos. Esta contradicción permitió que miembros de la élite nazi mantuvieran y desarrollaran el ocultismo mientras que el propio Partido Nazi repudiaba las ideas esotéricas públicamente. El principal ideólogo nazi, Alfred Rosenberg, por ejemplo, defendía una mística de la sangre basada en las tradiciones nórdicas para proteger al carácter alemán de la degeneración racial y cultural que traían los judíos y el cristianismo, al que criticó por sus raíces semitas.

Otro jerarca nazi, Heinrich Himmler, sentía una gran fascinación por el ocultismo. Bajo su mando, las SS se convirtieron en la principal agencia militar de inteligencia y terror del Tercer Reich. Himmler introdujo tradiciones paganas para enfatizar el elitismo de las SS, promovió la adoración a los antepasados, utilizó runas germánicas para la insignia oficial del cuerpo y ordenó incluir elementos místicos en sus ceremonias oficiales. Himmler también fundó en 1935 la Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana (Ahnenerbe), una agencia de las SS dedicada a investigar los orígenes de la raza germánica y demostrar su superioridad. En este marco, investigadores nazis dirigieron exploraciones en busca de evidencias arqueológicas de la existencia de la raza aria en países sudamericanos y el Himalaya.

Después de otra derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la población europea estigmatizó la mitología germánica. Sin embargo, el neopaganismo germánico vivió un tercer renacimiento en los años setenta con el surgimiento de grupos odinistas en Europa y Norteamérica. Desde entonces, se ha extendido como un movimiento contracultural minoritario, en parte popularizado por series de televisión como Vikingos y Juego de tronos.

A pesar de su refundación, el neopaganismo germánico continúa teniendo un problema con el racismo. La mayoría de los grupos se definen como universalistas, pero también existen algunos, herederos de la ideología völkisch –ahora denominados folkish—, que excluyen a las personas no blancas considerando que sólo los herederos de una supuesta raza ancestral pueden practicar esta religión. A nivel político, los grupos folkish se han vinculado a la ultraderecha nacionalista y el supremacismo blanco.

Pero el del odinismo no ha sido el único caso de neopaganismo nacionalista: en los años ochenta, la religión neopagana guanche de las islas Canarias coqueteó con organizaciones independentistas, algunas incluso terroristas. Por el contrario, los neopaganismos con vocación universalista y más vinculados a la naturaleza han tendido a asociarse con la izquierda, el antifascismo y el multiculturalismo. Mientras que el neodruidismo y el neochamanismo han confluido con el pensamiento ecologista y el pacifismo, otra de las grandes tradiciones paganas se ha nutrido del feminismo: la brujería.

La wicca: brujas y feministas

La wicca –del inglés antiguo witch, ‘bruja’— es una religión neopagana vinculada a la brujería y otras religiones antiguas de Europa. Para formar parte de la comunidad wiccana es necesario realizar un rito de iniciación en un círculo, o aquelarre, y hacer un juramento secreto. La naturaleza, la magia y la fertilidad son elementos centrales de esta religión, que venera principalmente a dos deidades complementarias: el dios astado de la caza, la muerte y la magia, y la gran diosa madre de la vida y la regeneración. La wicca se presenta como un camino de autoconocimiento espiritual individual y colectivo en armonía con la naturaleza.

La wicca nació en Inglaterra en los años cincuenta. Gerald Gardner, un funcionario jubilado, afirmó que se había iniciado y recibido los conocimientos ocultos de la brujería antigua en un aquelarre de brujas cuyo linaje había sobrevivido siglos. Las ideas de Gardner encontraron tierra fértil en el movimiento ocultista que se venía desarrollando en Europa desde el siglo XIX. Seguidores de los grupos esotéricos Orden Rosacruz y Orden Hermética de la Aurora Dorada, folcloristas y otros esotéricos se unieron para fundar el primer aquelarre contemporáneo del Reino Unido.

La wicca, defendida como una religión ancestral revivida, se sostenía en la llamada “hipótesis del culto de las brujas”. Esta teoría, desarrollada por diversos historiadores y difundida por la egiptóloga británica Margaret Murray, argumentaba que la caza de brujas entre los siglos XV y XVIII había sido una tapadera de los cristianos para perseguir a sacerdotisas paganas de una ancestral religión matriarcal y clandestina. Una historia alternativa que negaba que la ejecución de brujas fuera producto de la histeria colectiva y de la obsesión de la Inquisición por el control social y la herejía. Esta teoría fue ridiculizada por historiadores como Ronald Hutton, que acusaron a los antropólogos ocultistas de manipulación de fuentes e incompetencia metodológica.

Sin embargo, los wiccanos ignoraron las críticas de los historiadores y continuaron expandiendo su culto. La wicca llegó a Estados Unidos a finales de los años sesenta, en plena explosión de la lucha por los derechos civiles, el movimiento hippie, la segunda ola del feminismo y la revolución sexual. La wicca y el feminismo radical pronto encontraron un punto de unión en la ruptura con el cristianismo. La visión wiccana del Dios y la Diosa sugería una crítica al dios cristiano, masculino y todopoderoso, cúspide de la institución patriarcal de la Iglesia. Por su parte, el movimiento feminista vinculó el empoderamiento de la mujer a la liberación sexual, rompiendo con el estigma cristiano de la sexualidad femenina y el pecado.

Brujería y feminismo se encontraron así en su activismo contra el patriarcado, dando lugar a nuevas corrientes espirituales como el culto a la Diosa y la wicca diánica, que adora a Diana, la diosa virgen de la caza del panteón griego. Sus fundadoras, la estadounidense conocida como Starhawk y la húngara Zsuzsanna Budapest, reinventaron los aquelarres como reuniones exclusivas para mujeres que trabajaban el empoderamiento femenino mediante prácticas sanadoras espirituales. Otro ejemplo es el movimiento Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno (traducción de Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell, Witch) que se fundó en 1969 como una escisión de New York Radical Women, grupo que había atraído la atención mediática con una protesta contra el concurso Miss América el año anterior. Estos movimientos feministas utilizaron la iconografía de la bruja como símbolo de mujer subversiva.

En la actualidad conviven múltiples ramas de la wicca. Se mantiene la línea originaria, de carácter esotérico y mágico, seguidora de las tradiciones de los primeros aquelarres de Gerald Gardner. La brujería feminista, por su parte, seguidora principalmente de la wicca diánica, tiene una agenda activista y de empoderamiento femenino. Por último, las wiccas reconstruccionistas defienden su pertenencia a una tradición precristiana, como la wicca celtíbera, y otorgan una mayor importancia a las deidades de la naturaleza.

La wicca ha conseguido adaptarse a los nuevos tiempos, sumándose a las luchas sociales y ganando popularidad a través de plataformas digitales. Las brujas millennial, por ejemplo, se posicionan junto al movimiento Black Lives Matter y cuestionan la simbología heterosexual de la wicca –hombre-mujer, dios-diosa, sol-luna— proponiendo rituales alternativos que incluyan al colectivo LGTBI pagano. La elección de Trump en 2016 y el ascenso de la ultraderecha en Europa y Latinoamérica ha revitalizado a la wicca. Bajo el hashtag #MagicalResistance, activistas wiccanas de diferentes regiones han organizado ritos y hechizos para limitar el poder de los discursos y las políticas machistas y racistas.

El futuro de los neopaganismos

Los neopaganismos han crecido en las décadas recientes, impulsados por internet y la crisis de la fe católica. Se han convertido en el refugio espiritual de muchas personas que buscan una nueva identidad, se han organizado en federaciones a nivel internacional y han logrado reconocimiento oficial en un buen número de países occidentales. Como consecuencia de su difusión, también ha aumentado el uso político de la simbología pagana, con énfasis en la identidad sobre la espiritualidad.

Además, los movimientos neopaganos han demostrado ser un escenario fértil para la batalla cultural y política. El supremacismo blanco que surgió en Alemania y que impulsaron los nazis sigue muy vivo dentro de algunos grupos neopaganos germánicos. Por su parte, sigue habiendo tensión en la comunidad wiccana por los grupos exclusivos para mujeres y la inclusión del colectivo LGTBI. De la disputa por reescribir la tradición y la historia y por construir una nueva espiritualidad personal, los neopaganismos crecen y encuentran nuevos caminos para seguir desafiando la realidad imperante.

FOTO Portada Black Goat Wallpapers (WallpaperDog)

Tomado de:elordenmundial.com. Diciembre 6, 2020.