Helen Duncan: brujería y secretos de guerra

POR Jaume Pi

No se trata tanto de si Duncan era o no una bruja, una mujer con poderes sobrenaturales o no, el hecho es que Duncan fue la última persona del Reino Unido (y de Occidente) en ser condenada por una ley de brujería de 1735. ¿El motivo? Evitar que la mujer revelara secretos de guerra

Aunque se suele vincular el fenómeno de la caza de brujas a la Edad Media, lo cierto es que el auge tanto de las prácticas de brujería como de su persecución tuvo lugar en la Edad Moderna. Fueron tres siglos de delaciones, juicios y condenas a miles de mujeres a las que se atribuía una serie de prácticas y actos supuestamente inspirados por el demonio: desde la adivinación o la elaboración de pócimas mágicas a conductas sexuales entendidas como aberrantes. La persecución de las brujas fue especialmente cruenta en los países protestantes, y se calcula, aunque no hay consenso, que unas 60 mil personas (en su inmensa mayoría mujeres) habrían sido ejecutadas.

Aunque cueste de creer, restos de esta funesta tradición llegaron hasta el siglo XX. La historia de Helen Duncan, considerada popularmente la última bruja del Reino Unido, da fe de ello. No se trata tanto de si era o no una bruja, una mujer con poderes sobrenaturales o no –por supuesto, muy probablemente, no lo era—, el hecho es que Duncan fue la última persona de su país (y de Occidente) en ser condenada por una ley de brujería que databa de dos siglos atrás. Y en plena Segunda Guerra Mundial.

Pero contar bien la historia de Helen Duncan significa remontarse a sus orígenes humildes en la industrial Escocia de finales del siglo XIX. Nacida en 1897 en Callander, al norte, a edad muy temprana empezó a trabajar en Dundee, en una fábrica de productos de limpieza. Se casó también joven, y el matrimonio tuvo seis hijos. Eran demasiadas bocas que alimentar, y los sueldos de la pareja no alcanzaban, de manera que ella decidió buscarse un segundo trabajo más fructífero y más acorde con su principal vocación.

Duncan siempre tuvo interés por lo paranormal. Al parecer, ya de niña había demostrado tener dotes adivinatorias, así que se puso manos a la obra y, apoyada por su marido –que también se interesó en estas prácticas—, decidió ejercer como médium a tiempo parcial. Lo que inicialmente fue un simple pasatiempo, en pocos años se convirtió en el auténtico modus vivendi de la familia. De hecho, no es exagerado decir que Helen Duncan lograría en la década de los años 30 consolidarse como una de las médiums más populares de todo el Reino Unido.

¿Cómo logró tal éxito? Sus deslumbrantes “actuaciones2 tuvieron la culpa. En sus sesiones espiritistas, Duncan entraba en trance para tratar de comunicarse con el más allá, y de su boca y su nariz expulsaba una extraña sustancia. La impactante imagen dejó marca en numerosos clientes con ganas de respuestas, y la fama de Duncan creció sin parar.

Esa sustancia no era otra cosa que ectoplasma. Se trataba de una masa viscosa que, de acuerdo con los entendidos en ocultismo, era la materia de la que estarían hechos los seres vivos y que también conservarían las almas de los muertos. Para entendernos, la materia que nosotros y fantasmas compartimos. Por supuesto, esta ocurrencia no cuenta con ninguna base científica, pero lo cierto es que muchos espiritistas de principios del siglo XX pusieron de moda tanto el término como el uso de todo tipo de pegajosos fluidos para hacer más creíbles sus teorías. Cabe reseñar que el contexto de la época es el de un auténtico auge de las prácticas ocultistas por toda Europa.

Por aquel entonces fueron célebres las investigaciones del psíquico británico Harry Price para tratar de desenmascarar estas prácticas. Price estuvo presente a una de las sesiones de Duncan, de las cuales se conservan muchas fotografías, y llegó a la conclusión de que el “ectoplasma” que emanaba de los orificios de la mujer no era nada más que un repugnante preparado a base de clara de huevo. Un tribunal de Edimburgo llegó a condenarla por estafa en 1933.

Pero, pese a los intentos de Price y otros científicos, médiums y todo tipo de pitonisos mantuvieron su popularidad entre las clases medias británicas hasta bien llegada la Segunda Guerra Mundial. De hecho, es fácil concluir que las penurias e incertidumbres de la guerra incluso favorecieron el negocio. Y es en este punto cuando empieza el caso de Helen Duncan. El caso judicial.

Los hechos que la llevarían frente a los tribunales británicos ocurrieron en noviembre de 1941. Ya con buena posición económica, Duncan residía entonces en la localidad costera de Portsmouth, en el sur del país. En una de sus sesiones, una madre le preguntó por el futuro de su hijo, que se encontraba embarcado en el acorazado HMS Barham, una de las grandes joyas de la armada británica. Tras su habitual trance, Helen Duncan aseguró a la madre que se había puesto en contacto con el joven, y que este le había dicho que estaba muerto y que el Barham había sido abatido por los alemanes.

El problema esta vez no fue que estafara a sus invitados. Todo lo contrario. Había acertado de pleno. El 25 de noviembre de ese mismo año, el Barham fue alcanzado por tres torpedos del submarino alemán U-331 cerca de las costas de Malta, y 862 hombres perecieron en el acto. Sin embargo, por motivos propagandísticos, la Royal Navy no quiso informar de ello hasta dos meses después del ataque. Cuando los servicios de inteligencia de Su Majestad tuvieron noticia de que una supuesta médium había adivinado las circunstancias de la tragedia, se temieron lo peor: espionaje.

Obviamente, la espiritista no se comunicó con ningún fantasma, sino que alguno de sus célebres clientes militares se fue de la lengua y ella no tuvo reparos en difundir el dato en una de sus sesiones. De hecho, el mismo Almirantazgo británico envió cartas de condolencia a las familias de los fallecidos pidiendo expresamente que se guardara el secreto por un tiempo, aunque al parecer no fue así y el rumor llegó a oídos de Duncan.

Pese a lo absurdo de la situación, para evitar problemas, las autoridades británicas decidieron cortar por lo sano. No en vano, se había revelado información clasificada en época de guerra. Planes como el desembarco de Normandía debían permanecer en secreto y no se podía correr ningún riesgo. Llevaban meses vigilándola, pero no fue hasta enero de 1944 cuando detuvieron a la médium en mitad de una de sus performances. La intención, al principio, era acusarla de fraude o incluso vagancia. Sin embargo, hacía falta algo más para quitarse de en medio a la espiritista, al menos hasta que finalizara la guerra.

Así fue como las autoridades británicas decidieron que lo mejor era procesar y condenar a Helen Duncan a través de una arcaica ley de Brujería de 1735, que aún seguía vigente. El caso tuvo un enorme impacto en la opinión pública, y ese era, en parte, el objetivo. Se buscaba así crear también un caso mediático en torno a Duncan que la desprestigiara. En marzo de 1944 fue trasladada a Londres para ser juzgada por un jurado popular en el Old Bailey, que la declaró culpable y la condenó a nueve meses de cárcel.

Pese a ser tratado el caso como una cuestión de Estado, el primer ministro británico Winston Churchill fue muy crítico con la actuación policial y judicial. Tras el veredicto, Churchill se dirigió por carta al ministro del Interior, Herbert Morrison, manifestando su indignación. “Envíeme un informe sobre las razones por las que la ley de Brujería de 1735 ha sido utilizada en un tribunal de justicia moderno. Cuál fue el costo de este juicio para el Estado, teniendo en cuenta que los testigos fueron traídos desde Portsmouth y se les ha mantenido aquí, en este Londres abarrotado, durante una quincena, y el juez ha estado ocupándose de toda esta tontería obsoleta, en detrimento de otros trabajos necesarios en los tribunales”, dijo.

El caso tuvo tal impacto que en 1951 la ley de Brujería fue abolida y sustituida por la ley de Médium Fraudulentos. Duncan, que había prometido dejar el espiritismo tras su paso por la cárcel, volvió a las andadas y fue detenida de nuevo durante una de sus sesiones, en 1956. Ese mismo año falleció. La condena de Duncan nunca ha sido revocada por las autoridades y todavía hoy existe un importante movimiento que pide que se la perdone y se limpie su reputación.

FOTO Portada Jill Buchanan. Portraying the role of Helen Duncan for Inside Holloway (Duncan StarNow)

Tomado de: La Vanguardia. Agosto 22, 2020.