Monopoly: el juego de mesa que nació como crítica al capitalismo

POR Francisco Martínez Hoyos

En 1935, cuando Charles Darrow patentó Monopoly, los participantes tenían que acaparar cuantas más propiedades y arruinar al contrario. En plena Gran Depresión, Darrow, un vendedor en paro, encontró el pasaporte hacia la fortuna

La partida de Monopoly más larga de la historia se prolongó nada menos que 1,680 horas. Esa duración desmesurada da una idea de cómo este juego, desde su aparición hace 85 años, levanta pasiones. Gente de todo tipo sucumbe a su poder de atracción. A primera vista se diría que nos hallamos ante una glorificación del capitalismo. En sus orígenes, sin embargo, se trataba justo de lo contrario: de concienciar a la gente del peligro de las grandes corporaciones cuando actúan con escasas restricciones.

Su inventora, la estadounidense Elizabeth Magie (1866-1948), lo creó en 1903 con el nombre de The Landlord’s Game (El juego del terrateniente). Lizzie Magie era una mujer de carácter rebelde y poco convencional. Contra las costumbres de la época, había cumplido 40 años sin contraer matrimonio. Ella estaba orgullosa de llevar una vida independiente y profesaba convicciones feministas: “Las chicas no somos máquinas. Tenemos inteligencia, deseos, esperanzas y ambiciones”.

Su juego tenía un propósito pedagógico: difundir las ideas del economista Henry George (1839-1897), que en sus obras se mostraba muy crítico con las prácticas monopolísticas. De acuerdo con su teoría económica, la tierra debía estar en manos de la colectividad. Todo el mundo tenía derecho a utilizarla, de la misma manera que todos los hombres ostentan el mismo derecho a respirar. Si alguien posee la tierra de forma privada, lo justo es que pague un impuesto a cambio de ese privilegio.

Con su tablero, Elizabeth Magie se proponía sensibilizar a los niños acerca de lo injusto de un sistema que favorecía a los dueños del suelo. Suponía que los jugadores, cuando fueran adultos, al ser conscientes de la acumulación de riquezas, pondrían remedio a semejante estado de cosas. No obstante, The Landlord’s Game contaba con una intencionalidad educativa más amplia. Según su creadora, hubiera podido llamarse con toda propiedad “El juego de la vida”, porque contenía “todos los elementos del éxito y el fracaso en el mundo real”.

Sin embargo, no fue esta visión progresista la que se impuso. En 1935, cuando Charles Darrow patentó una versión modificada, llamada ya Monopoly, los participantes tenían que acaparar cuantas más propiedades mejor y arruinar al contrario. En plena Gran Depresión, Darrow, un vendedor en paro, acababa de encontrar el pasaporte hacia la fortuna. Tuvo la habilidad, al transferir la patente a la empresa Parker Brothers, de incluir un apartado sobre derechos de autor. Elizabeth Magie, en cambio, no lo hizo, por lo que quedó excluida de unos beneficios económicos que podrían haber sido muy altos. Ciertamente, no figuraban entre las aspiraciones de la georgista.

Lo curioso es que, en un principio, Parker Brothers rechazó el juego de Darrow. No parecía una buena idea en aquel momento de profunda crisis: “¿Quién querría jugar a un juego de bienes raíces cuando la vivienda era la causa de tanta angustia para muchas familias?”. Pero un oportuno cambio de opinión convirtió aquella apuesta era una operación más que rentable.

Dinero contante y sonante

Desde entonces, la historia de Monopoly no ha sido ajena a los vaivenes políticos y sociales. En ocasiones, el aura de la leyenda ha embellecido una realidad ya de por sí atractiva. Se dice que, durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos lo utilizaron para camuflar la ayuda que enviaban a sus prisioneros de guerra en manos de los alemanes. Los destinatarios recibirían de este modo dinero genuino, mapas y cualquier otra cosa que les ayudara a planificar su evasión.

Más tarde, a principios de los años 60, el economista Ralph Anspach creó Anti-Monopoly, en el que invertía los términos del concepto original. Todo empieza con una situación de monopolio, y corresponde a los jugadores regresar al libre mercado.

Por el título, Anspach se vio inmerso en una batalla legal contra Parker Brothers, en la que trató de demostrar que Monopoly existía en dominio público antes de que su antagonista lo comercializara. La compañía, por el contrario, presentaba a Darrow como único creador, y pretendía tener derechos sobre todas las variantes del juego. Perseguía, en suma, monopolizar el Monopoly. En el proceso, quedó claro que la inventora original había sido Elizabeth Magie, no Darrow. Anspach había ganado.

La Cuba de Castro lanzó su propia adaptación, destinada a satisfacer las necesidades ideológicas del régimen. Se llamaba Deuda Eterna: los participantes no representaban a hombres de negocios, sino a gobiernos del Tercer Mundo. A lo largo del juego, en lugar de nuevas propiedades, podían obtener huelgas, manifestaciones o ayudas a terceros países. El objetivo no consistía en enriquecerse, obviamente, sino en derrotar al Fondo Monetario Internacional, visto como una institución que oprime a las naciones más desfavorecidas.

Escuela de magnates

En cuanto al juego oficial, sus variedades son innumerables. Hay un Monopoly Standard, un Monopoly Deluxe… Tampoco faltan adaptaciones específicas para promocionar otros productos, como la serie de televisión Los Simpson o la película Shrek 2. Hasta existe un Monopoly Star Wars, con el que se conmemoró el vigésimo aniversario de la saga de Han Solo y la princesa Leia.

Desde su creación, más de mil millones de personas, en más de un centenar de países, han concebido ante un tablero de Monopoly sus estrategias de inversión mientras imaginaban ser grandes magnates. Finanzas y poder…, la combinación resulta irresistible, aunque sea en la ficción de un entretenimiento.

FOTO Portada Monopoly

Tomado de:La Vanguardia. Noviembre 5, 2020.