James Bond: con licencia para sobrevivir

POR Claudio Utrera

Pocos meses antes de su muerte, acaecida en el verano de 1964 en un hospital de Kent mientras corregía las pruebas de su último libro, The Man with the Golden Gun, Ian Fleming había cobrado ya la cantidad estratosférica de 750 millones de libras esterlinas de derechos de autor de la saga James Bond

Entrada la primavera de 1952, Ian Lancaster Fleming (Londres, 1908-Canterbury, 1964), escritor, periodista y oficial de Inteligencia británico, empezaba a escribir en una soleada isla del Caribe los primeros capítulos de lo que sería el inicio de una interminable saga de novelas de espionaje de enorme éxito popular que no cesaría hasta su muerte, a los 56 años. Sin apenas pretenderlo, un novelista semidesconocido, como era Fleming en los inicios de la década de los años sesenta, iba a provocar uno de los fenómenos literario-cinematográficos más invasivos, polémicos e influyentes del siglo XX: el nacimiento del super agente James Bond, una suerte de espía tout court al servicio de Su Majestad Británica cuya prodigiosa capacidad para derrotar con eficacia, frialdad y determinación a sus más aviesos enemigos lo convirtieron muy pronto en el héroe por antonomasia de una época profundamente marcada por los espantajos de la Guerra Fría y por la expansión imparable del mundo tecnológico.

En Casino Royale, la novela fundacional de la saga, Fleming comienza describiendo a su personaje como “un hombre guapo, que recuerda a Hoagy Carmichael, el autor de Polvo de estrellas. Pero en Bond hay algo frío e implacable. Los ojos en la enjuta cara bronceada son de un clarísimo gris azulado y gélidos, vigilantes. Estos ojos semicerrados y en guardia permanente dan a su rostro una peligrosa, casi cruel calidad”. Nunca pensó el auténtico James Bond, un médico dentista de Brighton del que Fleming sustrajo su nombre tras varias ojeadas a la guía telefónica, que fuera a convertirse en el más famoso agente secreto de todos los tiempos, ni, por supuesto, que su descripción literaria se asemejara en modo alguno a la real.

A partir del éxito rotundo de su primera entrega, el Daily Express, uno de los rotativos británicos más reputados, obtuvo del escritor la exclusiva y comenzó publicando por entregas las novelas que se irían editando posteriormente. La fiebre Bond va aumentando en todo el país y van surgiendo clubes destinados al culto, conocimiento y defensa del controvertido héroe; clubes que, naturalmente, se extenderían a todo lo largo y lo ancho de los países que conforman la Commonwealth. Bond, al igual que ocurriera con Robin Hood o Sherlock Holmes bastantes años antes, se convierte en toda una gloria nacional a la que sus fans le profesan el respeto y veneración viscerales que el pueblo británico rinde siempre a sus más reverenciados mitos.

Bond ha terminado formando parte de la historia y del patrimonio cultural del pueblo que le vio nacer; lo mismo que la batalla de Trafalgar, el almirante Nelson, Winston Churchill, la irrupción de The Beatles, el invento de la minifalda, el Manchester United, el poeta John Keats, el explorador David Livingstone o el pensamiento de Tomás Moro, el agente 007 ha contribuido a engrosar la nómina de los personajes históricos o de ficción que más han contribuido a resaltar el espíritu de una nación que, además, logró extender su peculiar concepción del mundo a lo largo de un vasto e indomable imperio de ultramar sometido mano militar durante siglos.

En 1960, y tras años de arduas negociaciones, Fleming cede finalmente a la insistencia del productor canadiense Harry Saltzman y de su socio Albert Broccoli, y consiente en vender los derechos de adaptación de sus libros, trece de los cuales ya habían sido traducidos a dieciocho lenguas, incluidas la turca y la catalana. Pocos meses antes de su muerte, acaecida en el verano de 1964 en un hospital de Kent mientras corregía las pruebas de su último libro, The Man with the Golden Gun, había cobrado ya la cantidad estratosférica de 750 millones de libras esterlinas de derechos de autor, fortuna que por tal concepto sólo habían obtenido hasta entonces los legendarios Beatles o la mismísima Mary Quant.

Es a partir de entonces, con las adaptaciones cinematográficas, cuando las aventuras de 007 adquieren sus mejores cotas de popularidad, convirtiendo al personaje en un mito de clara proyección universal, fuertemente enraizado en el espíritu de una época ante la cual se contempla el perfil de una sociedad en crisis permanente que busca un nuevo modelo de héroe más en armonía con la tónica de los tiempos, un héroe, en resumidas cuentas, que pueda representar fielmente las ansias de poder, seducción y aventuras que conserva el imaginario colectivo del hombre contemporáneo.

El universo mecanizado del mañana nos da miedo, nos perturba, nos sentimos débiles enfrentados a él. El James Bond soñado por Fleming constituye un desafío a ese terror y a esta debilidad. Indomable, violento, seductor, intrépido, apasionado, efectivo y cruel, vive de las máquinas. Su moral está forjada con el mismo metal que esas máquinas que son sus verdaderos compañeros y, a la vez, los instrumentos materiales que le permiten cumplir meticulosamente sus complejas misiones en los rincones más remotos del planeta.

La estructura del mito es emulada en sus vertientes más sutiles, en sus inclinaciones, en sus actitudes, en sus gustos y preferencias, entronizando al personaje como la viva encarnación del superhombre contemporáneo en un contexto sociocultural cuajado de múltiples incógnitas y de peligrosos desafíos. Lo que la vida no proporciona, se busca comprando una entrada de cine en el gran mercado de los sueños artificiales. Y a fe que, pese a todo, la franquicia Bond lo viene garantizando durante décadas.

El estilo Bond se va imponiendo en la moda masculina gracias a la intervención de las agencias de comunicación que ven en su figura una fuente inagotable de beneficios. Se lanzan entonces impermeables a lo James Bond; Bally, la legendaria firma dedicada al negocio del calzado, lanza al mercado los mocasines Bond y el zapato negro Bond de media tarde; la Colgate-Palmolive crea la colonia 007 (un perfume mezcla de whisky y de tabaco); la Lehman and Weil las corbatas Bond de malla. Otras firmas fabrican ruletas, gemelos, guantes, cinturones, carteras, llaveros y sombreros modelo Bond. Sin embargo, lo que en un principio se lanzó como signo de extrema elegancia y distinción, como lo más chic del momento, poco a poco se iría degradando hasta transformarse en simples objetos de rancio sabor kitsch.

El inminente estreno mundial de No Time to Die (Sin tiempo para morir, 2021), de Cary Joji Fukunga, varias veces aplazado por la Covid-19, ha puesto una vez más de actualidad al sagaz, cínico y rocoso super agente británico. El héroe duro y seductor que imaginara Fleming hace casi siete décadas y que inmortalizara posteriormente el cine con títulos como From Russia with Love (Desde Rusia con amor, 1963), Diamonds are Forever (Los diamantes son eternos, 1971), The Spy Who Loved Me (La espía que me amó, 1977), The Man With The Golden Gun (El hombre de la pistola de oro, 1974), Goldfinger (1964), Skyfall (2012), Quantum of Solace (2008), Never Say Never Again (Nunca digas nunca jamás, 1983), The Living Daylights (Su nombre es peligro, 1987), Licence to Kill (Licencia para matar, 1989) o Spectre (2015), entre otras, sigue representando la mejor coartada para los lectores y espectadores de medio mundo –las espectaculares recaudaciones registradas en casi todas sus entregas así parecen confirmarlo— que continúan viendo en su figura la quintaesencia de los valores que permiten llevar una auténtica vida de triunfador en las sociedades posindustriales donde la vieja lucha por la supervivencia se ha convertido en su única y exclusiva ambición.

Pragmatismo a ultranza, amoralidad y ausencia absoluta de cualquier sentido del compromiso con nada ni con nadie que no se someta a su particular noción de la justicia y a la oportunidad que esta nos brinda de ejercer nuestra libertad de acción respondiendo a criterios estrictamente éticos. Son los valores en los que se sustenta el mito de Bond, los que le convierten en un puro modelo de moral pragmática en momentos decisivos para la supervivencia de la humanidad o en medio de un peligroso escenario polarizado por las fuertes tensiones internas de las grandes potencias internacionales.

007 rompe, además, con toda la tradición romántica que envuelve la imagen del héroe tradicional para establecer un nuevo código de comportamiento inspirado, en algunos aspectos, en las certezas que defienden sus propios enemigos –baste citar el famoso duelo de cinismos que protagonizan Connery y Gert Fröebe en Goldfinger— y asumirlos como propios con tal de alcanzar la victoria. Tampoco deberíamos obviar que tiene licencia para matar, o sea, que cuenta con la impunidad necesaria para actuar libremente, sin control ni fiscalización alguna. La coartada moral siempre es la misma: el enemigo hace uso aún de peores procedimientos que los nuestros. Y así se legitima su autoridad como el macho alfa de la función y sus responsabilidades profesionales se convierten en su mejor defensa para continuar liderando libremente su guerra particular contra los enemigos del bien.

Es evidente que, pese a la aparatosa parafernalia formal que siempre la acompaña, la serie sigue despertado muchas expectativas, fomentando ansiedades y reventando taquillas prácticamente desde sus años fundacionales. De ahí que, tras casi sesenta años de pródiga vida por las pantallas del mundo, aún persista en su largo recorrido por el mercado internacional y que a su paso por las pantallas siempre haya dejado una huella indeleble en el imaginario popular de varias generaciones de espectadores. La explicación más sensata hemos de buscarla en la estética, en el enorme poder de sugestión que destila el personaje y en la atmósfera cosmopolita que envuelve las andanzas del personaje en un mundo cada vez más competitivo y globalizado.

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Tomado de:El Día (España). Octubre 30, 2020.