Hercule Poirot: 100 años enfrentado a un caso sin resolver: su propia eternidad

POR Conxa Rodríguez

Hercule Poirot, como la señorita Marple, es un personaje ficticio que responde a un estereotipo de la sociedad en la que vivió Agatha Christie. La escritora describe al extranjero como “bajito, pero de comportamiento muy digno; su cabeza tiene la forma de huevo y su bigote es rígido y tieso”

Londres (Inglaterra). El detective Hercule Poirot, hijo y príncipe de la reina del suspense Agatha Christie (1890-1976), se siente incómodo en la Inglaterra brexitera porque él es un hombre de bagaje internacional y largo de entendederas. Llegó a Inglaterra como refugiado belga en la Primera Guerra Mundial, aunque se dio a conocer al mundo en Estados Unidos, donde todavía lo veneran, en octubre de 1920 con la publicación de El misterioso caso de Styles. Cosechó un éxito de tal envergadura, que en enero de 1921 la compañía americana publicó la novela en Inglaterra, donde había sido rechazada por las principales editoriales. Una especie de Harry Potter, refutada por nueve conocidas empresas antes de convertirse en fenómeno librero.

Hercule Poirot, como la señorita Marple, es un personaje ficticio que responde a un estereotipo de la sociedad en la que vivió Agatha Christie. La escritora residía en la ciudad de Torquay, en la costa sur inglesa, durante la Primera Guerra Mundial; allí se incorporó de enfermera voluntaria atendiendo a soldados heridos, procedentes del Continente Europeo (lugar lejano y ajeno para los ingleses). En 1916 ideó la trama de El misterioso caso de Styles en la que un detective belga, como los refugiados llegados a Torquay, llegaba a Inglaterra y se instalaba en uno de esos pueblos de casitas de chocolate y céspedes como alfombras. Su vecina se llamaba Emily Inglethorp (¿algo más inglés?) y era mujer de buenos modales, rica, de edad avanzada, exquisita educación y recién casada por segunda vez. En el bucólico pueblo, Poirot recibió la visita de su amigo, el capitán Arthur Hastings, con quién formará una relación parecida a la de Sherlock Holmes y el doctor Watson. La señora Emily Inglethorp apareció un día muerta, asesinada; el refugiado belga se convirtió en detective a la chita callando, estampando así su partida de nacimiento.

En el texto de esta primera novela, la escritora describe al extranjero como “bajito, pero de comportamiento muy digno; su cabeza tiene la forma de huevo y su bigote es rígido y tieso”. El belga descubrió el complot detrás de la muerte de su vecina y generó una fórmula literaria que ha desbordado a la autora y a todos sus personajes. A día de hoy se han vendido más de 3 millones de ejemplares de libros de Agatha Christie en más de 100 lenguas. La UNESCO declaró en 2008 a la autora como la más vendida de la historia detrás de William Shakespeare y de obras como la Biblia y el Corán, aunque Christie y Poirot cumplen un siglo, cuatro días comparados con los 400 años que lleva Bard difunto o los textos sagrados.

James Prichard, nacido en 1970, bisnieto de Agatha Christie y ahora al frente de parte de su legado, ha manifestado a la BBC con motivo del estreno de Asesinatos ABC que la clave del éxito de su bisabuela radica “en las historias porque cruzan fronteras, tiempo, nacionalidades y son fáciles de traducir, incluso pueden ubicarse en diferentes periodos sin alterar el ADN de la historia; ella era un genio para las confabulaciones”. Esas cábalas en las que todos los sospechosos parecen culpables en algún momento para que al final resulta que lo son todos, o el menos pensado, a través de una trama que da un giro detrás de otro. Poirot va rizando el rizo con su bastón, sus ademanes, sus extravíos gastronómicos o costumbristas y su observación e investigación del escenario del crimen.

De todos los actores que han llevado a la pequeña o gran pantalla a Poirot (Peter Ustinov, Albert Finney o John Malkovivh) David Suchet es, sin duda, el más asociado al personaje. Durante 25 años, de 1989 a 2013, el actor inglés, siempre con trajes sin arruga alguna, tanto si son de lino en el caluroso Egipto como de felpa o lana en Inglaterra, ha dado vida al detective hasta confundir la identidad de uno con la del otro. Suchet, nacido en Londres en 1946, le pone un acertado acento francés al detective que, haciéndose el despistado, se adelanta siempre a la policía, como Sherlock Holmes. En un estreno reciente Suchet, europeísta, dijo que “a Poirot le gustaría que Gran Bretaña se mantuviese en la Unión Europea porque no le gusta estar aislado; ama a su país y cree que está mejor dentro del grupo”.

Aunque la pareja Suchet-Poirot domina en la constelación de estrellas del cine y la televisión, Kenneth Branagh va al acecho del binomio. En 2017 dirigió y protagonizó una versión de Asesinato en el Orient Express, con un elenco de actores de alto caché y un bigote, congelado en Siberia, más espeso que el de Suchet, que generó 300 millones de euros de taquilla. Ahora está finalizando su versión de Muerte en el Nilo haciendo también de director y encarnando a Poirot. El estreno estaba previsto para este otoño, no obstante, hasta el detective vive tiempos raros por la Covid-19.

Al cabo de 20 años de crearlo, Agatha Christie se cansó del belga. En 1940 escribió Curtain, en el que mataba al detective del que casi no describe su vida privada ni amorosa. Sólo en un episodio tiene un idilio –más de insinuación que de atracción física— con una aristócrata. Los editores y la familia de la escritora –su hija Rosalind, fruto de su primer matrimonio, y el primer marido de Rosalind, Hubert Prichard— se negaron a matar a Poirot. El manuscrito de Curtain fue colocado en una caja fuerte hasta su publicación en 1975, el año antes de la muerte de la escritora. En 1955 la reina del crimen creó la compañía Agatha Christie Limited para gestionar los derechos de autor de su obra. La ratonera, por ejemplo, se perpetua en la cartelera de los teatros de Londres desde 1952 hasta hoy. La familia Christie mantiene un porcentaje de acciones de la compañía fundada por la escritora en la que Poirot genera unos 6 millones de euros ingresos al año, de acuerdo con The Independent.

Rosalind, hija de la escritora, era selectiva en la concesión de derechos de autor y evitaba la excesiva comercialización, que ella llamaba “banalización”, de la obra y la imagen de su madre. A su muerte, en 2004, su hijo Mathew Prichard, nacido en 1943, liberalizó el comercio de productos y derechos de autor y él se convirtió en mecenas cultural en Inglaterra y Gales; donó al Patrimonio Nacional la casa de verano de su madre Greenway House, en Torbay, hasta dejar paso a su hijo, James Prichard, bisnieto y gestor de 20 millones de euros en el último ejercicio financiero. Una cifra que arquearía las cejas de Poirot del que The New York Times publicó un obituario en 1975 con la publicación de Curtain (cortina, se acabó la función).

FOTO Portada Orient Express, il treno dei sogni (best5.it)

Tomado de: Público (España). Octubre 19, 2020.