Jazz y heroína: el amor imposible entre Miles Davis y Juliette Gréco

POR Mónica Garrido

Hacia finales de los años 40, el trompetista estadounidense Miles Davis viajó a Francia para tocar junto con su banda. En la tertulia, que convocó a figuras como Picasso y Sartre, conoció a Juliette Gréco, una singular actriz y cantante a quien consideró como la mujer que le enseñó lo que era “amar a alguien” al margen de la música

A principios de 1949, Miles Davis –de 22 años— hacía sus primeras armas en el jazz como trompetista. Junto a Todd Dameron, emprendió un viaje a París con una pequeña banda, la que tocaría alternadamente con Charlie Parker.

Según registra en sus memorias, Miles, la autobiografía –coescrita por Quincy Troupe y publicada en 1990—, en Europa compró trajes a la medida y fue tratado de una manera tal, que sintió que la vida le sonreía. Fue un viaje que, consideró, cambiaría para siempre su forma de ver las cosas.

Era sólo una gira. En Estados Unidos tenía una familia con Irene Birth, la joven que conoció en la escuela secundaria, y el plan siempre fue volver luego de tocar en el Festival de Jazz de París junto a Todd, Kenny Clarke, James Moody y el bajista francés Pierre Michelot. Pero el destino quiso que sus días en la ciudad de las luces fueran más que sólo algunas presentaciones.

“Allí conocí a [Jean Paul] Sartre, [Pablo] Picasso y Juliette Gréco. Jamás en mi vida me he vuelto a sentir como entonces. Únicamente en dos ocasiones había experimentado algo parecido: cuando oí por primera vez a Bird y a Dizzy en la banda de B, y aquella otra vez con la gran orquesta de Dizzy en el Bronx. Pero entonces se trató únicamente de la música. Ahora era distinto: ahora se trataba de la vida. Juliette Gréco y yo nos enamoramos. Me importaba mucho Irene, pero nunca antes había sentido las cosas que por aquellos días me trastornaban”, señaló Miles Davis en su autobiografía.

“El milagro del amor”

Fue en uno de los ensayos de Davis y la banda, que conoció a la actriz de 21 años. “Ella venía y se sentaba a escuchar la música. Yo no sabía que era una cantante famosa, lo ignoraba todo. Simplemente, estaba tan bonita sentaba allí…: largo cabello negro, un rostro hermoso, menuda, estilizada, tan diferente a cualquier otra mujer que yo hubiese conocido… Distinta por su aspecto, diferente por su forma de comportarse…”, explicó Davis en su escrito.

Cautivado por la mujer, el trompetista preguntó a un sujeto del lugar quién era aquella muchacha. “¿Qué quieres de ella?”, le replicó. “¿Por qué he de querer algo de ella? Quiero conocerla”, respondió el músico. “Bueno, ya sabes, es una de esas existencialistas”, afirmó el hombre sin resolver la duda de Davis. “No me interesa lo que es. Me parece una chica bonita y quiero conocerla”, insistió Davis.

“La primera vez que Miles Davis vino a París fue en el Pleyel, un lugar en ruinas”, recordó Juliette Gréco en una columna publicada en The Guardian en 2006, a propósito de los 80 años del natalicio de Davis, “No quedaban asientos, y de todos modos no habría podido pagar uno, así que Michelle Vian –esposa del compositor Boris Vian— me llevó a mirar desde los bastidores”.

«Y allí vislumbré a Miles, de perfil: un verdadero Giacometti, con un rostro de gran belleza. Ni siquiera hablo del genio del hombre: no hacía falta ser un erudito o un especialista en jazz para que te impresionara. Había una armonía tan inusual entre el hombre, el instrumento y el sonido, era bastante demoledor. Miles era un espectáculo en sí mismo: siempre se vestía de una manera muy clásica, no como se vistió más tarde”, añadió la actriz y cantante recurriendo a su memoria.

Miles Davis se cansó de esperar que alguien los presentara, así que un día de ensayo, al verla. “Simplemente levanté el dedo índice y le hice una seña para que se acercara, y se acercó. Conseguí hablar con ella y me dijo que no le gustaban los hombres, pero le gustaba yo. A partir de aquel momento estuvimos siempre juntos”, indicó el músico en su libro.

“Conocí a este hombre, que era muy joven, como yo. Salimos a cenar en grupo, con gente que no conocía. Y ahí estaba. Yo no hablaba inglés, él no hablaba francés. No tengo ni idea de cómo nos las arreglamos. El milagro de amor”, relató Gréco en su dedicatoria a Davis. “Nunca en la vida me había sentido de esa manera. Era la libertad de estar en Francia y de que me te tratasen como un ser humano, como alguien importante. Incluso la banda y la música que interpretábamos sonaban mejor allí”, rememoró el músico.

Juliette y Miles solían pasear por la orilla del Río Sena. Se tomaban la mano, se besaban y se miraban a los ojos. El idioma pasaba a segundo plano porque, de alguna forma, conectaron y las palabras parecían estar de más.

“Era como cosa de magia, casi como si me hubieran hipnotizado, como si estuviera en una especie de trance. Todo aquello yo no lo había hecho nunca. Estuve siempre tan inmerso en la música que no tuve tiempo para romances de ninguna clase. La música había sido la totalidad de mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco y ella me enseñó lo que era amar a alguien al margen de la música”, afirmó el ícono del jazz.

“Juliette fue probablemente la primera mujer a quien amé a un nivel de igualdad entre seres humanos. Era una persona ideal Teníamos que comunicarnos, sobre todo, a través de expresiones, gestos, lenguaje corporal. Conversábamos por medio de los ojos, de los dedos, no sé si me entiendes. Cuando te comunicas así, sabes que la persona no finge ni miente. Te vales de sensaciones y sentimientos. Era abril en París. Sí, y yo estaba enamorado”, confesó en el libro publicado un año antes de su muerte.

Su amigo y colega Kenny Clarke, quien se desempeñaba como baterista, le advirtió a Miles que debía quedarse en Francia, pues era allí donde lo veía feliz. “Me dijo que era un imbécil si regresaba a Estados Unidos. A mí también me dolía, porque cada noche iba a los clubes con Sartre y Juliette y nos sentábamos en las terrazas de los cafés y bebíamos vino y comíamos y hablábamos”, recuerda Davis sobre aquellas noches parisinas.

“Juliette me pidió que me quedara. El propio Sartre dijo: ‘¿Por qué no se casan Juliette y tú?’. Pero no lo hice. Me quedé una o dos semanas, me enamoré de Juliette y de París, y después me marché”, relató en su autobiografía. Una anécdota que Gréco recordó con algunos detalles más.

“Había oído hablar de personas como Sartre y Simone de Beauvoir cuando tenía 14 o 15 años, a través de mi hermana que era estudiante, pero nunca podría haber imaginado que algún día estaría cerca de ellos. Sartre le dijo a Miles: ‘¿Por qué no se casan usted y Juliette?’ Miles dijo: ‘Porque la amo demasiado para hacerla infeliz’. No se trataba de que él fuera infiel o se comportara como un Don Juan; era simplemente una cuestión de color. Si me hubiera llevado de regreso a Estados Unidos con él, me habrían insultado”.

La heroína como refugio para un corazón roto

Miles Davis decidió regresar a Estados Unidos. Kenny Clarke lo acompañó al aeropuerto en un día en que abundaron las caras tristes, sobre todo, la del mismo Miles. Sentía una pena tan profunda que no fue capaz de hablar con nadie en el trayecto de Francia a Norteamérica.

“Tan deprimido seguía cuando regresé que, antes de que me diera cuenta, tenía una adicción a la heroína de la que me costó cuatro años desengancharme, y por primera vez me encontré sin control, cayendo más deprisa que un hijo de puta hacia la muerte”, relató Davis en sus memorias.

“Yo quería realmente a Irene y todo eso. Era una persona encantadora, una buena mujer, pero para otro. Una dama distinguida, de auténtica clase. Fui yo quien necesitó algo diferente. Fui yo, no ella, quien empezó a echarlo todo a perder. Después de conocer a Juliette me pareció entender lo que deseaba en una mujer. Si no tenía que ser Juliette, tendría que ser alguien con su misma manera de mirar la vida y su mismo estilo, tanto en la cama como fuera de ella. Juliette era independiente, pensaba por su cuenta, tenía ideas propias, y eso me gustaba”, rememoró el hombre de Kind of Blue.

Davis decidió dejar a Irene porque llegó a un punto en el que simplemente no quería estar en esa casa –y no se sentía capaz de permanecer en ella—. “Uno de los motivos fue porque me sentía tan mal que a duras penas podía enfrentarme a mi familia”, confesó en su relato más íntimo.

Años después, entre 1956 y 1957, Miles volvió a encontrarse con su gran amor.

Juliette, ya de mayor fama como actriz y cantante, fue a Nueva York como parte de elenco elegido para trabajar en la cinta The Sun Also Rises, una adaptación de la novela de Ernest Hemingway publicada en 1926. La artista se hospedó en el exclusivo hotel Waldorf-Astoria y se puso en contacto con Davis.

“Nos habíamos escrito un par de cartas, nos habíamos enviado uno u otros mensajes a través de amigos mutuos, pero eso era todo. Yo sentía curiosidad por ver cómo me afectaría, y estoy seguro de que ella sentía lo mismo. No sabía si estaría enterada de la forma en que me había hundido en la mierda y me interesaba averiguar si las noticias de mis problemas con la heroína habían llegado hasta Europa”, recordó el trompetista sobre sus sensaciones de aquel entonces.

Juliette le dijo a Miles que la visitara, invitación que el músico aceptó, pero con un nerviosismo tal ante el reencuentro, que no se atrevió a ir solo. “Fue, creo, la primera mujer que amé de verdad y la separación casi me partió el alma y me precipitó al fondo de un pozo y me hundió en la heroína. Sabía que deseaba verla, tenía que verla, todo en mí lo exigía, pero por si acaso, llevé un amigo conmigo, el batería Art Taylor. Pensaba que de ese modo podría manejar mejor la situación”.

El desprecio como escudo

Los músicos llegaron al hotel en un automóvil deportivo. Según detalló en su libro, la entrada de dos “negros” en un vehículo lujoso en un exclusivo hotel, molestó a más de un blanco, lo que confirmaron con extrañas miradas que percibieron mientras preguntaban por la actriz francesa en el mostrador del Waldorf.

“’¿Juliette qué?’ La expresión del hijo de puta daba a entender que aquello no era real, que aquel negrito debía de estar loco. Repetí el nombre y dije que llamara a la habitación. Así lo hizo y mientras marcaba el número fijaba en mí su mirada de ‘no puedo creerlo’. Cuando Juliette le dijo que subiéramos, pensé que el hijo de puta iba a morir ante mis ojos”, detalló Davis en su libro.

Juliette Gréco, ya una renombrada actriz, saltó a los brazos de Miles nada más verlo, y lo besó. Inmediatamente el músico presentó a su amigo y vio cómo la sonrisa de la joven comenzaba a desaparecer. Gréco quería verlo sólo a él.

“Ella estaba aún más bella de como la recordaba. Mi corazón latía aceleradamente y procuraba tener mis emociones bajo control, por lo que reaccioné ante Juliette mostrándome frío. Adopté mi papel de proxeneta negro. Principalmente porque estaba asustado, y también porque la actitud de proxeneta se me había pegado mientras fui un drogadicto”, narró directamente el referente jazz.

“Juliette, dame algo de dinero ¡necesito dinero ahora mismo”, gritó Davis. Ella fue en busca de su bolso, sacó unos billetes y se los dio. “Su cara mostraba una expresión de completo asombro, como si no creyera lo que estaba ocurriendo. Cogí el dinero y di unas vueltas alrededor, mirándola fríamente. En mi fuero interno ansiaba abrazarla y hacerle el amor, pero sentía miedo de las consecuencias que aquello tendría en mí, miedo de no ser capaz de dominar mis emociones”, añadió Davis.

Tras quince minutos, el músico dijo que tenía “algo que hacer” y que debía irse. Ella le preguntó si la visitaría nuevamente y si querría ir con ella a España para el rodaje de la película. «Le respondí que lo pensaría y la llamaría más adelante. Dudo que nadie la hubiese tratado anteriormente de aquel modo; tantos hombres la admiraban y deseaban que probablemente habría conseguido siempre lo que quiso. Cuando me dirigía a la puerta, me preguntó ‘¿Miles, realmente volverás?’, a lo que contesté ‘Vamos, cállate, zorra. ¡He dicho que te llamaré más adelante!’”.

Arrepentido, Miles Davis tomó el teléfono más tarde y pidió hablar con Juliette. Le dijo que no podría ir a España, pero que le gustaría verla si regresaba a Francia algún día. “Estaba tan perpleja que no supo qué hacer, pero accedió a que nos viéramos en un futuro próximo, cuando yo fuese a Francia. Me dio su dirección y número de teléfono, colgó y así quedó la cosa”.

Juliette, en tanto, recordó aquella reunión un tanto diferente.

“Años más tarde, en el Waldorf de Nueva York, donde tenía una suite muy bonita, invité a Miles a cenar. El rostro del maitre del hotel cuando entró era indescriptible. Después de dos horas, nos tiraron la comida más o menos a la cara. La comida fue larga y dolorosa, y luego se fue”, relató la actriz enfatizando las miradas discriminatorias, más que la actitud de su visita.

“A las cuatro de la mañana recibí una llamada de Miles, que estaba llorando. ‘No podía venir solo’, dijo. ‘No quiero volver a verte aquí, en un país donde este tipo de relación es imposible’. De repente comprendí que había cometido un terrible error, del que surgió un extraño sentimiento de humillación que nunca olvidaré. En Estados Unidos, su color se me hizo descaradamente obvio, mientras que en París ni siquiera me di cuenta de que él era negro”, confesó quien fue conocida como “La musa de los existencialistas”.

“Sabría que eres tú”

“A la larga volvimos a reunirnos y fuimos amantes muchos años. Le conté cuál era mi problema cuando la visité en el Waldorf, y lo comprendió y me perdonó, aunque reconocía que se había sentido extremadamente confusa y frustrada por la forma en que la traté”, dijo el trompetista sobre su comportamiento frío y despreciable.

“Ese fue, pues, uno de los aspectos en que cambié desde mi drogadicción: me había encerrado en mí mismo para protegerme de lo que consideraba un mundo hostil. Y a veces, como en el caso de Juliette Gréco, no sabía quién era mi amigo, y quién mi enemigo, y en muchas ocasiones no me paraba a averiguarlo. A fin de protegerme no permitía a casi nadie que penetrase en mis sentimientos y emociones. Durante mucho tiempo me dio resultado”, finalizó Miles Davis, a modo de mea culpa, sobre su historia de amor con Juliette.

“Entre Miles y yo hubo una gran historia de amor, del tipo que te gustaría que todos experimentaran. A lo largo de nuestras vidas, nunca nos perdimos el uno al otro. Siempre que podía, me dejaba mensajes en los lugares por los que viajaba en Europa: ‘Yo estuve aquí, tú no’”, desclasificó la actriz sobre una extensa y tortuosa relación.

“Vino a verme a mi casa unos meses antes de morir. Estaba sentado en el salón y en un momento fui a la terraza para mirar el jardín. Escuché su risa diabólica. Le pregunté por qué reía. ‘No importa dónde esté’, dijo, ‘en cualquier rincón del mundo, mirando hacia atrás, sabría que eres tú’”, concluyó el recuerdo de Juliette Gréco, actriz y cantante fallecida el 23 de septiembre de 2020 a los 93 años.

FOTO Portada Miles Davis, droit dans les yeux (Jean-Pierre Leloir)

Tomado de: La Tercera. Setiembre 24, 2020.