Los poetas del coronavirus

Escritor y dramaturgo, es un incansable colaborador en periódicos, suplementos y revistas como Laberinto, Letras Libres, Newsweek en español, Forbes México, GQ México, Opera Mundi, entre otros

Casi fue una probadita de lo que nos espera del Apocalipsis. Ahora que, bien visto, ya en algunas presentaciones de libros nos habían dado un adelanto de la catástrofe, sobre todo al final, cuando con esas vocecitas aguardentosas, interrumpían, pedían un aplauso para la presentadora y pedían al autor que nos leyera algo de su libro; y el autor obedecía, porque el público se ponía de pie y aplaudía, y se ponía a leer en voz alta ante el fastidio de muchos de los asistentes, que nos aguantábamos o porque éramos amigos del autor o porque no había dinero para la cena y había que esperar que saliera el vino y los bocadillos (y pedir a Dios que no fuesen de mala calidad).

No obstante, con lo del coronavirus y el confinamiento el fenómeno de la lectura en voz alta se multiplicó así como Jesús multiplicó a los peces: en chinguísima, tomándonos desprevenidos, sin darnos ni siquiera un respiro, por lo que repentinamente comenzaron a levantarse y andar, lo mismo que Lázaro, cientos y cientos de lectores que desde la trinchera del confinamiento nos convidaban lo que creían era un bonito poema, o un bonito cuento, o un bonito fragmento de novela, o lo que se les pegara su regalada gana. Entonces a los lejos se escuchó el galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Apenas comenzaba el confinamiento y sabíamos, lo intuíamos, que esto de la lectura se iba a poner peor.

Aparte del coronavirus, que ya de por sí era una chinga, moriríamos tras escuchar malas lecturas de malos poetas, en el mejor de los casos. Seguramente algo muy malo habíamos hecho en esta o en otra de nuestras vidas. Y ni modo: encendías la computadora, entrabas a tu Facebook y te resignabas: era la hora de pagar.

Hace algunos años fueron las fotografías insufribles de gatitos. Parecía que en Facebook todos tenían un gatito y, si se te ocurría decir algo en contra de ellos, todos te sacaban la lengua (los humanos, no los gatitos) y te dejaban de hablar. Se conversaba de autores y de literatura, pero sólo si tenían gatitos. Cortázar, por ejemplo, estuvo muy de moda, y aquella fotografía donde arrulla a su gatito lo mismo que si se tratase de una muñeca a la que hay que dar biberón se volvió un clásico de las redes sociales.

Total que conseguimos soportar las fotografías que subían de sus gatitos, las que se tomaban con ellos, pues tanta era la soledad al otro lado de la pantalla. Se decían respetuosos de los derechos de los animales, pero traían al gato de allá para acá con tal de que apareciera en la fotografía en la pose que más les gustara, así fuese que tuviera el cuello casi roto, la cabeza a lo exorcista, o la pata doblada a la mitad. Es mi gato y hago con él lo que quiera, se nos dijo.

También soportamos la moda Murakami-Bolaño porque, después de todo, hay un montón de autores mexicanos que escriben peor. Pero de los gatitos a Murakami-Bolaño y a escucharlos leer en voz alta hay una distancia kilométrica.

Eso: escucharlos. Eso: ¿por qué tienen que leer en voz alta? A los que se creen poetas. Tan feo que lo hacen. Lo de leer en voz alta. En México se dan talleres de todo tipo: de cocina, de cómo pararte de cabeza, de cómo meditar si tocas un árbol durante media hora, de cómo preparar cerveza artesanal con tus propios orines, de cómo preparar tepache, de cómo escribir guiones para programas de televisión estúpidos, pero a nadie se le ha ocurrido dar a los poetas un taller de cómo leer en voz alta sus poemas. Una más: ¿por qué cuando leen en voz alta lo hacen con la solemnidad ridícula de un maestro de ceremonias? Como si pronunciaran un discurso crucial para salvar a la humanidad.

A mí, por ejemplo, se me ocurre pensar que es un vicio que arrastran desde la infancia. Esta es la historia que imagino: ahí estaban, frente al micrófono y frente a toda la escuela bien formada luego del uno, dos, tres, midan bien su distancia, lunes por la mañana, ustedes de blanco, y la maestra les pregunta si se aprendieron bien lo que tienen que decir cuando les toque la hora de pasar frente al micrófono, durante la ceremonia del aniversario luctuoso de Emiliano Zapata, y ustedes mueven la cabeza, porque en realidad en esos momentos, bajo esas circunstancias, es lo único que pueden mover, están casi paralizados por el miedo, y comienza la ceremonia, y se hacen honores a la bandera de tres colores, yo te doy mi corazón, y luego el chaparrito calvo, que es el director de la escuela, anuncia que ese día se celebra el nacimiento de uno de nuestros más grandes hombres (lo de grande le viene bien a él por la estatura) y que los alumnos de la maestra Rosita han preparado algo.

Y la maestra Rosita da la seña a otros dos alumnos para que pasen al frente con cartulinas donde va la imagen de un bigotudo Zapata y en eso les pregunta, lejos del micrófono, por supuesto, que si están preparados, y dicen que sí, estudiaron toda la noche esa maldita frase, la repitieron más de cien veces, soñaron hasta con ella y Emiliano Zapata, es su única línea de la ceremonia: Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879 y la maestra Rosita les dice que es su turno y les pasa el micrófono y… ¡una sola línea de texto! Luego iba a pasar la niña de las trenzas largas a decir algunas de las cosas que había hecho Emiliano Zapata y… ¡maldito momento!, alcanzan a medio tartamudear: Emiliano Zapata nació… ¿qué que Emiliano Zapata haya nacido?, a todos ahí les queda claro que nació, pues por eso es la ceremonia, y el chaparrito director ya se está arrepintiendo de haberle dejado la ceremonia a la maestra Rosita… y ustedes siguen ahí, inmóviles, estatuas que no son capaces de decir que Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879.

Nada. Cero. Sus padres ya se retiran: no soportan ver que sus hijos no supieron decir aquella frase que tantas veces repitieron durante la cena, y la maestra les arrebata el micrófono y se lo pasa, casi se lo avienta, a la niña de las trenzas, quien dice sus textos de una forma clara, limpia, hasta parece que hizo gárgaras con Astringosol previamente, como actor de la compañía de Shakespeare, nada más que en español.

Aquí comenzó todo. Los que nos leen no recuperaron la confianza hasta que crecieron, se olvidaron para siempre de Emiliano Zapata, se hicieron mayorcitos, algunos se casaron con niñas de trenzas, quien les dio ánimos para leer poesía, lo que es peor, que le dio ánimos para escribirla (luego de que se cortó las trenzas), le dijo que podía abrir una cuenta en Facebook y ahí mismo se puso a leer sus poemas, y los poemas de los poetas que admira (siempre y cuando los poemas no hablen de Emiliano Zapata o de la Revolución, se entiende) frente a la cámara de su computadora o de su Smartphone de última generación. ¿Se merece un aplauso? Yo creo que sí.

Si lo ven detenidamente, esto que les acabo de contar es una historia auténtica de superación personal.

Y en Facebook ocurrió. La gente se sentía menos sola cuando leía, pero se sentía todavía menos sola si se grababa y si subía el video a su Facebook porque creía que lo hacía bien, que por arte de magia se había vuelto una gran lectora en voz alta. Y nadie se atrevió a decirles que lo hacían muy mal. Que apenas si se entendía lo que leían. Que en lugar de alegrar con sus lecturas en ocasiones deprimían. Todo eran aplausos. Likes. Esa hipocresía que ya está catalogada como lugar común cuando las cosas pierden interés en las redes sociales. Siempre será más sencillo dar un like, una manita hacia arriba, una carita sonriente, que ser brutalmente honesto y confrontar con la verdad y las pruebas objetivas en la mano.

Y así fue como el fenómeno de los poetas del coronavirus se propagó lo mismo que los cursos de superación personal, de alta autoestima, del hágalo en su casa y de aproveche el confinamiento para bajar diez kilogramos de peso.

Y es que, ya metidos en el tema, durante lo más macizo del confinamiento, durante aquellos días donde no te atrevías ni a sacar la lengua por la ventana por temor al contagio, proliferaron toda clase de remedios alternos para soportar el desgraciado encierro: desde los que salían a bailar ridículamente a los balconcitos de sus casas como palomitas cagonas, hasta los que se grababan parándose de cabeza, recargados en la pared, cual simios amaestrados, para luego, segundos más tarde, irse de nalgas y romperse el hocico y provocar la risa de los cien mil seguidores que, a su vez, daban like al video, porque ya puestos en el peor de los confinamientos siempre fue necesario llamar la atención, que no se perdiese la popularidad, la fanfarronería, porque acaso quedó demostrado que muchos de los que subían toda clase de videos haciendo cualquier tipo de estupidez más que buscar un alivio al encierro del confinamiento buscaban llamar la atención, no pasar desapercibidos frente al gigantesco torbellino de una pandemia que se estaba encargando de borrar no solo cualquier gesto de popularidad sino borrarnos, literal, del planeta.

Mis favoritos son los lectores de poesía del coronavirus porque nos hacen creer que improvisan cuando casi tienen un estudio de televisión en su casa. Por su teatralidad a la hora en que leen frente a la computadora. Por la seriedad fúnebre con que finalizan cada poema. Por su falsa humildad de “perdonen mi mala dicción”, “perdonen si es que no se escucha bien”, “perdonen si no leo tan bien”. Sobre todo, por la fastuosa escenografía que en ocasiones montan antes de leer sus poemas: libreros tan atascados de libros que ni el Lobo de los tres cochinitos conseguiría tumbar; así, a sus espaldas, porque el mensaje, y nos queda claro, es que sí leen, que sí tienen dinero para comprar libros, que la relación que hacen es que entre más libros tengan, más inteligentes son, así sea que no haya necesidad de leerlos, porque incluso muchos de ellos aparecían con su envoltura, con la etiqueta y hasta con el precio.

Los poetas del coronavirus no nos vinieron a enseñar nada nuevo, pero sí nos vinieron a hacer más llevadero el confinamiento. En un futuro no muy lejano tendremos una nueva generación de culturetas que irán de allá para acá leyendo sus poemas en eventos creyendo que lo hacen muy bien porque nadie se atrevió a decirles la verdad.

No sé si esto beneficie o afecte una cultura que ya de por sí está a punto de nocaut por tanto recorte de presupuesto y que enfrenta una de sus peores crisis. Supongo, eso sí, que todos esos lectores de poesía del Coronavirus nos harán más divertida la vida, y desde ahora se los deberíamos de agradecer.