Del preferiría al no puedo (La llegada del COVID-19)

Estudió en letras francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y fue alumno del astrólogo mexicano Luis Lesur. Es socio y director editorial en El Tapiz del Unicornio Editorial

La pandemia llegó, esperamos que no para quedarse. Ha cambiado en poco tiempo las coordenadas de casi todos, por todos los rincones geográficos.

Elías Canetti hablaba de la masa, del trance de estar juntos. Si bien sigue habiendo inconscientes, ¿quién va a ir a un concierto masivo, a un teatro con cientos de personas? Apenas hace unos meses fui al Metropolitan a ver a Pink Martini. Parecen eventos de un pasado prehistórico.

Vivimos entre pantallas. Primero fue la televisión –la primera transmisión fue desde el edificio El Moro, el de la Lotería: el primer informe de gobierno de Miguel Alemán—. Ahora hay que sumar la pantalla del celular, la del IPAD, la de la computadora.

El encierro ha limpiado las agendas. Si no le hemos mandado un whats a alguien durante esos meses –ni nos lo ha enviado— está claro que no nos importa, ni le importamos gran cosa. Se ha reducido el número de las personas significativas.

Quizás el cambio más importante es el que tiene que ver con los sentidos. Con excepción de quienes viven con alguien y los que habitan en familia, no nos olemos, no nos tocamos, no nos gustamos.

Sólo nos escuchamos y nos vemos. El oído y la vista.

Hoy “nos tocamos” con la mirada y con las palabras. En el Zoom vemos los ojos de nuestros amigos, alumnos, colaboradores, socios, clientes, y tratamos de atisbar en esas miradas cómo se sienten. Los demás hacen lo mismo. Nos escuchamos. Antes nos veíamos y nos oíamos frente a un café o una cerveza; compartíamos el pan y la sal. Ahora, he estado en zooms donde cada quien trae su drink y su botana. Y decimos “salud”, tratando de mantener el ritual.

Herman Melville escribió dos obras maestras: Moby Dick, que habla de la lucha del capitán Ahab contra el mal, representado por la ballena (¿no es el mal, hoy, el virus?), y Bartleby, donde el escribiente del mismo nombre afirma, cuando le piden algo que no le agrada: “Preferiría no hacerlo”.

Ejercíamos hasta hace poco la libertad de Bartleby. Hoy no es un asunto de preferencia. Hay muchas cosas que no podemos hacer –o sí podemos, pero hacerlas es una imprudencia, como meterse a una alberca llena de gente—.

¿Qué vendrá? En el terreno social, como afirma el filósofo Zizek, quizás un mayor control de las autoridades. Menos libertad individual. En el arte, habrá que reconfigurar las visitas a los museos, las presentaciones de libros, la música, el teatro y la danza, las visitas al cine.

Si vemos hacia atrás, los seres humanos siempre hemos encontrado respuestas ante dificultades que parecían en su tiempo insolubles. Encontraremos otros “podemos” para ejercer nuestras preferencias, para no quedar atrapados por lo que impone la pandemia. A fin de cuentas, la imaginación nunca ha tenido límites. Es tiempo de ejercerla al máximo, para recuperar nuestra libertad y no decir: “No podemos” sino, como Bartleby: “Preferiría no hacerlo”.