Todo ha cambiado, nada ha cambiado

Rogelio Villarreal es periodista y editor, además de profesor de asignatura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Autor de Sensacional de contracultura y El tamaño del ridículo, entre otros libros. Es columnista de MILENIO Monterrey y MILENIO Jalisco, y director editorial de la revista cultural Replicante

POR Rogelio Villarreal

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en dirección al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación
en grado superlativo.

Éste es el célebre comienzo de Historia de dos ciudades, la novela de Charles Dickens publicada en 1859 y que desde entonces ha vendido más de 200 millones de ejemplares en el mundo y en todos los idiomas. “Aquella época era tan parecida a la actual…” Vaya si lo es.

Aunque esta extraordinaria obra literaria habla del París y el Londres del siglo XIX no es difícil aplicar esas frases iniciales a la situación que se vive hoy en el planeta, en la que todos los países han lidiado con una pandemia pavorosa con mayor o menor éxito. Sólo esas frases, pues la novela no es apocalíptica, como tantas otras como el Diario del año de la peste, de 1722, y no pocas películas de epidemias mortales.

Hemos visto desde diciembre del año pasado escenas terribles de muerte y desolación en las capitales más importantes del mundo. En otros países, afortunadamente, han sabido manejar con inteligencia y sensibilidad el ataque despiadado del coronavirus. En países como el nuestro la desgracia se ha cebado debido a la irresponsabilidad, la negligencia y la ineptitud de las más altas autoridades.

Como se sabe, en los primeros días Johnson, Trump, Bolsonaro, López Obrador y algunos más desestimaron la gravedad y la letalidad del nuevo virus, con las consecuencias desastrosas que vemos diariamente en las noticias.

¿Cómo no detestar a un presidente que se comporta como un cacique pueblerino, como un macho al que la pandemia le vino como anillo al dedo? México es ya el tercer país con más muertos, pero al presidente le incomoda que los medios informen de esa noticia —y de otras no menos graves.

Dice Michel Houellebecq que nada cambiará una vez que todo esto haya quedado atrás, o quizá será un poco peor. Es posible. Habrá una vacuna que todos deberemos ponernos cada año, pero la indolencia, la ignorancia y las mismas incompetentes autoridades seguirán causando estragos.

Un presidente hipócrita y rayano en la psicopatía seguirá tirando el dinero y mirando hacia otro lado mientras apuesta por el poder absoluto. Contra la ciencia, contra la tecnología, contra la prensa y contra todo aquel que ose cuestionar su proyecto transformador —una regresión enfermiza, en realidad.

Carajo… Es difícil saber si todo ha cambiado o si todo seguirá igual, y en unos meses, o en unos pocos años, seguiremos siendo los mismos, indiferentes, ensimismados, aterrados ante una delincuencia cada vez más osada y cruel, ante una injusticia que nos sigue agraviando, ante los linchamientos nuestros de cada día. Quizá la pandemia sólo vino a decirnos en realidad quiénes somos: unos peores que otros; unos mejores que otros.