Cortarse el pelo, o cinco meses conviviendo con la Covid19

Enzia Verduchi, periodista y escritora, sobre todo, obtuvo en 1992 el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta. Colabora en distintas revistas y suplementos culturales nacionales e internacionales. Y, entre sus libros, destacan, Cartas de usurpación y El bosque de la hormiga. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano, hindi, portugués y polaco

POR Enzia Verduchi

Después de cinco meses, me corté el cabello. Jamás me imaginé que un corte de pelo sería un tema para sopesar durante semanas: ahora que estamos en semáforo naranja ¿debería o no ir a un salón de belleza? ¿Sería prudente que viniera a la casa la estilista y tomar todas las medidas de precaución? Lo conversamos durante los desayunos, cuando salía de la regadera y me peinaba viendo cómo se reventaban los nudos y las puntas del pelo; lo hablamos mientras lavábamos y secábamos los platos, lo analizamos cuando interrumpíamos nuestra lectura, levantábamos la vista del libro y nos decíamos: “Mejor esperamos unos días más y vemos cómo sigue la curva de contagios”.

Algo tan simple como despuntarse, cortarse la cabellera, se convirtió en un tema de análisis y discusión. Confieso que en cierto momento pensé en raparme.

Durante cinco meses hemos estado encerrados en casa, prácticamente sin tener contacto con el exterior. Algunas veces hemos salido a la calle a dar un breve paseo de noche para toparnos con el menor número posible de transeúntes. Siempre nos encontramos con alguna persona que saca a pasear al perro. Caminar unas cuadras es como cuando el hombre llegó por primera vez a la Luna, no sabes realmente que sucederá, si una persona saldrá de un edificio sin cubrebocas, si de una pareja que está conversando de pronto alguno estornudará, si el ciclista pasará sobre la banqueta cerca de ti, si alguien sin percatarse escupirá al piso… Lo que más extraño de la “normalidad”, lo que más añoro “de antes” es sentirme segura caminando en la calle, tener la certeza de que no infectaré a nadie ni nadie me matará si tose.

Muchas de mis amistades han externado que este tiempo de pandemia ha sido el más feliz de su vida. Yo también he sido feliz en estos meses, he tenido las más profundas conversaciones, he dado y recibido los abrazos y los besos más amorosos, he leído los libros más increíbles, he cocinado con alegría y entusiasmo, he disfrutado la cercanía del otro, así como del silencio y la soledad, pero también he sentido la incertidumbre como un vestido cortado a la medida. Me pregunto cuándo volveremos a ver a los nuestros, si podremos abrazar a nuestros padres e hijos, hermanos y sobrinos; si volveremos a compartir la mesa con nuestros amigos, si realizaremos todos esos viajes que soñamos sin temor. Quisiera no tener que conversar a través de Zoom y Facetime con la gente que amo, quisiera no seguir dando condolencias a diario en las redes sociales, quisiera no tener que seguir viendo la vida por la ventana, quisiera ir a cortarme el pelo sin preocuparme de contagiar a alguien o de que posiblemente me maten con un estornudo.