Una despedida feliz

Braulio Peralta ha sido colaborador en los periódicos El Día, Unomásuno, MILENIO Diario (en el que escribe la columna “La letra desobediente”) y La Jornada, entre otros. En este último fue socio fundador y coordinador de la sección cultural. Fue fundador, asimismo, de la revista Equis y sus conocimientos como editor los ha desplegado en la firma Random House Mondadori

POR Braulio Peralta

Lo más difícil de estos días ha sido la dificultad de escribir sobre el Covid–19. Entre otras cosas porque todas las historias de la gente parecen la misma. Puede cambiar la clase social, el idioma, la raza. Pero, en lo básico, todos hemos sido obligados a adquirir despensa para alimentarnos en el encierro forzado, aprender a utilizar el tapabocas y tomar distancia de los demás, con gel antibacterial. Nos han obligado a no saludar de mano. No resulta nada original escribir estas líneas…

Por eso prefiero personalizar: he perdido a mi padre y a mi madre en periodos distintos. He sido secuestrado. Tuve que renunciar a varios trabajos por convicción profesional y ética, y en otros me han forzado a irme por las mismas razones. Me he levantado de toda crisis, incluidas mis relaciones amorosas. El temblor del 85 –y el del 19 de septiembre de 2016—, han sido un shock y cambio en mi vida. Irme de México en 1986 para instalarme a vivir cinco años en España ha sido una experiencia periodística y personal a la que le debo el cronista en el que me he convertido. Trabajar como director editorial para empresas trasnacionales igualmente fue transformador. Pero ante lo vivido hasta hoy en estos 150 días de confinamiento no tengo idea a dónde me va a llevar este virus que acaba con la vida de tantos seres humanos.

Una sobrina se contagió. El amigo de un amigo, murió. El hijo, el padre y la madre de una muy querida amiga se quedó sin sobrino, hermano y cuñada. Sobrevivieron sólo dos hijas de esa familia. Leyendo las noticias uno se estremece con la tragedia que, aunado a lo humano, será la economía lo más grave de los próximos años. El bicho nos condenó a experimentar la sensación de una prisión, solos o en familia. Yo tengo la fortuna de vivir en compañía. La soledad desató paranoias ahí donde la mente es débil. Habrá más desequilibrados emocionales con los que la sociedad tendrá que trabajar duro a fin de que recuperen una óptima psicología para continuar su existencia. La infancia jamás olvidará este 2020 y muy probablemente serán generaciones de los hoy niños a las que no les costará integrarse a la “nueva normalidad”.

Escribo esto y siento que no he dicho nada que no sepa la gente consciente de lo que una bacteria ha cambiado al mundo que vivimos. Escribo esto pensando que aún no sé qué siga con mi vida. No soy joven. Voy hacia el final del camino y eso me reconforta. Pero lamento no llegar a la madurez profesional para testimoniar con sentido social esta pandemia. Sería una despedida feliz.