Mientras la pandemia cede

El doctor Raúl Trejo Delarbre es investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III y profesor en el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universidad. Es autor de 20 libros, coordinador de otros 14 y coautor, con textos suyos, en otros 135

POR Raúl Trejo Delarbre

¿Qué cambió con la pandemia? Todo y nada. El Covid ha derogado muchas certezas que, quizás con demasiado candor, creíamos inalterables. Creíamos que la ciencia y la técnica nos mantendrían a salvo de una epidemia tan devastadora porque no atendimos con seriedad suficiente a las advertencias de los epidemiólogos más enterados. A comienzos de este endemoniado 2020 quisimos suponer que la expansión del virus sería manejable y breve. Ahora volteamos de nuevo hacia la ciencia y concentramos nuestra esperanza en la vacuna.

Nos sabíamos frágiles, pero no de manera colectiva ni tan intensa. La pandemia obliga a recordar la vulnerabilidad inherente a nuestra condición humana, pero de manera tajante. A quienes ya somos viejos esa indefensión no nos sorprende tanto porque, de manera inevitable, vamos reconociendo la transitoriedad de la vida. Pero esta fragilidad les afecta a todos.

Lo más triste, además de las víctimas del virus, es la manera como la pandemia perjudica a los jóvenes. Si ya padecían la ausencia de opciones suficientes para estudiar y trabajar, ahora las expectativas para los muchachos son mucho más limitadas. Un Estado comprometido con el interés de la sociedad tendría que crear puestos de trabajo, apuntalar a las universidades, auspiciar empresas y proyectos de los jóvenes. No es ese, por desdicha, el Estado que tenemos en nuestro país.

Trastocadas las formas para socializar, restringido el acceso a sitios de reunión, quienes peor sufren el encierro y las limitaciones en la pandemia son los jóvenes y, con variantes, los niños. No sé qué formas de intercambio personal y quizás de desarrollo individual se están fraguando en estos meses tristes, cuando a los abrazos se les reemplaza con encuentros en Zoom. Las pantallas digitales son sucedáneo imperfecto pero muy útil de las viejas formas de reunión con otros. Tras la pandemia habremos intensificado la vida a través de ellas, no como relevos sino como complementos del encuentro físico. La pandemia devela lo mejor y lo peor de la gente. Junto al desempeño generoso del personal en las instituciones de salud, entre otros campos, se han manifestado los brutos (algunos en posiciones de poder político) que desprecian el uso del cubrebocas. No tardan en expresarse los antivacunas, que personifican una forma superior de estupidez. Nada de eso cambia, a pesar de las muchas utopías que quisiéramos tejer mientras aguardamos a que la epidemia amaine.