Seudónimo Quincey 14


POR Óscar Garduño Nájera
Tomé una decisión: la iba a utilizar, haría de ella lo que quisiera. Sophie era de ese tipo de mujeres, que tras prepararse durante muchos años para cumplir una misión, terminan por identificarse con las mujeres de las cuales tanto y tanto renegaron
Oye gemir la voz en mi garganta.
William Wordsworth.
(Juanjo Fernández/ cienciasdsalud.wordpress.com)
Habitación uno: idiota. Sí, tú. Más idiota que las demás mujeres. Vieja e idiota. ¡Vaya mezcla! Y chismosa. De tanto traer la lengua suelta te la van a cortar un día de éstos. ¡Dios no lo quiera! Pero idiota. Espía de vergas y culos húmedos. Si bien que te consumen las ganas.

Alcanzaste a entrar una vez que las demás se descuidaron. Cerraste la puerta y pusiste el pasador. Si se dan cuenta te acusan de inmediato. Aquí todas las mujeres somos hijas de la chingada. En ocasiones recurren a las habitaciones desocupadas para echar una siesta. O para beber las cervezas que olvidan los clientes. Esas que terminan por escupir cuando se dan cuenta que saben a orines. Del apeste a alcohol se encargan las pastillas de menta. Deben dejar dos sobrecitos al lado de los ceniceros de barro. Y como lo que menos se hace aquí es hablar. De plano hasta para fumar las bachas frente a las cortinas abiertas. Cuando la mirada y el humo alcanzan a perderse tras de las sucias ventanas abiertas. Incluso para jugar con los condones usados: los sacan del bote de basura, los llenan de agua y hacen un nudo. En el aire hace de pelota con la que se entretienen durante algunos minutos.
Ahora estás recostada en la cama. Tienes la mirada fija en el techo. Pintura color beige ya descarapelada en algunas zonas. Una de dos: o acusas o renuncias. La primera te condena. La segunda te olvida. Y te deja más miserable de lo que ya estás. Idiota: además de sola… sin un peso. Al menos que el cerdo de la recepción sea generoso y te liquide con una buena cantidad. Eso o que dejes que te agarre las aguadas nalgas bajo el uniforme. Cierras los ojos. No quieres que el sueño te venza y los abres inmediatamente. Repites: idiota. También muerdes tus arrugados labios embarrados de un carmín que conseguiste con una compañera. Estiras el brazo. Abres la mano, la lata de aromatizante cae y el cilindro detiene su avanzar justo antes de arrollar a una cucaracha color mierda.
(e-infopages.com)
Habitación dos: tiemblo. Todo yo de manera incesante. Lo hago así: compulsivo. Me ocurre con frecuencia y realmente he dejado de ponerle atención. Sobre todo si se altera un sistema nervioso destrozado desde la infancia. Es soportar eso o recurrir a medicamentos que te cercenan el estómago. Soy como cualquiera de los fracasados de mis alumnos: busco curar cualquier dolor mediante paliativos inútiles. Si me lo permito llega el vómito: serpiente de digeridos alimentos que emprende un viaje a través de una ruinosa tráquea para enrollarse en el lago turbio donde la vida desaparece al apretar una palanca y girar. Y consume las amorosas palabras que tengo para tu cuerpo. Es decir, te quiero con toda mi alma. Pero debo sentir ante todo la ausencia de tu respiración. Así es, mi amorosa putita. También inyecta sangre en los ojos, nubla la mirada. Intento observarme en el azulejo sucio del baño. Imposible que ahí se genere cualquier tipo de reflejo. Antes bien hay un grisáceo sarro que parece aferrarse. Una que otra cucaracha que utiliza de puente tus tobillos para llegar al otro lado. Luego se pierden en la persiana oxidada de una coladera atascada de bolitas de pelos y oscuridad.
Habitación uno: tocan a la puerta. Escuchas. Te levantas porque tocan a la puerta, quitas el pasador y abres.
— ¡Ándele!, ya le caí que se está echando su sueñito, eh…
De tener las fuerzas suficientes le responderías. Avergonzada, inclinas la cabeza. Eres la niña que regaña la maestra. Con mujeres así mejor guardar silencio. Te enteraste que estuvo en la cárcel por robo a mano armada. Soy de las más cabronas de este pinche hotelucho, te dijo apenas te habías puesto el único uniforme que se acercaba a tu talla, y si me gustas para partirte la madre, te la parto.
— ¡Sígale, sígale!, yo iba a hacer lo mismo… ¡pendeja!
No cierras tú la puerta; ella te obliga a hacerlo. Te sientas en la orilla de la cama destendida. Repites: idiota, idiota. Primero porque no tenías que haber visto lo que viste. Luego por entrar a la habitación y recostarte. También por abrir la puerta. La imagen de una flácida verga parece acecharte desde que tu mirada se topó con la de aquel hombre. Y lo peor: con el cuerpo de esa mujer.
Habitación dos: otra de las cucarachas parece jugar a la resbaladilla por uno de tus pezones; no obstante, el problema es que te encuentras boca abajo, y aunque hace uno que otro intento, termina por desesperarse: huye por tu espalda, trepa por tu nuca y alcanza a la que acaba de extraviarse en las penumbras del desagüe. ¿Te parece bien la posición en que te he puesto, tierna y adorable putita? Repito la palabra amor y aprieto tus nalgas.
Habitación uno: avisarle al encargado. Esa es tu responsabilidad ante un hecho así. Lo más pronto. Hay algo de malo en todo: una vez que lleguen los ojetes de la policía se darán cuenta. Aun con su poca inteligencia, descubrirán que el encargado también vende velas de marihuana y pases de cocaína a las parejas que así lo soliciten. Si vienen los mismos de siempre, no hay problema. Pero si por algo mandan a algunos de esos policías que recién entran y sienten la responsabilidad de cambiar las cosas en el país, se jode todo. Puede que clausuren el hotel. Si te quedas sin trabajo estarás aún más lejos de encontrarla. Quién te va a dar el dinero para sacar las copias de los volantes. Quién para que te puedas mover de un lado a otro de la ciudad; pegar las hojas te lleva buena parte de tu único día de descanso. Quién te lo va a dar. Si no han traído a tu hija sana y salva a casa, quién te va consolar.
Habitación dos: decir a una mujer muerta “amor” es estúpido. De cualquier manera termina por serlo. Incluso si la mujer está con vida. Así se lo hice saber a Sophie.
— ¡No me vuelvas a decir amor, con un carajo!
(Jiri Hodan/ publicdomainpictures.net)
Se acercó a la ventana y lloró. Era una tarde lluviosa y hacía frío. En realidad ella era débil para afrontar cualquier tipo de pelea. Ese era uno de los tantos problemas con los que tenía que vivir día con día. La debilidad. Un carácter hecho pedazos. Una autoestima deshecha por anteriores hombres. Me sentía imbécil. Venía a recoger lo que otros habían derrumbado. Sus anteriores parejas. Hombres que, como yo, aprovecharon ese punto débil para obtener recompensas. Porque Sophie era sumisa y servicial. Desde las primeras ocasiones que salimos, tras habernos conocido en un círculo de lectura de Thomas de Quincey, me percaté de ello. Tomé una decisión: la iba a utilizar, haría de ella lo que quisiera. Sophie era de ese tipo de mujeres, que tras prepararse durante muchos años para cumplir una misión especial, terminan por identificarse con las mujeres de las cuales tanto y tanto renegaron. Vamos, ni siquiera era capaz de procurarme buen sexo. Y no lo hacía porque ella misma era incapaz de gozar. Por más estímulos que le proporcionaras. Al principio me echó la culpa. Era fácil zafarse del problema. Si era una especie de bloqueo del que tanto hablan los idiotas de los psicoanalistas, no me importó. Sentía lástima por ella y comencé a fingir. Le dije entonces que las cosas no iban tan mal, que en realidad me fascinaba coger con ella. Ya saben: espasmos que comienzan por suspiros acelerados. Me retorcía encima de ella, mientras con mis manos sujetaba con fuerza sus tobillos y la penetraba de manera violenta, como gusano herido. Y otra vez la maldita palabra: amor. La repitió entre dientes. Me acerqué hasta ella, la obligué a voltear moviéndola del hombro y le solté una cachetada. Lloró más. Me tranquilicé. Intenté explicarle: dos personas que se llaman así tras tantos años juntos no pueden más que odiarse. Intenté hablar de los adjetivos en una relación. Usarlos es amortiguar el destrozo emocional que significa una compañía obligada. Eso era ella para mí. Luego de Sophie, amor es una de las palabras por las que más desprecio experimento. Pero ahora siento necesidad de decirla mientras me hinco, mientras meto mis manos debajo de tus frías nalgas y alzo tu cuerpo hasta que quedas hecha un medio arco frente a mí. Amor. Amor muerto. Quincey tendría envidia de mi trabajo.
(nz.news.yahoo.com)
Habitación uno: ¿y si en estos momentos ya viene tras de ti? Lo mejor es que salgas ahora mismo del hotel. Inventa cualquier pretexto y pide la tarde libre. ¿Y si te deja igual que a la mujer? De no ser por tu hija, hasta verías como un sagrado favor el que de una buena vez por todas te quitaran la vida… idiota, idiota, vuelves a machacarte.
Habitación dos: frente a este amor casi cadavérico. Lo friolento de la temperatura de la carne contrasta con lo gélido del mosaico del baño: carreteras atascadas de sarro por donde transitan ocasionalmente cucarachas portadoras de una vida que tú por fortuna ya no tienes. Repentinamente me suelto a llorar. Pego mi rostro a la herida abierta. Parece que nos hacemos una sola persona.
¿No es verdad, mi putita?
— ¡Ya le dije que no!, desde que entró se le advirtió que aquí no habían permisos… si se siente mal, lo más que puedo hacer por usted, doña, es que vaya de volada con el médico de la farmacia de la esquina…
Caminas por el pasillo de vuelta a las habitaciones. El miedo se apodera de ti.