Asesinos viejos


POR José Luis Duran King
Una llamada recibida por la policía de Nebraska en 1989 detonó una investigación en torno a una pareja de ancianos que presuntamente contrataba a vagabundos para diferentes tareas, los cuales desaparecían misteriosamente de un día para otro
Ray y Faye Copeland (murderpedia.org)
Los asesinos seriales viejos son rara avis, aunque tienen su propio apartado en la historia del crimen. Albert Fish, por ejemplo, en los años 20 del siglo pasado fue un tutorial de perversión. Bisexual, caníbal y viscerófilo, además sentía una fascinación especial por los infantes. Al ser aprehendido, a los 66 años, después de que las autoridades rastrearon una carta que le escribió a la madre de Grace Budd, una niña que le sirvió de cena, una historia de horror salió a la luz. Fish tenía 68 años cuando fue ejecutado en la prisión de Sing Sing. Pero, bueno, Albert Fish era un asesino lascivo y actuaba solo.

De acuerdo con un estudio publicado en el año 2000 por la Medical Correctional Authority y que el investigador David Lohr cita en su artículo The True Story of Ray and Faye Copeland(www.crimelibrary.com), la mayoría de los asesinatos cometidos por individuos que están por arriba de los 60 años entra en la denominación de “crímenes de pasión”.
Sin embargo, en el caso del septuagenario Ray Copeland y de su esposa de 69 años Faye, sus delitos fueron movidos por el factor dinero, nunca por sexo o por pasión. Y si bien es cierto que existe una copiosa cantidad de parejas de asesinos recreacionales, tanto hetero como homosexuales, la sociedad homicida entre dos individuos de la tercera edad es tan hecho extraordinario como el hallazgo de una perla negra.
Ray Copeland nació en Oklahoma en 1914. Antes de cumplir los 15 años, su vida estaba marcada por las restricciones primero de una guerra y, después, de la gran depresión que sumió a su nación en la pobreza. A los 20, Ray ya tenía antecedentes penales vinculados al robo de ganado y a la expedición de cheques sin fondos, lo que se tradujo en estancias cortas en prisión.
En 1940 conoció a la mujer con la que compartió todo, lo bueno y lo malo. En ese entonces, Ray tenía 26 años y Faye 19. Producto de ese matrimonio nacieron cinco hijos y, con cada uno de ellos, nuevas necesidades que era necesario satisfacer. El problema es que Ray Copeland era un hombre que sólo sabía ganarse la vida mediante fraudes y llegó un momento en que sus trucos ya no engañaban a nadie, menos a la policía, la cual ya lo tenía plenamente identificado. Ray se marchó de Oklahoma y se estableció en Arkansas, donde, al mes de radicar ahí, fue arrestado y condenado a un año de prisión por su delito de siempre: robo de ganado. Al salir, Ray se mudó con su familia a Rocky Comfort, Missouri, donde también fue arrestado. Llegó un momento en que la cotidianidad de la familia Copeland era mudarse de una ciudad a otra y esperar a que papá saliera de la cárcel. Después de ser detenido en Illinois por firmar cheques de hule, Ray Copeland decidió que era momento de sustituir sus viejos métodos y elaborar un plan que lo blindara de ir a prisión.
Víctimas de los Copeland (mylifeofcrime.wordpress.com)
La sofisticada elaboración de su nuevo proyecto quedó al descubierto el 20 de agosto de 1989, cuando Jack McCormick, de 57 años, llamó a Crime Stoppers, una línea de ayuda de Nebraska, aduciendo que recientemente había trabajado con un par de ancianos que contrataba vagabundos para diferentes tareas, los cuales desaparecían misteriosamente de un día para otro. Asimismo, mencionó que había visto lo que parecían ser huesos humanos en la granja de los viejos. Las autoridades conocían los antecedentes de Ray Copeland. Sabían que siempre se había dedicado al robo de ganado y a la expedición de cheques falsos, pero tenían sus dudas respecto a la presencia de osamentas en su granja. No obstante, decidieron atender la denuncia de McCormick e inspeccionar las propiedades de los Copeland.
Después de dos meses de reunir evidencias que permitieran revisar la granja de los Copeland, la policía empezó su auscultación el 9 de octubre, sin obtener resultados inmediatos. El plazo legal para investigar se agotaba y parecía que las sospechas no tenían fundamento. Sin embargo, el 17 de octubre se descubrieron tres tumbas, en las que estaban los cadáveres de Paul Jason Cowart, de 21 años; y John W. Freeman y Dale Harvey, de 27. Los tres eran vagabundos y nativos de otros estados. Fueron ejecutados con un disparo en la nuca.
Una semana después, en otra área de la granja, fue rescatado un cuerpo envuelto en plástico. Se trataba de Wayne Warner, también fue ejecutado con un balazo en la nuca. Finalmente, a unos cuantos metros de donde fue hallado Warner, estaba enterrado el cadáver de Dennis Murphy, de 27 años.
Entre los elementos incriminatorios que la policía confiscó en la granja de los Copeland destacaba un cuaderno en el que estaban escritos por la mano de Faye Copeland los nombres de 12 personas; cinco de ellos, correspondientes a los cadáveres que la policía había encontrado, estaban tachados. Las autoridades rastrearon dentro y fuera de Nebraska los nombres restantes, pero no pudieron determinar si los individuos estaban vivos.
Ray y Faye Copeland utilizaban a los vagabundos para que firmaran los cheques de la compra-venta de ganado. Firmaban con el nombre de Ray Copeland. Cuando la policía descubría que los documentos carecían de fondos, el señor Copeland aducía que la firma no era suya. Al momento en que los vagabundos dejaban de ser útiles eran sacrificados.
Ray y Faye Copeland fueron sentenciados a muerte, aunque ninguno de los dos llegó al patíbulo. Ray murió a los 78 años en el corredor de la muerte del Centro Correccional Potosi. En septiembre de 2002, Faye obtuvo su libertad bajo palabra debido a su delicada condición física. En la Navidad de 2003, a los 82 años, murió en la casa que habitaba. El caso de los Copeland está en hibernación, pues persisten las dudas en torno a la cifra exacta de los homicidios que cometieron.