La blancura del papel que hace tilín


POR Gabriel Ríos
El diario de Simeón es un salvavidas en el contexto del amontonamiento de imágenes quemándose en el desierto, con arena dispersa y lágrimas de Anina, su hermana, antes de ser crucificada
(excursuses.wordpress.com)
Maurice Pons, el escritor francés abre posibilidades a la escritura con la novela Las estaciones. Es un poema que labra la tierra en tiempos difíciles, mientras un grupo de chiflados observa a Simeón, a quien ha puesto al cuidado del pluviómetro, nada más por haber mencionado el oficio que más le atrae, el de escritor, que espera mejores tiempos para diseñar su novela, que se arma a pesar de las circunstancias, con algunos brazos, piernas, dedos y dientes de personajes que se aplican a la propia imaginación de un narrador que se enfrenta a la blancura del papel que hace tilín y trae grabado un carnero que se puede ver al trasluz.

El título es lo de menos. A la fábula se le reconoce por el deseo de poner fuera de lugar a una niña hilarante y a un hombre que atraviesa la cortina de lluvia, sin preguntarle al viento el por qué de su fealdad patética: ojos abultados, cejas que se le desbordan por la frente y la cara, y esa nariz prominente, que dan como suma un aspecto que le hace notar Walter Dodge a su llegada, lanzándole un escarnio calcinado que le provoca perder la compostura, motivo por el cual, más adelante, Simeón, con el pie izquierdo infectado, describe con sencillez, el amor que le despierta la mujer de ese hombre arisco.
La arquitectura del lugar se compone de casas amarillentas, de fachadas ciegas, alienadas, una tras otra, entrecruzadas a veces por escaleras de hierro transversales. La entrada al Café Hotel despide un olor fétido. Después de un tiempo, el protagonista puede finalmente comer una pasta parda y un pan duro de lentejas, y descansar en un cuarto espacioso, al que se entra por una ventana, usando una escalera Gugumus de banda corrediza.
El diario de Simeón es un salvavidas en el contexto del amontonamiento de imágenes quemándose en el desierto, con arena dispersa y lágrimas de Anina, su hermana, antes de ser crucificada. Hasta el momento, el único reposo con que cuenta es seguir el curso de la lluvia, sobre la pared rocosa. En esa extrema soledad se desliza un gato y la voz tenue de una viejecita lo acerca a una especie de tortuga con gorro de estambre, quien le regala un huevo cocido, recordándole el platillo que le hacía su madre y también los apuntes sobre cálculos de superficies y volúmenes ovoides que leyó no sabe dónde.
Clara Dodge, tal vez sin proponérselo, ha liberado al hombre que se siente feliz de habitar el mundo, viviendo intensamente la novela fuera de las rejas ardientes. Al desdoblarse en Luana, la conciencia mongoloide que le advierte de la maldad de un consejo apoyado por el Croll y Greuz Steppe, Simeón se siente con más confianza al practicar la palabra fina, el giro circunstancial, las fruslerías que se empalman con un entusiasmo milimétrico de nuevo ciudadano y pluviometrista de tiempo completo. Es en la temporada invernal cuando más acción tiene esa parte luminosa del escritor, que aprende algunas costumbres del pueblo, como calentarse, llevando animales atados a los calzones.
El pueblo, pensando que la ciencia es hereditaria, concede a Simeón la oportunidad de embarazar a Clara, en un acto que consideran honorífico, pues esperaban de esta conjunción a un niño sabio que pudiera mejorar las condiciones climáticas. En el momento de éxtasis, la rana de dientes filosos, que se había depositado y había crecido en el seno de la mujer, se quedó con el pene de Simeón.
(lafemelledurequin.free.fr)
Crear un mundo de realidades sin límites es el colmo del heroísmo que se yergue encima de los habitantes de la región más inhóspita del universo, pues la otra mitad del invierno es de nieve aplastando las casuchas, dejando una capa gruesa en el techo del Café Hotel, de donde despegan hileras de ciudadanos a los que no les queda otra cosa que acompañar al hombre que continuamente carga con sus rollos de papel y un atado de lápices.
El humor que expele Las estaciones se lo debe en mucho a la cooperación del Croll, esa especie de gigante hirsuto y andrajoso, sentado en el pecho de un asno, tratando de extirparle un molar, o bien, rodeando el dedo enfermo del pie de Simeón, con un alambre acerado y previamente puesto al rojo vivo en el fuego. También a la viuda de Ham, sentada continuamente en las rodillas de los aduaneros, los que al inspeccionar el cuarto del escritor, quedan pasmados ante el carácter lujoso del papel blanco, liso y satinado. Y a todos los incondicionales que han dejado ese lugar, junto con aquel que degustó la magia de la vida.