Seudónimo Quincey 15


POR Óscar Garduño Nájera
Emiliano: no sabes si sueñas o si estás despierto. Un poderoso y líquido letargo que te humedece ahí, en la banca, frente al frío de una madrugada que también comienza a bostezar. Otra vez abres tus ojos. Los tallas con tus callosas manos
(elempresario.mx)
Dios perdona a los hombres que hacen justicia con sus mujeres.
Emiliano atropella las palabras. Luego alza la vista. La cabeza casi se le va por completo: son los efectos del mezcal.
Quién sabe dónde se enteró. Un día alguien lo dijo. No seas idiota. Y claro que dejó la botella sobre la mesa y se sobresaltó. El mezcal se bebe así. Das un trago pequeño primero. Luego te lo pasas por toda la boca. Que raspe dientes y lengua. Como cuando te enjuagas. Aunque, a lo que se ve, y a lo que se huele, tú ni la boca te has de lavar. Se volvió a sobresaltar e intentó olerse. Imposible. Al final lo tragas de golpe. Dejas que el alcohol, tras reposarlo, rasguñe tu garganta; también que en cuanto caiga perfore tu estómago. Para comenzar esa era la receta. Porque tras los primeros tragos te olvidas de ella. Y cuando sales a la calle zigzagueas. Ahí vas. Solitario. Tal vez acompañado por uno que otro perro empecinado en escoltar tus atontados pasos con sus débiles ladridos.

Te lo repites. O lo hace una voz que vive dentro de ti y que toma las palabras del mezcal. Esta noche, Emiliano, vas a terminar de hacerte hombre. Tiene que ser esta noche luego de que te llamaron mentiroso y borracho. Lo segundo te consta, lo primero sí te ofende. Al menos así te lo planteaste al salir de la casa de tu compadre. Otra vez de necio a que te quedaras. Por suerte, ahora no mencionó a la Amelia, que si no… Te paraste en una ridícula posición marcial. Balbuceaste. Tengo una misión. Alcanzaste a decir eso y tus palabras venían quién sabe desde qué día. Tu compadre bebió de un trago lo que le quedaba de su mezcal y se burló. Siempre que está borracho lo hace. Por eso ni siquiera lo tomaste en cuenta para contarle lo que estabas a punto de hacer.
En la misma banca, esperas: un ebrio hombre enterrado en la arena de la noche con dos famélicos perros por toda compañía. Hasta eso que no aguantan: tras repegar sus sarnientos hocicos en el pantalón sucio de Emiliano y no recibir por respuesta alguna caricia deciden aletear sus colas y dejarlo: correrán una aventura calles más adelante y sostendrán una disputa por una de tantas perras en celo que duermen frente a un abierto portal.
Luego un esfuerzo supremo para mantener los ojos abiertos mientras su cuerpo se tambalea de atrás hacia adelante, o bien de un lado a otro, movimiento éste que casi lo somete para que se recueste de una vez por todas en la banca. Pasan varios minutos, una incipiente sed que parece agrietar su garganta, varios bostezos y nada. Ahora que lo piensa no recuerda si se trata de una aparición o de dos. Se lamenta: es lo malo de lo que ves cuando estás borracho.
(flickrhivemind.net)
Ya se han dicho tantas y tantas cosas de la muerte de la niña Andrea: hocicones que andan por ahí con sus historias que hacen y deshacen según a la persona que la cuentan. Ya hasta creían haber dado con el asesino. Nada. La muerte parece desdoblarse hasta reposar en este pueblo dejado de la mano de Dios.
Antes de que lo venza en definitiva el sueño decide ponerse de pie con los esfuerzos mayúsculos que eso representa. Da unos cuantos pasos. Se aleja un poco de la banca. En el silencio insondable de la noche sus pasos retumban con un sonido distinto. Y para Emiliano es semejante al que hacía la cabeza de Amelia dando de lado contra el borde de la mesa, frente a una taza de café ya frío y un cenicero aún humeante por el último cigarro. Cuando decidió sujetarla de los cabellos, taparle la boca y obligarla así a callar. Amelia, repite lentamente para él y para la noche.
Emiliano: no sabes si sueñas o si estás despierto. Un poderoso y líquido letargo que te humedece ahí, en la banca, frente al frío de una madrugada que también comienza a bostezar. Otra vez abres tus ojos. Los tallas con tus callosas manos. Repentinamente, a lo lejos…
Dos mujeres, dos.
Parece que flotan envueltas en una transparencia tras de la cual la oscuridad de una moribunda noche se hace más densa.
¿Qué hay detrás de sus imperceptibles rostros?
¿Qué hay detrás del canto que inician en cuanto parecen percatarse de la presencia de ese hombre?
Una sola nota: triste para Emiliano que no sabe un carajo de música.
Bien afinada. Timbres pétreos que parecen moler con tanta tristeza los oídos de Emiliano.
¿Cómo es que en pueblo duermen los demás a pesar de la muerte de la niña Andrea?
Permanece el hombre aferrado con sus dos manos a la banca, a donde regresó violentado por ese enigmático canto.
Esta noche, Emiliano, vas a terminar de hacerte hombre.
Aunque el miedo se apodera de ti. Tú que de tan valiente mataste a la Amelia. Eso fue antes: cuando diste tus primeros pasos para ser hombre. Porque no todos los días se mata a una mujer. Que se lo pregunten al gordo Quixtlihuac. Intenta repetir el nombre de su esposa y las letras se le quedan hechas ovillos bajo una lengua que también tiembla.
Emiliano: no sabes si sueñas o si estás despierto.
Dos mujeres, dos.
(gusdepafotografia.blogspot.com)
Quién sabe qué extraños mecanismos lo impulsan, pero se pone en pie una vez que las dos mujeres, dos, pasan frente a él y las sigue.
Unos cuantos metros más adelante, Emliano, lo recordarás como uno de los días más horrorosos de tu vida. Porque nadie te dijo que para terminar de hacerte hombre primero el horror. Traspasa cortinas nebulosas tijereteadas de grisáceo color. Intenta reconocer el lugar donde se encuentra. Mira a su alrededor. Dos árboles secos de mediano tamaño cuyas alargadas y quebradizas ramas parecen sostenerlo, de un lado; del otro, lo que parece un desolado sembradío con apenas una que otra descobijada mazorca de pútridos granos. Y al frente penumbras: una noche que en lugar de aniquilarse con la entrada de la madrugada se vuelve eterna sobre las espaldas diáfanas de las dos mujeres, lentas en su avanzar, indiferentes a la presencia de Emiliano, quien se siente aún más ebrio y extraviado.
Un paso más y su pierna derecha se hunde hasta la rodilla: lodazal rojizo que parece salpicar tinta en cuanto Emiliano intenta zafarse, tras tambalear y casi caer. No puede. Su otra pierna también se hunde. Está atrapado.
Emiliano: no sabes si sueñas o si estás despierto. Peor aún: si has bebido uno de los tantos mezcales adulterados que corren por estas tierras. Cuando al fin consigue zafar su pierna derecha aparecen frente a él los cuerpos sin vida de tres mujeres poblados de diminutos y amarillentos gusanos en  plena danza sobre las hendiduras de la carne abierta en la zona de sus pezones. Apilados. Torre desvencijada hecha de entrañas sin aliento. Brazos y piernas deshilachados e inertes señalando en múltiples direcciones. Ese es tu horror, Emiliano. Así también quedó Amelia una vez que cavaste el hoyo que haría de una tumba falsa.
Qué chinga terminar de ser hombre, Emiliano, y no vale que cierres los ojos porque alambres detrás de tus párpados parecen hendirse y obligarte a ver. Se cuelgan de tus hombros y te dejan inmóvil en ese ignoto lugar: con una pierna fuera del sanguíneo lodazal y la otra frente a los apilados cuerpos de miradas abiertas y ojos blancuzcos ahí donde antes brilló la vida y ahora comienza a oscurecer frente al vuelo de varios buitres negros que repentinamente descienden de las alturas.
¿Qué sucede, Emiliano, es tan difícil para ti terminar de ser hombre?
Busca a las dos mujeres, dos; en cuanto vuelve a escuchar su canto las ve avanzar sobre el sembradío. Suspendidas sobre la árida tierra continúan su caminar hasta perderse en medio de la boca ennegrecida de la noche. Desaparecen.
Ahora sí estás solo, Emiliano, frente a mujeres que ya nada tienen que decir.
Y te asustas y te haces muchas preguntas.
Tampoco sabes si sueñas o estás despierto.
Presientes que tu vida nunca volverá a ser la misma.