Normalistas y lengua inglesa


POR Alfredo C. Villeda
El alegato de vincular la enseñanza del inglés con un atentado a la cultura regional, con una imposición de los valores mercantilistas de la sociedad del consumo y con el discurso reivindicatorio de que muera el imperialismo yanqui aparece arcaico
(vertigopolitico.com)
Frente a su grupo mexicano inscrito en un curso universitario de literatura francesa, en el antiguo IFAL de la calle Río Nazas, el joven maestro, natural de París, reprendía con razón de sobra a su auditorio. No daba crédito a que apenas una minoría hubiera leído a Calderón de la Barca, a Garcilaso y a Lope de Vega. “Son sus clásicos”, expresaba con cierta indignación. De acuerdo con su experiencia, los niños franceses aprenden inglés a los 11 años y español a los 14. No especificó en qué sistema, si público o privado.

El asunto es que el aprendizaje de una lengua extranjera va más allá de la simple adquisición de una habilidad adicional para comunicarse. Aprender otro idioma es adentrarse en otra cultura con la complejidad y la riqueza que implica. La lengua inglesa es en nuestra época, además, una herramienta indispensable por ser el idioma global de los negocios y uno de los seis obligatorios en Naciones Unidas. ¿Por qué esperar a que llegue una traducción, así sea cada vez más rápido el proceso en la actualidad, si puedes leer de forma directa un reportaje, una novela o un ensayo?
El tema está en el aire debido a la reticencia, reflejada en disturbios con autos incendiados y paro escolar, de estudiantes normalistas michoacanos a cursar, como parte de su programa curricular, inglés e Internet. Por supuesto, no son sus únicas demandas. Pero valga ese par de ejemplos para el comentario. Después de semanas de jaloneo, negociaciones fallidas y detención de decenas de muchachos al fracasar todo intento de diálogo, los inconformes se salieron con la suya. Todos, salvo ocho activistas, salieron bajo fianza en una primera ronda, aun si hasta ayer seguía vigente el proceso penal a 48 de ellos.
El gobernador había declarado a lo largo de una semana que los ocho que no alcanzaban ese derecho se quedarían en la cárcel, una vez que sus delitos son graves, al descartar en todo foro donde se paró que no habría perdón ni inmunidad. Después vino el espacio para la interpretación legal y los detenidos salieron triunfantes con la venia de un juez. Un día después, mientras el secretario de Educación se engallaba y decía que no había vuelta atrás en el tema de las clases de inglés e Internet, en pocas horas el asunto cambió de tono y la lengua extranjera se convirtió en asignatura opcional. Ni hablar de la informática.
Los merecimientos para obtener la libertad o quedarse en la cárcel serán objeto de análisis en otros espacios. Aquí hay que destacar, empero, el tema de la negativa estudiantil a estudiar inglés. Los normalistas prefieren aprender lenguas indígenas. Está bien. Es un gran paso. Apenas puede imaginar el lector avezado, ignorante del náhuatl o el otomí, la belleza sonora de esas voces. Jean-Marie Gustave Le Clézio, el Nobel de Literatura 2008, compartió hace unas semanas con el fusilero su admiración por esa multiculturalidad, especialmente en Michoacán, donde vivió largas temporadas, y también por la poesía de Nezahualcóyotl.
El alegato de vincular la enseñanza del inglés con un atentado a la cultura regional, con una imposición de los valores mercantilistas de la sociedad del consumo y con el discurso reivindicatorio de que muera el imperialismo yanqui aparece arcaico. El gran José Revueltas abjuraría de tal despropósito. Más aún: el propio Marcos, que encabezó el movimiento zapatista, echó mano de esas dos herramientas, el inglés y el Internet, para dar alcance internacional a su causa. ¿Por qué encerrarse, pues, si les ofrecen el aprendizaje de una lengua extranjera y un vehículo moderno e indispensable para sobrevivir en el siglo XXI?
Negarse a nuevos aprendizajes deja a los normalistas en la piel de aquel celoso anciano medieval, invidente, al que Umberto Eco hace decir en El nombre de la rosa que el conocimiento es solo para preservarse. “For knowdlege –escribió Bacon— there is no satiety.”