Literatura, la experiencia espontánea de un loco


POR Gabriel Ríos
Con Ricardo Piglia nos quedarnos de frente al escucha o al que intercala reflexiones en medio de la anécdota del hombre que mató a sus dos hijas para que no fueran a ser como la puta y loca de su madre
(surlivros.blogspot.com)
Curiosamente, Oscar Wilde retaba a los creativos de los estados de conciencia, a los detractores de realidades excéntricas, a quienes pretenden registrar su propia vida o a los que luchan con el vacío total, como Ricardo Piglia.
Nuestra manía de querer saber algo más de las ideas fijas nos lleva a cuestionarnos: ¿quién se atreve a explicar la mecánica del pájaro carpintero sin confundir el pasado con la culpa? Ese es el estado perfecto del arte de narrar, anotaría Piglia, quien consigna ejemplos como el de la cajera del bar White Horse, que se la pasaba horas al día repitiendo una red invariable de gestos.

Es imprescindible la ingenuidad para ser un lector de ficciones, un ajustador del tiempo. Aunque no deja de ser un comentario de Piglia, se trata de un tratamiento onírico de la sociedad pensado sobre las notas literarias plasmadas en un domingo de desasosiego.
Piglia calcula enredos para que caminemos sobre dos rieles. Desde textos como Hotel Almagro, hasta los observados en Prisión perpetua, Respiración artificial y La ciudad ausente, en los que la paranoia nos impele a destruir una parte de la humanidad. Nos quedarnos de frente al escucha o al que intercala reflexiones en medio de la anécdota del hombre que mató a sus dos hijas para que no fueran a ser como la puta y loca de su madre.
En el texto El fin del viaje aparece y reaparece una mujer, el fruto de un sueño con efecto de clausura y sorpresa; sin doblegarse ante lo ridículo, ostensible por sus ojos claros. Pero, ¿por qué miente? Le hacía explotar la cuestión y el narrador descubriendo para sí el corazón del folletín, el centro de la subjetividad.
En el relato La loca y el retrato del crimen, la conversación entre Barsut y Erdosain se transmigra en el teorema, en el señalamiento en las orillas: se enriquece en Prisión perpetua; la estampa de la muchacha de la grabadora sombrea la imagen inicial de Macedonio Fernández: la voz perdida de una mujer que queda descifrada por el reportero Renzi.
(Germán García Adrasti)
La literatura es la experiencia espontánea del loco. Aconsejaría la metáfora borgeana a la memoria ajena, insistiendo en la claridad de los recuerdos artificiales. Ricardo Piglia lo dice en Formas breves y en Encuentro en Saint-Nazaire: una confesión o una historia personal y falsa, la extrema función de la lectura, las iluminadoras revelaciones del autor.
¿Qué características tendría la novela latinoamericana en este momento? Es una pregunta que responde Piglia con largueza en la novela Plata quemada; ahí donde se van cocinando notas dedicadas a Macedonio Fernández, la teoría se disuelve, hasta hacernos mirar a Malito, el cerebro de la banda como al autor de Eterna, ese mítico ser fantástico que se describe como esmirriado a la Raskólnikov o Kant o a ese jockey japonés que se vio una tarde en una cuadrera de Lobos: con un impulso particular nacido mitad del vulcanismo y mitad de la apatía.
Plata quemadaes una obra dedicada al pianista y compositor Gerardo Gandini, a quien recuerda Piglia en el libro Formas breves, en un cuarto en el que sólo había lugar para el piano; la música por un lado y por el otro la tensa relación con la carga de cinismo, trivialidad y demagogia de la cultura actual sobre las espaldas de Malito, el Nene Brignone, el Gaucho Dorda y el Cuervo Mereles: los héroes que aportan lo suyo en  la descomposición de las pasiones y secretos.
En algunos de los cuentos de Piglia se suscitan casos abrasivos como en El precio del amor o en El fluir de la vida, donde la historia transmite el lenguaje de la pérdida de lo femenino.