Resurreccionistas: una historia de muertos

POR José Luis Durán King
A fines del siglo XVIII, cuando estaba probado que los patíbulos de Inglaterra eran insuficientes para abastecer las mesas de los anatomistas, una carrera prometedora vio la luz. A los ejecutivos de la nueva profesión se les llamó “resurreccionistas”

En 1829, Peter Baume desafió los cánones de su época, al hacer gala de un pragmatismo hasta entonces inédito. Antes de morir dejó por escrito instrucciones detalladas sobre qué hacer con sus piezas corporales para cuando llegara el momento de rendir cuentas ante el Altísimo. Decidió que su esqueleto fuera donado para la educación médica de la manera siguiente: su cráneo pasaría a ser propiedad de la Sociedad Frenológica; los huesos se convertirían en mangos de navajas y botones; la piel curtida serviría para la elaboración de cubiertas para sillas, mientras que las partes blandas deberían utilizarse como fertilizantes para flores.
Dos años después del caso de Baume, la muerte del filósofo británico Jeremy Bentham también traía incluida su instructivo final. Bentham, padre de la corriente utilitarista —que establece que los actos humanos, las leyes y las instituciones deben ser juzgados de acuerdo con su utilidad intrínseca, es decir, “según el placer o el sufrimiento que producen en la sociedad”— decidió que su cuerpo se exhibiera en una vitrina, para que así pudiera ser estudiado. Bentham se oponía a los entierros, pues éstos sólo representaban, a sus ojos, un gasto excesivo e inútil.
En primera instancia llama la atención la nacionalidad de los dos personajes ilustres que decidieron que su cuerpo fuera un carnaval después del que se considera uno de los trances más tristes y sobrecogedores que enfrenta el individuo de occidente: la muerte. Sin embargo, si nos detenemos un momento a atisbar en el contexto histórico que circundó a Baume y Bentham, quizá comprendamos por qué precisamente estos dos británicos decidieron convertir en bien público su cascarón corporal.
A fines del siglo XVIII, cuando estaba probado que los patíbulos de Inglaterra eran insuficientes para abastecer las mesas de los anatomistas, una carrera prometedora vio la luz. A los ejecutivos de la nueva profesión se les llamó “resurreccionistas”, “exhumadores” o “levantadores”. El nombre era lo de menos, su actividad es lo que cuenta: eran individuos que actuaban en las penumbras exhumando cadáveres frescos en los cementerios y, cuando las exigencias de los clientes eran insoportables, no dudaban en organizarse con sus pares y acudir en masa a los funerales, donde literalmente arrebataban los cuerpos muertos a los sorprendidos dolientes.
Innoble profesión la de los “resurreccionistas”, transgresores del luto y el dolor, esta nueva especie rapaz hizo de la gente humilde su presa favorita y de los hospitales y panteones sus cotos de caza. No era raro que los cuerpos de los pobres permanecieran vulnerables en el hospital durante varios días mientras los familiares intentaban reunir el dinero suficiente para pagar los servicios del nosocomio y así exigir la devolución del cadáver de su ser querido. Durante todo ese tiempo, “el “resurreccionista” permanecía al acecho. En caso de que el cuerpo no fuera reclamado, la burocracia hospitalaria determinaba que el cadáver fuera enterrado, con o sin ataúd, en una fosa común, que era casi lo mismo que sembrar diez kilos de carne debajo del tallo de una margarita en un campo infestado de lobos.

Ley de oferta y demanda
La década de los treinta del siglo XIX es el sueño dorado para los amantes del sofisticado terror inglés. En su inquietante estudio The Italian Boy: Murder and Grave-Robbery In 1830s London, Sarah Wise apunta que “lo que para el público fue considerado uno de los peores crímenes, para la ley fue algo trivial”. Y así fue: sorprende que un acto abominable como el latrocinio de tumbas sólo afrontara un castigo de seis meses de cárcel.
No es necesario señalar que la proliferación de “resurreccionistas” obedecía simplemente a una amplia demanda de carne que había en el mercado de las refacciones humanas. La señora Wise documenta que como parte de su entrenamiento cada cirujano en ciernes debía diseccionar tres cadáveres. En ese entonces, el único abastecimiento “legal” de cuerpos provenía de las mazmorras y en 1831 sólo se colgó a 52 personas. No obstante que hospitales de enseñanza como el de San Bartolomé abrió sus puertas a las “donaciones”, los cadáveres escaseaban.
Y así, mientras gran parte de la sociedad del Reino Unido luchaba por la vida, los “exhumadores” hacían de la muerte su negocio. Dependiendo de la frescura del producto, el precio de un cadáver iba de ocho a 20 guineas, una pequeña fortuna al lado de los cinco chelines que ganaba, por ejemplo, un tejedor de seda por 72 horas de trabajo a la semana.
Aun así, la tarea tampoco era sencilla para los “resurreccionistas”. Sin embargo, la aparición en el escenario de William Burke y William Hare dio un giro al negocio. Ambos empresarios escoceses decidieron que era mucho más fácil asesinar vivos que desenterrar muertos. Protagonistas de “Los horrores de Edimburgo”, abrieron una posada para pobres, que en realidad era un matadero que surtía los pedidos de los anatomistas.
La contraparte londinense de Burke y Hare la integraron John Bishop, James May y Thomas Williams, cuya autoría del asesinato de Carlo Ferrari, un niño de la calle, un menudo infante italiano, desembocó en una investigación que descubrió un escenario, donde, “boca abajo contra las heces, las autoridades desenterraron varios costales de carne humana”.
La presión que levantó el asesinato del “chico italiano” fue un factor decisivo para la aprobación de la Segunda Enmienda de Anatomía de 1832, que establece que los cuerpos no reclamados de la gente pobre fueran utilizados para las disecciones. Aunque el sector social británico más económicamente vulnerable nuevamente quedaba a la zaga, es importante apuntar que la enmienda de 1832 es la primera que incluye al cuerpo muerto como entidad jurídica, al tiempo que el siglo XIX adquiere una validez histórica propia, “al integrar el cuerpo muerto en un pensamiento clínico y al hallazgo anatómico revelado por la autopsia en las bases tanto del entendimiento médico como en el desarrollo de la ciencia de la patología”, según lo apuntan Dorothy Nelkin y Lori B. Andrews en su brillante estudio publicado en 1998, Do the Dead Have Interests? Policy Issues For Research After Life. (Law, Medicine and Socially Responsible Research).
En su recorrido histórico, el cuerpo muerto ha abandonado su papel de simplicidad biológica y ha adoptado una “entidad ambigua, sujeta a creencias conflictivas y representaciones contradictorias”. Más aún: el cuerpo muerto posee connotaciones sacras, es motivo de conmemoraciones y fiestas nacionales, tema de fe e invaluable objeto científico, además de que su presencia en el mercado mantiene una alta denominación, sobre todo ahora que la experimentación se centra en la utilización de tejido humano proveniente de los cadáveres para investigación o entrenamiento médicos.