Louis Althusser: un filósofo en la nota roja

POR José Luis Durán King

La relación entre Louis Althusser y su esposa Helen Legotien fue un desfile constante de jóvenes estudiantes que se sentían atraídas por la fama y las reflexiones del pensador francés y que culminaban no en la cátedra sino en el catre en forma de escandalosos menages

En las primeras horas del 16 de noviembre de 1980, un hombre con ropas holgadas tocó en la puerta de la residencia del doctor en la Escuela Normal Superior de París, gritando: “¡Mi esposa está muerta, yo la estrangulé!” La autopsia determinó que la tráquea de la mujer estaba rota y que el suicidio era imposible. Al asesino autoconfeso se le diagnosticó una profunda depresión, por lo que fue remitido al hospital Sainte-Anne. Ahí vivió sus últimos diez años, en silencio, muriendo, su “segunda muerte”, en 1990.
La anterior es una historia común, que se repite constantemente sobre todo en los países desarrollados: una pareja de ancianos que vive a tres dedos del abandono total, las depresiones hipermaniácas y el homicidio doméstico. Lo que no es muy común es que un filósofo lleve a cabo actos que engalanan la nota roja. El caso al que nos referimos lo protagonizó Louis Althusser, un pensador cuya feroz revisión del pensamiento de Karl Marx en los años 60 le hizo merecedor de un lugar en el panteón de los gigantes intelectuales de Europa en general y de Francia en particular, al lado de Michel Foucault, Jacques Lacan, Claude Levi-Strauss y Jacques Derrida. Y aunque la controversia y la atención generadas por este crimen finalmente menguaron, las implicaciones del mismo no han perdido su reverberancia y fascinación.
El suceso está plenamente documentado en la autobiografía póstuma de Althusser titulada The Future Lasts a Long Time (algo así como El futuro dura mucho tiempo). Privado del juicio que el público francés demandaba, silenciado por su debilidad mental, Althusser se embarcó en un intento desesperado por ensamblar, pieza por pieza, los motivos de su lobo interior, recortando notas periodísticas, atendiendo diariamente las visitas de sus amigos, entrevistándose con sus analistas y escribiendo sus memorias. El resultado fue un verdadero clásico, no exento de una franqueza y de un auto escrutinio brutal con la firma de la casa francesa, cuya especialidad inició con las Confesiones de Rousseau, que empieza con la siguiente frase lapidaria: “Diré abiertamente lo que hice, lo que pensé, lo que hice”.
La relación entre Louis Althusser y Helen Legotien estuvo marcada por los claroscuros. Ambos habían vivido infancias difíciles a causa de las guerras y de enfermedades mortales en seres queridos. Althusser era un católico convencido y ella era hija de padres judíos lituanos. Antes de conocerse cada uno por su lado había participado activamente en diversos movimientos sociales. Amiga cercana a luminarias de la literatura francesa, como Paul Eluard, Jean Renoir y Andre Malraux, se dice que fue Helen la que encauzó la obra de Louis Althusser, quien antes de su encuentro con la que sería su esposa dedicaba muchas de sus reflexiones a temas católicos.
En cuanto a su amor, éste se distinguió por sus experiencias extremas y por las constantes infidelidades de Althusser. En su autobiografía, el pensador documenta, tímida y avergonzadamente, las numerosas crueldades que le infligió a su pareja, entre ellas, un desfile constante de jóvenes estudiantes que se sentían atraídas por la fama y las reflexiones de Althusser y que culminaban no en la cátedra sino en el catre, en forma de escandalosos menages que Helene soportó estoicamente.
En lo que concierne a la fatídica noche de 1980, el crimen posiblemente fue resultado del consumo inmoderado de drogas de Althusser, de su sonambulismo o de la manía que tenía de masajear el cuello de su esposa. Las víctimas de aquel acontecimiento fueron por lo menos dos: Helen y las teorías de Althusser, ambas fatalmente heridas por aquella experiencia monstruosa.