Marshall McLuhan: Satán es un ingeniero electrónico

POR Opera Mundi

Marshall McLuhan murió en 1980, año en que la transformación de la vida humana había sido catalizada completamente por la televisión, en un tránsito que anunciaba la explosión de los medios de comunicación electrónicos, en particular del Internet

En 1971, Marshall McLuhan anunció un nuevo producto. Junto con Ross Hall, su sobrino, McLuhan patentó la fórmula de un removedor del olor a orina que permanece en los calzones después de fregar éstos incluso con dos piedras. Muy al estilo de McLuhan, su fórmula, a la que llamó Prohtex, desaparecía el olor a orines, aunque otros aromas quizá más interesantes y comprometedores permanecían impolutos.
Hoy, cuando la atmósfera del mundo no da para más, hay aromas idos y olores que regresan. Entre los que han vuelto figuran por supuesto los de la aldea global, efluvios tribales que despide un cuerpo en proceso de descomposición y completamente intercomunicado.
Marshall McLuhan nació en 1911 y murió en 1980. Para la época en que falleció, el comunicólogo ya no gozaba de respeto alguno entre los académicos, y la prensa lo veía como un excéntrico más cuyas declaraciones sólo despertaban sonrisas de conmiseración. Para ese año, la transformación de la vida humana había sido catalizada completamente por la televisión, en un tránsito que anunciaba la explosión de los medios de comunicación electrónicos, en particular la irrupción del Internet. Motivo de nuevas ansiedades o, para decirlo de manera mcluhiana, el advenimiento de los nuevos medios digitales ha convertido al resto de las tecnologías en obsoletas. En la confusión de la revolución digital, McLuhan otra vez gana relevancia.
Poco destacado
Los conceptos de McLuhan –“El medio es el mensaje” y “Aldea global”— son recitados como plegarias en muchas investigaciones digitales en el mundo, no obstante que muchos estudiosos no han leído las obras de McLuhan, para quien, de acuerdo con el biógrafo Philip Marchand, “escribir libros no era su fuerte”.
Y a decir verdad, el caso de McLuhan resulta curioso, ya que no destacó como estudiante ni como maestro. Desde los inicios de su carrera, el profesor canadiense con un doctorado en Cambridge se mantuvo alejado de las aulas académicas, por las que nunca sintió atracción y sí poca paciencia.
En su papel de analista social, político y económico, McLuhan fue una especie de cómico de carpa mexicana. Sus discursos y pronunciamientos públicos ayudaron a abonar una excéntrica generación de futuristas y consultores comerciales que se servían de los postulados mcluhanos para ofrecer cursos a empresarios que deseaban saber las condiciones económicas que el futuro les deparaba. Sin embargo, McLuhan no fue precisamente el prototipo del hombre de negocios exitoso, pues no hay que olvidar que su fórmula removedora de olores no causó ningún impacto entre las marcas comerciales de la época, aparte de que su incursión en el teatro y el espectáculo fue un fracaso rotundo (cómo si no, pues pretendía presentar ante las audiencias estadounidenses al “Elvis Presley ruso”). Incluso en áreas en las que se esperaba podía rendir mejor –por ejemplo, en la cultura pop— sus pronunciamientos a menudo resultaban increíbles. En 1968, para no ir más lejos, intentaba tozudamente explicar a los lectores de Playboy por qué el monokini no era sexy.
La extraña escolaridad de McLuhan y sus pasmosos consejos financieros siempre se mantuvieron muy aparte de otros santones de la comunicación, como Alvin Toffler y Peter Drucker, con quienes llegó a colaborar. Sus presentaciones en vivo –que muy pocas veces abordaban los temas que en un inicio se anunciaban— terminaban en verdaderas batallas campales ideológicas. No obstante, McLuhan jamás fue un charlatán en la feria de la tecnología.
“Hay mucha gente para quien la palabra ‘pensar’ significa necesariamente identificar las tendencias existentes”, escribió McLuhan en 1974 en una carta dirigida al diario Toronto Star. En su misiva advertía que la civilización electrónica había creado condiciones en las cuales la vida humana podría ser considerada como un sembradío de hongos, por lo que McLuhan protestaba apasionadamente contra tal opinión.
Político conservador
En sus hábitos personales, McLuhan dio gran prioridad a la literatura. Lector incansable, no gustaba de la televisión y en las salas de cine se dormía. Fue un político conservador y un católico. No se consideró un futurista del todo sino un crítico y rebelde académico en la tradición de Henry Adams, otro místico conservador cristiano que prefería analizar tendencias a gran escala que compilar catálogos sobrios de hechos intrascendentes.
La idea de McLuhan de que los medios son extensión del hombre estuvo influida por el filósofo católico Pierre Teilhard de Chardin. El misticismo de McLuhan lo llevó a pensar, al igual que Chardin, que la civilización electrónica daría un salto espiritual que acercaría el contacto entre Dios y la humanidad. Más adelante, sin embargo, afirmaría que el universo electrónico era “una evidente manifestación del Anticristo” y que “Satán es un ingeniero electrónico”.

Marshall McLuhan: Satán es un ingeniero electrónico comentarios en «2»

  1. Si el primer humanoide que empuñó un hacha, dió comienzo a un nuevo escalón de la etapa evolutiva, se convirtión en un homo habilis, es lícito pensar que los "nativos" de las nuevas tecnologías digitales, son algo nuevo, un escalón más en el proceso de complejidad hacia el que camina la evolución.

  2. Muy interesante conocer más detalles acerca de la figura emblemática en las aulas de los estudiosos de la comunicación. Su última aseveración suena bastante polémica.

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