MARILYN MONROE Y OTROS FAMILIARES

A Sandy, Flavio Rolando, Diego, Roso y Pepe

Era, el quince de septiembre, la feria, los rifles, los elotes con limón, mayonesa y chile, o los pambazos, los tamales, los sopecitos, qué ricos, o las guerras a huevazos con harina entre nosotros o contra los que nos cayeran gordos, o el buscar de bocas abiertas para echarles confeti por babosos, o las luces de colores: Hidalgo, Allende, Morelos, o los toritos y el echar cuetes o ponerse cuetes, o los gritos de Viva México Hijos de la Chingada. Aquí está su padre. O Méxi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co, rá-rá-rá, desgañitándonos como locos hasta casi quedarnos roncos. Qué tiempos aquellos. La palomilla reunida: Lucas, el zotaco, Pablo, chaleco y la morsa. Derecha, derecha, decíamos, y volteábamos a ver pasar a una muchacha, o izquierda, izquierda, y era otra que hasta se sonreía con nuestras gracias.
Algo que ha cambiado.
Ahora es el cuatro de julio, los fuegos artificiales que no asustan a nadie, el desfilar de bandas con sus trajes entre payasos y de troyanos, las bastoneras a las que uno se acostumbra –y se aburre– de verles las piernas, o el halloween, donde los hombres se disfrazan de viejas, o el cinco de mayo, donde me felicitan sin que signifique nada, y me preguntan dónde dejaste el sombrero, el tequilero o la guitarra, y me invitan a comer nachos ya tomar coronas importadas, o el thanks–giving, el famoso pavito –del que luego me preparo unas tortas–, el pay de calabaza –eso saco por andar contigo, como alburearía la morsa–, la historia que no entiendo de los indios que por buenas gentes –¡ingenuos!– y darles de comer a los colonos, recibieron como pago que los echaran a todos, o a la reunión familiar con Marilyn Monroe y sus escotes y sus ligueros, con mi queridísima suegra y su tercer marido, con el ladilla de Bobbie de seguro con un nuevo agujero, o con Samantha, que para mí es lesbiana, o con Lorián, con sus tambores imaginarios, y por si fuera poco, con el infaltable y pesado de Willie. La familia entera. Los Adams o los Monster se quedan cortos. Y ahora nos toca en casa, qué friega.
Por eso Sheila, mientras le daba de comer a Tito, le advertí: Willie trae a sus perros y se los corro, o vuelve a decir algo en contra de los mexicanos y se la parto al cabrón. El niño sonrió, la boca llena de gerber de papaya, y como está aprendiendo a hablar y todo lo repite, dijo “abón” con una ternura que me partió el alma –hijo mío— y a ella supongo que algún otro de sus muchos sentimientos puritanos lados, porque me regañó por enseñarle esas cosas y a él en inglés le insistió que no dijera esos, baaaad, baaaad, parecía borrego y hacía cara de fuchi. El niño, porque a ratos Cindy, la vecinita de al lado, se encarga de cuidarlo –y malcuidarlo, que el moretón en la frente no lo tenía ayer cuando se lo dejamos– dice shit mejor que leche o zapatos, pero eso no tiene importancia. Qué chistoso y listo es Tito, afirma ella. Sí, qué chistoso y listo es mi Tito, Tito, tito-tito-capo-tito.
Ayer precisamente, le envié a mi jefa una foto de él disfrazado de batman. Chistoso el niño. Batmito. Batmito González. Mi jefa asegura que se parece a mi de la boca para abajo y a Sheila –mi esposa— de la nariz para arriba. Por lo de los ojos me parece bien —ojos azules—, y lo del cabello, mejor —es güerito—, pero mientras sólo saque eso de la familia… con eso me conformo. Sobre todo, por favor, que no se me haga puto. Sí, que no se me haga puto. O drogadicto. O que no se vaya a meter a una ganga a matar o a que me lo maten. O que le dé por decir que Elvis no ha muerto. O que me lo devuelvan en bolsa de plástico y envuelto en bandera gringa. O que no le guste el pozole. O que no hable español. O que le diga nos vamos de vacaciones a México y se ponga a llorar del susto o me pregunte si ese país queda en Africa o en Oceanía. Por favor. Eso, y que no termine haciendo hamburgesas. Como yo. Algo que por supuesto no he dicho en mi casa. Ni a mis jefes y mucho menos a Lucas. Porque ¡para eso quemarse las pestañas, para eso dejar media nalga en los pupitres? ¿Para eso el título colgado, junto con las fotos de cuando yo era chiquito —sonriente, chillón, serio, dormidito—, en la pared de la sala? ¿Para eso? Pero ¡cómo, señor licenciado! Y no cualquier licenciado: licenciado en relaciones internacionales, aunque les cueste más trabajo, y con mención honorifica, que para eso de las neuronas —y de saber cómo copiar en los exámenes— estoy bien dotado. El viejo anhelo: la embajada o el consulado en Inglaterra, los Estados Unidos, o mínimo en Australia o la India. Eso soñaba, soñábamos. Por eso el inglés. Porque sin el inglés —ya lo decía Socrates, ¿o fue Paco Stanley? — uno no es nada. Y ahí tienen a mi jefa, convenciendo a mi jefe de que le diera más duro a la ruleteada para sacar lo de la colegiatura, y al zángano éste —hablo de mí, no de mi señor padre— asistiendo como niño popis a una escuela en la zona rosa, conocida no sólo por su prestigio sino por la manera como cada trimestre subían el costo de los libros y las colegiaturas. Unas verdaderas y cochinas ratas. Pero, ¿qué quieres? A educarse. Una inversión para el futuro. A ganar en dólares, no en pesos, A echarle ganas, mijito, a ponerse abusado, para que no se atarante y le pase lo que a su apá. ¡Si supiera!
Mauricio Carrera. La muerte de Martí y otros cuentos. México, Molino de Letras, Instituto Mexiquense de Cultura, 2006.