Las hijas de Pandora

Mujeres que desafiaron la arbitrariedad de la historia

POR Judith Flanders

En épocas en que cualquier actividad estaba monopolizada por los hombres, hubo mujeres que se rebelaron a languidecer en los estrechos confines del hogar y optaron por una vida azarosa de mercaderes, bandidas, piratas, arqueólogas y escritoras

A principios del siglo 17, Mary Frith, la hija de un zapatero, tenía como destino casarse con un hombre bueno y trabajador, tener hijos y contribuir en todo con su esposo. En vez de eso, con un nombre nuevo, Moll Cutpurse, abrió una “fábrica” cerca de la taberna El Globo, en la calle Fleet, donde vendía mercancías robadas y, por una suma adecuada, devolvía las pertenencias a sus propietarios originales. Si éstos llegaban sin dinero y con la policía, Moll simplemente pedía a uno de sus amigos que robara el objeto nuevamente. Con las pruebas desaparecidas, los tribunales debían liberarla cada ocasión que estaba a punto de pisar la cárcel.
Cuando incluso ese tipo de vida se le hizo bastante aburrido, optó por el bandidaje, encontrando un placer particular como monarquista en el levantamiento del general cromwelliano Fairfax. En esa ocasión, Moll fue convicta y sentenciada a la horca, pero con un enorme soborno –al parecer fueron 2 mil libras esterlinas— logró quedar nuevamente en libertad. Su petición final fue: “Dejadme reposar en mi tumba sobre mi vientre, con mi trasero hacia arriba, por si tengo la suerte de resucitar en el Día del Juicio Final; seré indigna de mirar hacia arriba, y como lo que he tenido en la vida ha sido absurdo, así será en mi muerte”. Sin embargo, su verdadero epitafio fue: “Dekker y Middleton toquen La dama rugiente”.
Las chicas salvajes
Pandora´s Daughters (Las hijas de Pandora) trata sobre las mujeres que han sido autosuficientes, que lograron hacerse de lo que ahora denominamos una carrera, a través de los siglos, cuando ellas trabajaban por necesidad, más que por amor o ambición. Muchas de éstas desfilan por este libro: escritoras, corredoras de bolsa, astrónomas, doctoras, hojalateras, sastres, soldados, marineras, fabricantes de candeleros y proveedoras, entre otras profesiones y oficios.
En esta obra, el afecto de Robinson se inclina por “las calaveras”, las chicas salvajes. Ahí está la Sarah Heckford a la que ama: una comerciante en Sudáfrica, una espía y especuladora, que también atendió a pacientes con cólera en el East End y que se estableció en el hospital East London.
Por supuesto incluye a la mujeres pensantes como Christine de Pizan, del siglo 14; a la feminista Mary Wollstonecraft y a su contemporánea, la historiadora Catherine Macaulay, quienes transformaron enormemente la vida de las mujeres al promover la educación y la emancipación femeninas, y que tuvieron que luchar contra quienes estaban “arriba y al mando”.
También hay referencias a Christian Cavanagh, quien dejó las labores del hogar para alistarse al ejército vestida como hombre y pelear en favor del duque de Marlborough en Flandes. Sólo cuando fue herida en la batalla de Ramillies, casi 15 años después de haberse reclutado, su impostura fue descubierta. Fue entonces que recibió una pensión de por vida por parte de la reina Anne en reconocimiento a sus servicios.
Sin reconocimiento oficial
Muchas nunca recibieron un espaldarazo por sus logros. En Crimea, Mary Seacole, una enfermera jamaicana, junto con el dueño de la casa donde vivía, fueron solos al frente para proveer de tabaco, pan, calcetines y polvo dentífrico a los soldados, después de que Florence Nightingale había rechazado a Seacole como enfermera a causa de su color.
Mary Anning fue la mayor cazadora de fósiles del siglo 19 y quien encontró el primer pterodáctilo en Gran Bretaña, un plesiosaurio y docenas de otros restos que hasta la fecha continúan iluminando las colecciones del Museo Británico. Pero a ella le tocó ver cómo el crédito y el dinero iban a parar a las manos de otros colegas menos talentosos y más posicionados sólo por ser hombres.
Otras no estuvieron dispuestas a tolerar lo que sucedía y optaron por irse al extremo opuesto: Ann Bonny Mary Read se convirtieron en piratas; Mary Butterworth fue una falsificadora; Pearl Hart robaba diligencias en el oeste estadounidense. En su juicio, rechazó conformarse para toda la vida con la conducta que la sociedad esperaba de ella, y gritó: “¡No aceptaré ser juzgada bajo una ley en la que mi sexo no tuvo voz en su elaboración!”
Este es el último punto de Robinson: a través de la historia ha habido mujeres que no estuvieron dispuestas a vivir bajo las reglas masculinas, y que, dentro o fuera de la ley, merecen ser recordadas no por quienes fueron sus maridos o sus padres sino por lo que ellas lograron.
Tomado de: The Guardian. Noviembre 30, 2002.
Traducción: José Luis Durán King.