Monstruos y cristianos

POR Debra Higgs Strickland

En el lenguaje medieval, el término “monstruo” fue aplicado específicamente a los no cristianos, a todos los que compartían un defecto común monstruoso: el fracaso de abrazar la verdadera fe cristiana

Los cristianos medievales de occidente vieron muchos monstruos, tanto vivos como imaginarios. Aunque eran muy reales para los creyentes, los demonios y las elusivas “razas de monstruos” no existían en verdad, pero para judíos, musulmanes, mongoles y africanos negros –todos los anteriores considerados “monstruos” por la mayoría cristiana– sí existían. Pero no todo monstruo era necesariamente malo. Los santos e incluso Dios en ocasiones fueron representados como “monstruos”. Destacar lo que aquellos grupos dispares tenían en común bajo el punto de vista cristiano ayuda a explicar lo que ser “un monstruo” significó en la Edad Media tardía.
Las razas monstruosas imaginarias pueden ser definidas como criaturas malformadas, mal contenidas y mal comportadas, que se creía habitaban la periferia del mundo conocido, principalmente India, Etiopía y el norte lejano. La raza de los panotii, por ejemplo, cuyo nombre significaba “todo oídos”, se cree que tenía orejas tan grandes que incluso podían dormir cubiertos por ellas. El cinocéfalo, o cabeza de perro, sólo se comunicaba a ladridos. El blemmyai carecía de cabeza y tenía el rostro en el abdómen. El sciópodo, aunque tenía una pierna, era muy rápido y utilizaba su único y enorme pie como sombrilla.
Tímidos y, además, caníbales
Gran parte de la ciencia concerniente a las razas de monstruos tenía raíces y fue heredada y se extendió durante la Edad Media a partir de las fuentes griegas, especialmente de la Historia natural de Plinio. Sabemos por los registros medievales – como el Libro de los monstruos y las Maravillas del Oriente— que las razas de monstruos eran elusivas, agresivas o muy tímidas, y generalmente caníbales. Su verdadero rasgo de unificación, sin embargo, era su anormalidad física, que puede ser explicada mediante varias teorías científicas antiguas, atribuibles a Hipócrates y Galeno, entre otros. Por ejemplo, el uso de teoría climática sugiere que las razas de monstruos eran físicamente anormales debido a los climas hostiles en los que vivían, como las condiciones ambientales ásperas, que se creía afectaban la forma física de manera adversa. O, si uno atiende las implicaciones de la teoría clásica fisonómica, que aduce que la apariencia externa es una manifestación visual del carácter interior, las razas de monstruos estaban malformadas a causa de sus diversos defectos morales.
De hecho, fue la “cristianización” de la teoría fisonómica la que inspiró muchas interpretaciones de las razas de monstruos por parte de los moralistas medievales, quienes reconocieron su potencial como eficaces vehículos simbólicos. En las colecciones de cuentos moralizantes, como el Gesta Romanorum y otro ejemplo utilizado en los sermones medievales, la particular deformidad física de una raza determinada es interpretada conforme a la asunción de que aquella es la expresión de un pecado particular o un defecto moral. Por ejemplo, los panotii se decía que usaban sus eneormes orejas para escuchar la maldad, mientras que los ladridos de los cinocéfalos eran comparados a los malos predicadores. Los blemmyae, con sus grandes cabezas en el abdomen, eran comparados con los glotones; y los pigmeos, quienes coleccionaban cráneos, se especulaba que eran “enanos” con respecto a una buena vida.
No todas las razas de monstruos eran interpretadas como símbolos de vicio. En ciertos contextos, algunos eran vistos como símbolos de virtud. De ahí que el pie que abrigaba al sciópodo era la virtud del amor, la cual que permite obtener rápidamente los beneficios en el reino divino. Los maritimi diversificaban cada uno de sus cuatro ojos: en Dios, el mundo, el diablo, y la carne. Es decir, para vivir correctamente, escapar del mundo, oponerse al diablo y mortificar la carne.
Bancarrota moral
Ninguna lista de monstruos medievales estaría completa sin los demonios, posiblemente el concepto más desarrollado de bancarrota moral alguna vez inventado. Las imágenes y descripciones de los demonios reforzaron la creencia medieval cristiana de que, una vez que Lucifer fue echado del cielo por su orgullo excesivo, se transfiguró permanentemente en el oscuro y odioso Satán, y busca incansablemente la venganza por su estatus perdido, seduciendo y destruyendo las almas humanas con la ayuda de sus innumerables subalternos.
Al igual que las razas de los monstrous, los diablos eran considerados agresivos, asesinos y malformados, aunque no eran especialmente elusivos. Todo lo contrario: estaban siempre al acecho e impacientes para hacer caer en la trampa las almas de los buenos cristianos. La idea de encontrar un blemmyae enfadado indudablemente inspiraba miedo, pero, en cuanto era capturado por el diablo, se convertía en una amenaza mucho más grave, la cual podía desembocar en la tortura eterna y el sufrimiento en el infierno.
Tal fue la amenaza planteada por los demonios a san Guthlac, según la obra del siglo 8, La vida de san Guthlac, de Félix. Como lo ilustró en el siglo 8 Guthlac Roll, en un episodio especialmente atormentado, el santo es atrapado por demonios bestiales, que lo torturan e intentan lanzarlo hacia la boca del infierno. El artista Guthlac Roll fue inspirado claramente por la maravillosa y vívida descripción de la fisonomía de los demonios.
Eran feroces en apariencia, terribles en su forma, con grandes cabezas, cuellos largos, caras delgadas, complexiones cetrinas, barbas asquerosas, orejas peludas, frentes salvajes, ojos feroces, bocas sucias, dientes de caballo, gargantas que vomitan llamas, mandíbulas torcidas, labios gruesos, voces estridentes, el pelo chamuscado, mejillas gordas, pechos de paloma, muslos costrosos, rodillas nudosas, patizambos, tobillos gruesos, pies planos, bocas extensas, gritos estridentes.
Nótese en la descripción el contraste entre lo grotesco de los diablos con la belleza elegante de san Guthlac y san Bartolomeo. En muchos contextos artísticos y literarios, la imagen física deformada significa la corrupción moral, mientras que la forma hermosa significa la virtud divina.
Monstruos de piel oscura
¿Qué tan imaginarios eran los monstruos? ¿Cuáles de las etnias actuales fueron caracterizadas como monstruos? Africanos negros, o “los etíopes”, representan uno de esos grupos. Los etíopes fueron considerados una de las razas de monstruos y son descritos como tales, junto a los blemmyai y los sciópodos, en las fuentes medievales. Los etíopes son resaltados en viñetas pictóricas por lo que parecen ser los rasgos de fisonómicos naturalistas: piel oscura, pelo fuerte y rizado, labios gruesos y nariz ancha.
Es por demás interesante que los etíopes fueron a menudo idealizados como gente piadosa e “intachable” en los escritos de los antiguos griegos como Homero. Pero a los ojos de los cristianos europeos eran monstruosos, principalmente por su piel oscura, que era considerada una característica demoníaca. El negro era un color asociado con el mal, el pecado y lo diabólico, especialmente en los textos patrísticos. Por ejemplo, en otra aplicación vívida cristiana de la teoría fisonómica, san Jerome establece que los etíopes perderían su negrura una vez que fueran admitidos en la Nueva Jerusalén, dando a entender que la apariencia externa cambiará en cuanto se vuelvan moralmente perfectos.
En un plano menos espiritual, las características fisonómicas negras-africanas eran consideradas feas por los europeos blancos cristianos, quienes a menudo comparaban a los negros con los simios o los demonios. Por ejemplo, Marco Polo, en un escrito que data de finales del siglo 13, dice en torno a los habitantes de Zanzíbar:
Son bastante negros y andan completamente desnudos, excepto porque cubren sus partes privadas. Su pelo es tan rizado que apenas puede ser arreglado con la ayuda del agua. Tienen bocas grandes y sus narices son tan chatas y sus labios y ojos tan grandes que resultan horribles a la mirada. Cualquiera que los viera en otro país pensaría que son diablos.
La descripción de Marco Polo subraya el hecho de que además de la extrañeza fisonómica, otra característica de la alteridad monstruosa es la carencia de civilización, expresada a menudo en el arte pictórico y en las narraciones por la desnudez o la escasez de ropa. Los etíopes, como muchas de otras de las razas monstruosas, en no pocas ocasiones son representados vistiendo taparrabos o menos, como un signo de su barbaridad extrema.
Otro aspecto que condenaba a los etíopes como monstruos era su hábitat. Durante la Edad Media, Etiopía fue más una idea que un lugar real. Era considerada generalmente una region maravillosa cuya flora, fauna y sus habitantes eran aberrantes, extraños y temibles, y que situaban en los límites de la Tierra en muchos de los mapamundi. Los etíopes, por lo tanto, tomaron las características de su paisaje exótico mucho antes del contacto entre africanos negros y misioneros latinos en los siglos 13 y 14. Difícilmente había algún africano negro viviendo en Europa antes del siglo 12, lo cual dejó libres a los europeos para formular la naturaleza de los etíopes casi enteramente en el terreno de lo abstracto.
En el lenguaje medieval, el término “monstruo” también fue aplicado específicamente a los no cristianos, a todos los que compartían un defecto común monstruoso: el fracaso de abrazar la verdadera fe cristiana. Incluso, aun cuando poseían un conjunto bien desarrollado de creencias monoteístas que proveyó la infraestructura para el cristianismo, los judíos eran vistos como paganos adoradores de ídolos, demoníacos, principalmente debido a la convicción cristiana que los judíos eran los responsables de la muerte de Cristo.
El Salvin Hours del siglo 13 contiene retratos típicamente monstruosos de judíos en una representación de Cristo ante Caifás, el gran sacerdote. Los judíos son reconocibles instantáneamente a partir de su grotesca fisonomía, caracterizados con piel oscura, narices de gancho y muecas malignas. Algunos también portan gorros [kipá], lo que en ese tipo de imágenes tiene asociaciones peyorativas.
Winchester Psalter, una representación de la traición y la flagelación de Cristo del siglo 12, enfatiza la depravación y la fealdad física de los judíos. Además, la fisonomía negra africana de uno de los atormentadores de Cristo indica que en ese tiempo los etíopes funcionaron como las figuras generales del mal, y encontraron su lugar en obras de arte junto a judíos como los correpresentantes de la depravación moral.
La línea convencional cristiana sobre los judíos –que, por ser los asesinos de Cristo, están condenados para siempre– abasteció de combustible las acusaciones paranoides hechas contra los judíos durante la baja Edad Media, de asesinato ritual, libelos sangrientos y conjuras para derrocar la Cristiandad, sobre todo en Inglaterra, Francia y Alemania. También proporcionó municiones ideológicas útiles para aquellos cuyo odio contra los judíos derivaba de conflictos económicos. Muchos eclesiásticos, reyes y comerciantes cristianos estaban endeudados y dependían de los prestamistas judíos para financiar proyectos políticos y sociales importantes, e edificar iglesias y monasterios para financiar las Cruzadas. Cuando los deudores fallaban en sus pagos, culpaban de su desgracia a los judíos, acusándolos de “usureros”, argumentando que sacar ganancias de los préstamos era un pecado grave. Esto contribuye a explicar por qué las imágenes medievales tardías de los judíos no sólo los representan físicamente feos sino también en ocasiones los muestran cargando bolsas de dinero.
Las imágenes peyorativas de los judíos abundan no sólo en los manuscritos iluminados sino también en el arte público, incluyendo esculturas monumentales, pinturas en muros, cristal ahumado y objetos litúrgicos. Puede asumirse, por lo tanto, que casi todas esas imágenes formaron la parte de una enorme campaña propagandística literaria, política y teológica diseñada para desacreditar tanto a los judíos como al judaísmo. El sentimiento antijudío culminó en la expulsión física de los judíos: de Inglaterra en 1290; de Francia en 1306, 1322 y 1394; de España en 1492; y de muchos principados y aldeas alemanas durante la baja Edad Media. También fueron expulsados de Italia hacia el fin de este periodo: para mediados de los 1500 prácticamente no había judíos en Europa occidental.
De postre, una mujer
Los judíos no fueron los únicos en amenazar al cristianismo. Durante el periodo de las Cruzadas otros grupos fueron también objeto del odio cristiano, principalmente los musulmanes, quienes se opusieron a los intentos de los cruzados para recuperar el control de la Tierra Santa. Los musulmanes son llamados “sarracenos” en las fuentes medievales. Al igual que los judíos, los sarracenos eran vistos (con el mismo error) como idólatras o herejes. El profeta Mahoma fue declarado un agente de Satán, un precursor del Anticristo o, como lo manifestó el papa Inocencio III, el Anticristo mismo.
La destrucción de los sarracenos se vinculó convenientemente a la noción cristianan de la Guerra Santa, que mantuvo que los caballeros podrían redimir sus pecados y contribuir al triunfo del cristianismo aplastando a los infieles paganos. Consecuentemente, los sarracenos son descritos generalmente como demonios y monstruos paganos, archienemigos del cristianismo en obras de arte y literatura, como el Cantar de Roldán y otros cantares de gesta. Como los etíopes, los sarracenos son descritos como negros y, en ocasiones, como gigantes repulsivos, con moralidades muy flojas, que evocan a sus dioses paganos en el campo de batalla.
Una descripción del siglo 14 extraída de una copia del Romance de Godofredo que muestra a los sarracenos en guerra contra los caballeros cristianos, nuevamente revela la consistencia con la que artistas cristianos retrataron a sus enemigos no cristianos apoyándose en la distorsión de la fisonomía, mostrándolos con piel oscura como un símbolo de su estatus rechazado. En esa imagen los sarracenos son identificables por sus característicos turbantes.
Sin embargo, no todos los sarracenos eran retratados tan feos y demoniacos en los cantares de gesta: de hecho, muchos de ellos fueron elogiados por su heroísmo militar e incluso por ser bien parecidos. Obviamente, esos sarracenos “buenos” terminaron por ser conversos, explicando así sus virtudes y belleza como latentemente cristianos. Inversamente, los feos, malos y, por lo tanto, no conversos, eran siempre asesinados, simbolizando así el fracaso de las religiones no cristianas y quizá también el anonimato.
Enemigos políticos aún más aterradores fueron los “tártaros”, un término peyorativo para referirse a los pueblos combinados de Asia central, sobre todo los mongoles, que invadieron la mayor parte de Asia y Europa durante el siglo 13. Los tártaros eran temidos por su espantosa crueldad mostrada en la guerra. Sacrificando a cristianos y musulmanes por igual, eran considerados entre los enemigo más monstruosos que cualquier cristiano pudiera enfrentar. En su Chronica Majora, Mateo Paris ofrece una crónica viva, aunque adornada, de los estragos de los tártaros en 1240:
El jefe tártaro, con sus invitados a cenar y otros [caníbales], comieron los cadáveres como si fueran pan, dejando sólo los huesos para los buitres.
Las mujeres feas y las viejas fueron dadas a los caníbales… como su ración diaria de alimento; las que eran hermosas no fueron devoradas, aunque las muchedumbres de hambrientos las asfixiaron, pese a sus gritos y lamentaciones. Las vírgenes fueron violadas hasta que murieron de agotamiento; entonces sus senos fueron cortados para ofrecerlas como golosinas a sus jefes, y sus cuerpos adornaron un banquete divertido para los salvajes.
[Los tártaros] tienen pechos duros y robustos, rostros delgados y pálidos, hombros rígidos y erectos, narices pequeñas y deformadas; sus barbillas son agudas y prominentes; sus cejas nacen de la línea del pelo a la nariz, sus ojos son disimulados y negros, sus semblantes oblicuos y feroces, sus extremidades huesudas y nerviosas, sus piernas gruesas pero cortas debajo de la rodilla.
En el pasaje anterior y las imágenes que lo acompañan, los tártaros son calumniados de forma tradicional, al presentarlos como fisonómicamente deformes, viciosos y caníbales salvajes.
Al asolar Europa durante los años de 1240, los tártaros desplegaron tales horrores que fueron comparados con Gog y Magog, las hordas feroces y monstruosas descritas en el Apocalipsis. De acuerdo a la leyenda, Gog y Magog fueron encerrados por Alejandro el Grande detrás de una puerta en las montañas caspianas. Pero cuando llegue el fin de todos los tiempos, Gog y Magog saldrán de su prisión y, bajo el mando del Anticristo, soltarán un ataque poderoso contra la cristiandad.
Tomado de: History Today. Febrero, 2000.
Traducción: José Luis Durán King.