Joseph Merrick: El Hombre Elefante

POR José Luis Durán King
Fue un monumento a la deformidad física. Enfermedad, negligencia y pobreza se entrecruzaron para conjugar la mayor broma macabra que la naturaleza haya hecho a ser humano alguno
Joseph Carey Merrick nació en el número 50 de la calle Lee de Liecester, Inglaterra, en 1863. A los dos años, su cuerpo comenzó a exhibir el patrón de anormalidades que lo convertirían ulteriormente en un personaje histórico, inspiración de libros, puestas en escena, programas de televisión y de una película dirigida por David Lynch, nominada a los premios que otorga anualmente la Academia Cinematográfica de Estados Unidos.
Joseph Carey fue hijo de Joseph Rockley y Mary Jane Merrick; tuvo un hermano, William –quien murió de fiebre escarlatina siendo niño— y una hermana, que padecía una severa curvatura en la espina dorsal. Mary Jane Merrick falleció cuando Joseph tenía 12 años, por lo que el padre de éste volvió a casarse con una mujer que nunca mostró compasión alguna por las deformidades de su hijastro, quien fue enviado a la calle “a ganarse su sustento”, mismo que encontró –increíblemente— como vendedor de puerta en puerta. Más adelante obtuvo un empleo forjando cigarros, pero su mano se había vuelto tan pesada que tuvo que abandonarlo.
Al no encontrar otro trabajo, uno de sus tíos le ofreció casa y techo por unos meses. Sin embargo, por razones desconocidas Joseph Merrick dejó la casa y vagó por las calles de Londres. Las autoridades londinenses organizaban en aquel entonces redadas callejeras contra la indigencia. Merrick fue confinado a una “casa de labores”, eufemismo con el que se disfrazaba a una especie de campos de trabajos forzados comunes en el siglo 19. Finalmente, Joseph Merrick tomó la decisión que a la postre le traería una fama oscura y le otorgaría un lugar en la historia incluso decenios después de su muerte.
Espectáculo para pobres
Los Freak Shows eran una diversión popular en la Inglaterra victoriana, un espectáculo barato de “escalofríos y gritos” con el que la clase trabajadora se entretenía ante la imposibilidad de entrar a las obras teatrales que la aristocracia inglesa había hecho de su exclusividad. En los Freak Shows los trabajadores y sus familias podían sorprenderse con las “curiosidades y rarezas” que los teatros bizarros ofrecían por unos cuantos peniques.
Fue en el universo sombrío de los Freak Shows en el que Joseph Merrick decidió llamarse por primera vez El Hombre Elefante: mitad hombre, mitad elefante”, como rezaban los carteles promocionales de la época; o, también, “El gran fenómeno de la naturaleza”. Ahí, frente a masas de espectadores incrédulos, El Hombre Elefante posaba casi desnudo, mostrando las aberraciones de una naturaleza despiadada, obteniendo como pago unas cuantas libras a la semana, así como expresiones crueles a causa de su deformidad física.
Aquel era el mundo de Sam Torr (propietario del Gaeity Theatre de Londres, que sobrevive hasta nuestros días) y del “exhibidor” de Merrick, un hombre llamado Norman. A pesar de los argumentos en contra y de la ficción que ha rodeado la vida de Merrick, existen evidencias que sugieren que el señor Norman no era el cruel explotador de inválidos, imagen con la que siempre se le ha investido. Todo lo contrario, al parecer Norman fungió como socio empresarial y amigo de Joseph Merrick.
Independientemente de cuál haya sido la verdad, el caso es que fue en ese periodo en el que Merrick conoció al hombre que más adelante escribiría la breve pero clásica biografía de su vida: sir Frederick Treves, jefe de cirujanos del Royal Hospital de Londres, quien también se convirtió en protector de Merrick hasta la muerte de éste.
Horror inédito
Treves era un joven cirujano prometedor, además de catedrático del London Hospital, con la suficiente calificación profesional para examinar y diagnosticar cualquier deformidad y desorden físicos que se le pusieran enfrente. Por ello, cuando varios de sus alumnos insistieron para que fuera a ver al hombre que se exhibía “cruzando la calle”, Treves decidió investigar. Lo que vio fue un horror inédito, aunque inmediatamente sintió compasión por la deformidad que el fenómeno cargaba sobre su espalda. Joseph Merrick fue presentado ante la prestigiosa Sociedad Patológica de Londres, donde también fue fotografiado por primera vez. En un principio, Treves pensó que estaba frente un “imbécil mudo”, pero más adelante comprendió que el silencio de Merrick se debía a la vergüenza de su estado físico.
Treves intentó por diferentes medios alejar a Merrick del mundo del espectáculo, pero sus tentativas fracasaron en una primera instancia. El circo que exhibía a El Hombre Elefante fue cerrado por no ser “apropiado para el público”, y Merrick dejó Inglaterra. En Bélgica fue robado por un empresario de Freak Shows, para después ser abandonado a su suerte. En una odisea terrible, Merrick hizo el viaje de regreso a Londres, escondiéndose de la gente, siempre dispuesta a horrorizarse ante su presencia. Es de sobra conocido el episodio en que el enfermo fue acosado en el interior de un baño público. Fueron unos policías los que lo salvaron de la curiosidad de las masas. Al registrarlo, encontraron en los bolsillos de Merrick las tarjetas que Treves le había dado. El Hombre Elefante fue conducido al Royal London Hospital, donde quedó bajo el cuidado de Frederick Treves.
La historia de Joseph Merrick se conoció en todo Londres y, gracias a las donaciones provenientes de todo el país, El Hombre Elefante se convirtió en un “paciente” fijo del hospital, donde se le asignaron dos habitaciones confortables desde las que podía apreciar gran parte de la ciudad. Merrick gozó de las simpatías de personajes poderosos, como la actriz Madge Kendall, quien, aunque nunca lo visitó, le escribía con frecuencia, amén de enviar su donativo. En honor a ella, Merrick armó y pintó la catedral de cartón cuya belleza puede apreciarse en el Royal London Hospital.
Ocasionalmente, el personal del hospital observaba furtivamente a Merrick cuando éste dormía, aunque los días de circo habían quedado atrás. Por órdenes de Treves, los espejos fueron retirados de las habitaciones de su paciente. En el Royal London Hospital, Merrick vivió los últimos cuatro años de su atribulada vida. Fue una temporada risueña en la que pudo disfrutar placeres modestos, como pasar dos semanas en casa de un matrimonio amigo de Treves; ahí, por fin pudo caminar por el campo descubierto de sus emblemáticas capa y máscara de franela, una conducta inusual en él desde que era niño. En otro episodio memorable, arreglado por un miembro de la élite londinense, Merrick asistió al teatro, donde se le colocó en un privado, lejos de las miradas curiosas del público. Por vez primera en su vida asumió el papel de espectador, en vez de ser “la cosa” que despertaba todo tipo de sensaciones en las audiencias.
En 1890 se dispuso a dormir “como cualquier otra persona”. En realidad, Joseph Merrick dormía sentado, descansando la enorme cabeza sobre sus rodillas, evitando de esta manera morir sofocado. En aquella ocasión se recostó o cayó sin darse cuenta… nadie lo sabe. Quizá lo provocó “accidentalmente”. Merrick era un hombre sumamente religioso, por lo que es muy improbable que se hubiera suicidado. No obstante, sabía que su enfermedad era progresiva y que el fin estaba cercano. Su cuerpo continuaba deteriorándose a pasos agigantados y su piel semejaba a la de un anciano.